Texto de Eduardo Durán.
Fotografía de El Ente Invisible www.flickr.com/photos/27242245@N08/

Es una ciudad pasillo. Suele ocurrir con las que tienen mar. Crecen en paralelo frente a éste. Aunque aquí, su función es única y exclusiva de tipo mercantil y la idea de “playa” completamente diferente a la nuestra. Pero es que absolutamente todo, desde el clima que cambia velozmente y tan pronto se nubla como enseguida hace sol, hasta el exquisito civismo de sus ciudadanos que rara vez se saltan un semáforo o comenten una infracción, es absolutamente diferente al sur de Europa.

El pasillo central de Edimburgo es doble, con dos calles principales que refuerzan esa horizontalidad. La primera y más antigua, nace del famoso Castillo que preside la ciudad. Si “googleamos” un poco, descubrimos que la ubicación de éste no es casual. Corresponde a una orografía muy marcada ya desde hace 320 millones de años. El magma expulsado por un volcán se enfrío y solidificó formando tapones de basalto. Después, durante la última Edad de Hielo, varios glaciares erosionaron el área y dejaron un rastro de materiales hacia el este. Al mismo tiempo, el glaciar escarbó el terreno a los dos lados, potenciando así la peña a la que se bautizó como Castle Rock, y sobre la que hoy está el castillo. Desde aquí, y en paralelo a la línea horizontal que marca el Mar del Norte, baja High Street, primer eje de esa imaginaria línea. En mitad de ésta, llama la atención la St. Giles Cathedral, una del montón de catedrales que hay en la ciudad. Un concepto también diferente, pues la pluralidad religiosa lo permite. Las catedrales no son aquí esos templos inmensos a la cabeza del colectivo católico de cualquier capital, sino mucho más próximas a cualquier iglesia española con unos cuantos siglos en sus paredes. Sin embargo, la St. Giles Cathedral es conocida por ser el lugar en el que muchos escoceses eran torturados por los ingleses. En el suelo, destacado del resto del empedrado, un semicírculo en el que después comenzaron a escupir como desprecio. La tradición aún continúa y no es raro ver a alguno preparando la garganta. Pese a que el sentimiento separatista no es comparable con el de algunas comunidades españolas, no se sienten ingleses. Si nos referimos a ellos como tales, inmediatamente interrumpirán la conversación para dejarnos bien claro que “We (así, en primera persona del plural) are Scottish”.

Durante la etapa medieval, Edimburgo creció y se habilitó a las faldas del castillo. Es la denominada Old Town, que se mantiene prácticamente igual pese al Gran Incendio de 1824. Callejas empedradas y en cuesta, algunas amplias como Victoria o Cockburn Street, muchas estrechas y sin posibilidad de que transiten autos, y algunas escondidas, subterráneas o en escalera, como las que suben hacia la High Street. Los edificios, en perfecto estado. Todos de varias plantas y de una piedra gris, color que se afianzó por la insistente lluvia y que dejó un tono de humedad con algunos verdines que recuerdan al fondo de una piscina mal cuidada. Pero no. Cualquier suspicaz puede acercarse a tocarlos y comprobar que no es en un parque temático. El centro mantiene la estructura y encanto original, quizá sólo roto por el inevitable aroma turístico y comercial que ha ido tomando. Es la zona de los visitantes de postal y camiseta, chapas, tabernas con la carta en varios idiomas, camisetas y faldas escocesas para aquellos que aquí compran un traje de flamenca en una tienda de souvenirs.

A unos escasos doscientos metros de High Street está la calle Princes, el segundo eje paralelo y principal vía comercial de la ciudad. Es la calle por la que Renton/Ewan McGregor corría en la primera secuencia de Trainspotting tras saquear una tienda de música. Si tenéis bien la imagen, recordaréis que mientras a un lado están los comercios, al otro hay unos enormes jardines, los Princes Street Gardens, donde destaca el monumento a Sir Walter Scott. Un autor que, pese al carácter profundamente escocés de su obra, no cuenta con el prestigio literario de paisanos como Arthur Conan Doyle o Robert Louis Stevenson. Muchas de las pertenencias de estos tres están en el Writer´s Museum. Un museo pequeñito en los aledaños de High Street con sus sillas, escritorios, botes de tinta, plumas, primeras ediciones y siniestros maniquíes con sus ropas que parecen sacados de un Cortilandia.

Sin embargo, el escritor más apreciado y leído ahora en Escocia no es ninguno de ellos. El mayor referente cultural es J. K. Rowling, la autora de Harry Potter. La imagen del niño resabiado con gafas es un icono que encontramos de forma constante. El clima, los parques y el ambiente de los libros y las películas, pese a que no tienen ninguna seña de identidad de la tierra, es el edimburgués y constantemente se nos recuerda. El extremo de marketing podemos verlo en la “Elephant House”, una cafetería en la Old Town llena de carteles, sillas y figuritas de elefantes, donde cuentan que J. K. Rowling ideó al personaje mirando por una ventana desde la que se ve el castillo. Sentado y tomando uno de esos cafés horribles a precio de oro, es fácil preguntarse qué habría pasado de estar aquella persiana bajada.

En Edimburgo la cultura es un producto más que explotado al turismo. En agosto se celebra el Festival de Teatro y los menos conocidos Book Festival y Film Festival (estos dos más destinados a la venta internacional que a poder encontrar libros y películas interesantes). El primero llena las calles de performances y de relaciones públicas que, a modo de discoteca, reparten flyers de compañías y teatros que abaratan sus entradas conforme llega la hora de la función y la sala apenas se llena. Más allá del ambiente festivo que se vive este mes, el Festival cuenta con un conocido prestigio dentro del mundo teatral. Punto de encuentro de las propuestas más extravagantes, raro es el año que, por ejemplo, Calixto Bieto no estrena obra. Además, en cualquier tienda de música y cine que visitemos (en el mismo Princes hay varias) lo primero con lo que toparemos será con un stand de películas y músicas de autores escoceses o relacionados. Franz Ferdinand, Belle and Sebastian, Trainspotting y montones de DVD´s de Braveheart, por mucho que Mel Gibson apenas logre un acento escocés más que en momentos puntuales de la película.

Conforme seguimos subiendo al norte de Edimburgo, va desapareciendo la ciudad medieval de guías turísticas para dar paso a la verdaderamente habitable. Las casas son más residenciales, tienen más plantas y aparece el ladrillo para abandonar la piedra. El pasillo paralelo al mar se sigue viendo y sintiendo, hasta llegar a sus playas, tan frías como diferentes a las nuestras. Sin chiringuitos, con el agua helada, vacías por el frío y el viento que encrespa las olas y hace volar la arena. Lo único que tienen en común y que delata su presencia son las gaviotas. Y, aún así, también se diferencian. En Edimburgo pululan por la ciudad y tienen un vuelo tan bajo, que crees que en cualquier momento chocarás con una. Pero no. Ellas también son civilizadas y te dejan el paso.