Amaya Asiaín

El Museo de Ciencias Naturales es por sí mismo un paseo por la historia de la investigación en España. No podría haber un lugar más apropiado para una exposición que reivindica la curiosidad de los primeros científicos como motor de la actual conciencia ecológica, dejando claro que la preocupación por el planeta no es una tendencia de moda en los últimos meses. El edificio del Museo, los animales disecados que jalonan la exposición y las magníficas láminas de Villanueva propiedad del Jardín Botánico, son una buena muestra de la historia de la ecología en España. La exposición pretende completar este acercamiento, aunque plantea más preguntas de las que resuelve. Su principal mérito es suscitar la curiosidad del ciudadano que se acerca al primer ecólogo, al de gorro de paja y anteojos, al primero que quiso establecer la clave del equilibrio entre la vida humana y la natural. Y es que la curiosidad está en la base de la ecología.

Es posible que sin la primera pregunta del primer científico, sin la necesidad de hacer el primer inventario de seres vivos, sin la primera certeza de que la vida es frágil, sin la primera voz de alarma… aún tendríamos mucho por hacer y por conocer. Ésta es una de las conclusiones de la muestra, que sugiere muchas más, y que repasa los nombres de los pioneros en el cuidado del entorno: fotos de los padrinos de la ornitología en España, Francisco Bernis y José Antonio Valverde en Doñana en los años 50, de Josep Cuatrecasas haciendo el inventario de la riqueza gerundense, una aproximación a Ramón Margalef, el primer catedrático de Ecología en España, en 1967. Un recuerdo también para el Marqués de Villaviciosa y los demás artífices de que Covadonga fuera el primer Parque Nacional español, en 1918, siguiendo el modelo de protección instaurado entonces en Estados Unidos con Yellowstone.

Esta invitación a la historia de la conciencia ecológica española se articula a través de cinco grandes temas, en varios módulos autónomos. Se repasan el papel de los bosques y su gran enemigo, el fuego; el futuro de los ríos; la importancia de las zonas marítimas y cómo algo tan gráfico como la marea negra de El Prestige es el cuadro más macabro para la vida; se plantea el futuro de la bioesfera y concluye con la máxima para prevenir la extinción “diagnosticar, vigilar, restaurar”.

La muestra recuerda también uno de los episodios más agradecidos de la historia de la ecología. ¿Quién se atrevió a decir que en Doñana lo más apropiado era mantener las marismas y olvidarse de su desecación y de su repoblación con eucaliptos? Eso a pesar de que en los años 50 y 60 pocos discutían que lo más saludable para la población era acabar con las zonas pantanosas. Si no hubiera sido un grupo de cien-tíficos es poco probable que se les hubiera escuchado. Gracias a ellos disfrutamos ahora de una de las zonas de mayor riqueza ornitológica de Europa.

La muestra concluye con un panel con una foto de una manifestación para proteger Doñana, unas movilizaciones que llevaron a que fuera declarado Parque Nacional en 1969. En medio del panel, entre todos los manifestantes, hay dos agujeros para meter dos ca-bezas, como si nosotros también hubiésemos estado allí. El mensaje queda así muy claro: todos podemos ser protagonistas en la historia de la ecología.