Firma de de Oscar M. Prieto
Fotografías de Foto de Rafa R. Palacio

Aún es de noche, pero ya todos saben lo que descubrirá la luz al alzar el telón de oscuridad. No hay necesidad de luz para saber. Pueden oírlo. Es un trozo de voz mutilada, un resto de sonido ensangrentado, separado del cuerpo, cada instante más débil. Hasta desaparecer.

Ha quedado enganchada en una de las trampas de alambre, de esas que utilizan los malvados para atrapar voces y ninfas. Morirá. Lentamente, morirá. Desaparecerá. También su voz, que era lo único que aún quedaba de ella: las últimas sílabas de las últimas palabras. Morirá con la última letra del último lamento por un amor perseguido en vano. La ninfa quedó atrapada, Eco no ha podido liberarse o, acaso, no ha querido, cansada ya, rendida.

No muy lejos de allí, cercano en tiempo y en espacio, un domingo sin rasgos se escuchó en los alrededores del bosque el último suspiro de Narcisus. Languideció frente al estanque hasta desaparecer. Primero el color, después la carne. Si murió feliz o desgraciado, nada se sabe. Hay quien dijo que se trató de un castigo o venganza por rechazar el amor de la ninfa. Pero yo no lo creo. Otras hablaron de la vanidad de contemplarse y no ver más que el reflejo de uno mismo. Pero yo no lo creo.

Lo único cierto es que nadie sabe, ni sabrá, qué era lo que él miraba dentro de aquel charco de espejo. Nadie sabe qué le llevo a entregarse de manera tan fiel y comprometida, hasta dar su vida. Un domingo sin rasgos. Como ayer. Nadie sabe ni sabrá los impulsos secretos que activan el corazón.

Patacosmia en la edición papel de ExPERPENTO de marzo-abril 2017: