Firma de Oscar M. Prieto
Foto de Rafa R. Palacio

Los cielos no mostraron el menor desaliento cuando se les comunicó. En nada les afecta lo circunstancial y lo accesorio de las pasiones humanas. Ajenos, distantes, pasajeros, no han cesado un instante de pasar sobre mi cabeza, aunque habían sido informados de que yo hibernaba y no podría verlos ni podría sentir mi pequeñez al contemplarlos ni maravillarme ante su belleza ni maldecirlos por ignorar aún todos sus secretos. Qué les importaba a ellos que les viera. Nada les importo yo. Aunque nunca lo dirán expresamente. Saben guardar las formas.

Entre otros, sobrevolaron mi sueño de invierno: Casiopea –la princesa– acompañada por el Arquero y el Auriga, que traían al Delfín. Yo hibernaba y no pude verlos. Les hubiera preguntado de dónde venían.

Meto la mano en el bolsillo interior de mi chaqueta –donde llevo siempre el lapicero– y me encuentro un papel doblado en ocho. En el más interior de los dobleces alguien ha escrito: “¿Estos cielos que pasaron sin que tú los vieras te parecen prueba suficiente de la existencia del mundo exterior objetivo e independiente del sujeto y de su percepción? ¿Se ha dado respuesta al oráculo de Berkley?”

Sin duda se trata de una pregunta retórica para quien la escribió. Pero para mí, todavía en un estado evolutivo en el que no han dejado de crecerme las uñas, no es fácil. Pensativo dejo de mirar al cielo y con los ojos de vuelta a la tierra descubro que los tomates han madurado y se han puesto rojos.

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