Texto de Nicoleta Biculescu
Fotografías de Gabriel Oană (www.flickr.com/photos/8628950@N06/)

Al final de la frontera europea, encontramos el “país de los vampiros”. Rumanía se sitúa un meridiano por encima de España, razón por la cual tiene cuatro estaciones muy bien definidas. Después de un invierno frío, con calles cubiertas del manto blanco, llega la esperada primavera, con flores y pájaros sobre el cristal azul. El verano, rico en trigo dorado y con aroma a manzanas, invita a un chapuzón en el Mar Negro, situado al sur del país, a sólo tres horas de la capital: Bucarest. Se hace corto, antes de lo deseado, llegará el otoño para cubrir de hojas pardas y amarillas el horizonte.

Bucarest mítico
La primera mención de Bucarest data del siglo xiv. El rey del incipiente reino de Valaquia, Mircea el Viejo, construyó una fortaleza en el lugar en el que se levanta la ciudad, que fue llamada a convertirse años después en la corte del más famoso de los reyes rumanos, Vlad Tepes, conocido como El Empalador o el hijo del diablo. Estos epítetos son el origen de una oscura leyenda, pese a que su crueldad tampoco distaba demasiado de la de sus contemporáneos. Vlad fue príncipe de Valaquia entre 1456 y 1462 –y muy brevemente en 1474, tras años de reclusión en Budapest–. Gobernó el país con mano de hierro, limitó el poder de los boyardos y se enfrentó a los turcos en sus intentos de expansión hacia el corazón de Europa. Las leyendas que circulaban alrededor de la crueldad de sus castigos a los ladrones y asesinos inspiraron a Bram Stoker para escribir su famosa novela Drácula.

La arquitectura en Bucarest
Aún a sabiendas de que algún lector va a torcer el gesto, no tengo reparos en afirmar que Bucarest es un destino de primera línea para cualquier arquitecto. Entre las joyas de la ciudad, muchas desgraciadamente en estado de abandono, destacan los edificios diseñados según el llamado estilo nacional rumano, una ecléctica mezcla que da como resultado una de las corrientes arquitectónicas más interesantes de Europa.

Las ideas de la Ilustración despertaron en las élites culturales rumanas del siglo xix un interés especial por su historia, su cultura y su idioma. En el caso del pueblo rumano, desfavorecido por la falta de Estado propio, la recreación de la historia nacional facilitó a estas élites sentar las bases de una incipiente construcción autóctona. El estilo nacional rumano nació así poco después de la independencia de Rumania, en la década de 1880, como reinterpretación y síntesis de los elementos formales que caracterizan a su arquitectura tradicional especialmente reflejada en edificios valacos del siglo XVIII, como el Palacio de Mogosoaia construido por el príncipe Constantin Brancoveanu y moldavos de los tiempos del reinado del rey Esteban el Grande –siglo XV.

El Boulevard Nicolae Balcescu esconde una de esas curiosidades que tanto abundan en Bucarest. Muchos pensarían que la política comunista premeditó el encajonamiento de las iglesias entre bloques de edificios para esconderlas. Sin embargo la Iglesia Italiana fue construida antes, entre 1915 y 1916, y hoy se encuentra rodeada de grandes bloques. Al menos da un toque de color al gris ceniza que la rodea. Especialmente impresionante es el Jesucristo magno que te recibe en la fachada principal, en el dintel de la puerta principal.

Junto a la iglesia, a la derecha, se levanta un edificio de 1930 que alberga la Fundación Ion I. Dalles y una librería que ofrece desde obras viejas hasta fotografías antiguas de la ciudad (que te hacen suspirar por la belleza perdida), pasando por algunas joyas de anticuario, libros sobre Rumania y las novelas más recientes de la literatura rumana y universal (en rumano, eso sí). La fundación Dalles es uno de los centros culturales de referencia en la ciudad.

El parque Herastrau situado al norte de Bucarest es el más grande de la ciudad –ni más ni menos que 187 hectáreas–. Tiene varios lagos comunicados entre sí, teatro al aire libre, restaurantes, atracciones para niños y unos bosques y jardines muy bien cuidados.

Los mercadillos
Cada fin de semana, frente a la Academia Militar y su espectacular monumento a los soldados rumanos que se enfrentaron al fascismo en la Segunda Guerra Mundial, se organiza un pequeño mercado de frutas y verduras con lo que recogen los paisanos en sus propios huertos en los alrededores de Bucarest. No hay una gran variedad y algunos puestos presentan poca oferta, pero la calidad es buenísima y los precios son más asequibles que los de los grandes supermercados de la ciudad –donde la mayor parte de los vegetales son de importación.

Y los famosos gitanos…
Por las calles de Bucarest es fácil encontrarlos, solos o en familia, errantes o contemplando escaparates de bisutería, ataviados al modo tradicional: de negro y con sombrero de ala ancha ellos y con faldas, pañuelos y blusas de vivos colores ellas.

Las mujeres pueden ir acompañadas por un enjambre de niños, más o menos acicalados, y mientras mendigan con una mano, se santiguan con la otra, te insisten en que les des dinero o les compres un refresco, se ofrecen para leerte el futuro, te dicen lo guapo que eres tú, tu pareja o tus hijos…, te bendicen y, algunas, sólo algunas, miran de reojo tu cartera. El gitano, por su parte, no suele cambiar su semblante adusto, te escudriña y a veces, muy pocas, te muestra una sonrisa que esconde una dentadura dorada.

Comer y salir…
A finales del año pasado se inauguró en una vieja villa restaurada de la calle Crişana, la Casa Marie Aan, un bonito restaurante estilo español. Según tengo entendido, Valentín, el chef, ha trabajado en España mucho tiempo, donde se empapó de lo necesario para exportar las tapas a Rumania.

La calle Stravopoleos acoge uno de nuestros restaurantes preferidos. Caru cu Bere está en un edificio neogótico de 1875 diseñado por el arquitecto polaco Siegfried Kofczinsky. Es la típica cervecería alemana, donde además de beber una buenísima cerveza, puedes disfrutar de unos platos tan sabrosos como generosos.

Para la noche recomiendo el Club Embrio, con un diseño futurista impresionante. No queda atrás el Club The Office que, a pesar de su nombre, es un sitio donde las reglas no tienen lugar y puedes relajarte gracias a una música de calidad y un gran ambiente. Situado en la orilla del lago Herastrau, está el Club Bamboo con su aire exótico. Destaca entre todos por su clase y una clientela de la llamada “selecta”. El Club Nemo, inspirado en la película, te apasionará por su decoración marina y el sonido de la música que se propaga en el agua.

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