Muchos tenemos dos metas. La primera es encontrar un trabajo. La segunda tiene que ver con la primera y es viajar. Sin un sueldo no hay dinero y sin dinero, aunque sea poco, es casi imposible dar rienda suelta a este maravilloso vicio. No necesitamos mucho, somos capaces de comprar el billete seis meses antes de un puente, o de pasarnos 30 horas en un autobús o de compartir dormitorio con cincuenta almas roncadoras… con tal de calmar nuestras ansias aventureras.

Al escuchar la palabra “crucero” un calambre recorre nuestra espalda. Nos vienen a la mente imágenes de “Vacaciones en el mar” y muy rápido desdeñamos la idea. Si algo detestamos algunos, son los viajes organizados. Pues bien, me encantaría demostraros que los cruceros son una opción económica, cómoda y que deja libertad de acción a los que se atreven a embarcarse en una aventura de este tipo.

Es una opción económica porque el precio del crucero incluye el alojamiento, los desplazamientos y la comida. Por ejemplo, por menos de lo que pensamos –hay ofertas de menos de 300 euros– podemos viajar por el Mediterráneo, visitando Málaga, Palma de Mallorca, Cagliari en Cerdeña, Trapani en Sicilia, Malta y Túnez.

Es una opción muy cómoda. Este verano estuve en Praga, Viena y Budapest diez días, de los cuales tres me los pasé en un tren y en un aeropuerto. En un crucero, los viajes se hacen de noche y no son un rollazo. Uno puede hacerse la fiesta en el barco que tiene bares y restaurantes, piscina, jacuzzi, gimnasio… meterse en la cama a dormir y al día siguiente despertarse en otro lugar. Y todo sin hacer y deshacer maletas, ni arrastralas por andenes del mundo. Además si bien es cierto que hay camarotes pequeños, también es verdad que no los tendremos que compartir con nadie. Por tanto, sólo dependeremos de nuestro sueño para dormir plácidamente y levantarnos descansados para caminar, caminar, caminar y descubrir.

Si asumimos que con un crucero las llegadas y las salidas están más que marcadas, podemos prepararnos un viaje muy interesante a golpe de zapato. En un viaje de este tipo somos tan libres como queramos. Podemos quedarnos en el barco a ver las horas pasar –esto no lo recomiendo– o dedicarnos a “turistear” como auténticos chiflados, porque nadie nos pondrá una correa. Quizás no es la mejor opción para conocer las ciudades en profundidad, pero si puede ser el primer contacto para descubrir si algo nos gusta o nos agobia. No hace mucho me contaba un amigo que la primera vez que estuvo en Atenas fue precisamente en un crucero, y que esta visita de un día fue la clave para preparar unas vacaciones más largas en Grecia.

Probar es la mejor manera de saber si una experiencia nos va a gustar. En la red encontraréis una amplia oferta de cruceros. En serio, es mirar un poco y empezar a hacer planes