Rebeca de la Sierra

Para solicitar una beca Erasmus en la Complutense, debes estar cursando 3º ó 4º en cualquier licenciatura, tener un buen nivel de idiomas, entregar los impresos -cumplimentados, claro- en la oficina de Información de la Facultad, adjuntar un currículo con foto, una redacción explicando porqué quieres marcharte, un resguardo de la matrícula de la universidad, un certificado que acredite tu nivel de idioma y una carta de presentación de uno de tus profesores. Hecho esto, a lo mejor te dan la beca, o a lo mejor no. Si tienes suerte, buen viaje, y si no, siempre puedes buscar otra forma de marcharte… o esperar un año.

Como el miedo a lo desconocido es humano, antes de emprender el camino puedes ponerte en cintura. Existen centros, como el Institut Français de Madrid que ofrecen talleres de preparación. Nos lo cuenta Raoul Boellinger, director de estos cursos “Son construidos tomando en cuenta objetivos generales para un público específico formador por estudiantes que tendrán que desenvolverse en lo cotidiano y seguir cursos en una Universidad. Ofrecemos tres niveles diferentes, que llevan ejemplos muy prácticos, cómo comprar un teléfono móvil, abrir una cuenta en un banco, o ir al médico. El próximo curso tendrá lugar en julio.”

Pero cuando preparas tus maletas sobreviene la crisis. Te has metido en un embolao de los buenos. Usualmente tu estancia pende de un hilo “sólo tenía alojamiento seguro para cinco días -nos cuenta Ángie, que estuvo en Birmingham- y en esos cinco días me las tenía que apañar para encontrar casa. Me iba yo sola, sin conocer a nadie, a un sitio extraño…”

Aterriza el avión, comienza la aventura. Un piso se suele convertir en una especie de Torre de Babel y entre los que están y los que vienen de visita, los erasmus no tienen necesidad de conocer a más gente, aparte de los obligatorios: alguien que te pase apuntes bien escritos, o que te explique lo que ha dicho el profesor, que habla en otro idioma y cecea.

Según Raoul Boellinger, el idioma no es el mayor problema “los profesores tienen en cuenta esos estudiantes un poco particulares y por eso no dan tanta importancia a los fallos lingüísticos a la hora de evaluarlos”, sin embargo, lo del dinero suele traer cola, como explica Angie, “si no tienes ahorritos o unos papis que te vayan pasando pasta, te mueres de hambre.” Siempre queda la posibilidad de trabajar en profesiones variopintas que te den tiempo para las clases, estudiar y hacer fiestas, que al final, alternando, es como más se aprende.

Pasa un año. Has tenido mil ligues, has aprendido el idioma, has suspendido la asignatura del profesor que ceceaba y tu cabeza ha cambiado: “conoces a gente de muchos países y aprendes muchas cosas, no sólo de ellos, sino también de ti misma. Llegas allí sola, estás lejos de los tuyos y te creas un círculo, una especie de pseudofamilia”.