Texto de Amaya Asiaín

No pretendemos hacer publicidad del nuevo largometraje de animación (La Edad de Hielo 2. El deshielo), sino analizar una situación de la que se está hablando desde hace tiempo. ¿Se están derritiendo los polos? ¿Quedarán sumergidas las ciudades costeras? ¿Cómo serán las estaciones a partir de ahora? Damos algunas claves para intentar comprender este fenómeno, pero no nos pidáis la respuesta. No es que no la tengamos, que tampoco, es que queremos fomentar vuestra capacidad de análisis.

La Tierra se encuentra en un periodo interglaciar cálido, dentro de la glaciación del Periodo Cuarternario, es decir, una especie de oasis entre años de frío intenso que, en teoría, debería desembocar de forma natural en otra época fría. A pesar de eso, el planeta se está calentando rápidamente.

Prueba de ello son algunas observaciones hechas reciente-mente por varios científicos. Hace poco más de un año, un grupo de investigadores chinos aseguraban que el Everest ha menguado de tamaño, al cifrar en 8.844 metros la altura de la montaña, casi 4 metros menos que en la anterior medición. Además, tanto los sherpas nepalíes como un equipo de escaladores patrocinado por el Programa de Naciones Unidas para el Medio Ambiente (PNUMA) han detectado síntomas de que las nieves han empezado a retirarse y de que el paisaje que rodea el pico ha cambiado respecto al que conocieron Sir Edmund Hillary y el sherpa Tenzing Norgay, quienes alcanzaron la cima en 1953 (el glaciar en el que estos establecieron la primera base se ha retirado casi cinco kilómetros)

Por otro lado, el periódico El País recogía el pasado 17 de febrero los resultados de un estudio publicado por la revista Science, que constata que la mitad Sur de Groenlandia está reaccionando a un posible cambio climático. Eric Rignot y Pannir Kanagaratman, del Jet Propulsion Laboratory y de la Universidad de Kansas respectivamente, han utilizado información tomada por diferentes satélites, canadienses y europeos, capaces de vigilar, mediante radar, el desplazamiento de los glaciares. Al comparar los datos tomados desde 1996 hasta 2005 y conjugar la información con otras medidas, como el grosor de los hielos, han logrado determinar la pérdida de masa helada anual.

La pérdida de hielo debido al flujo de los glaciares ha aumentado de 50 kilómetros cúbicos por año en 1996 a 150 kilómetros cúbicos anuales en 2005. Si se tienen en cuenta también otros factores que influyen en la dinámica de los glaciares y en la acumulación de nieves, la pérdida de masa helada ha aumentado de 90 kilómetros cúbicos al año en 1996 a 224 en 2005.

El aumento de la temperatura del aire incrementa la cantidad de agua que llega hasta la roca en la que se asienta el glaciar, y este agua actúa como lubricante que facilita el desplazamiento del hielo. Cuando esto ocurre en Groenlandia, hace que este continente, según calculan los científicos, contribuya con aproximadamente medio milímetro anual en la subida del nivel del mar a escala global: un total de tres milímetros por año.

Como explica el Catedrático de Física de la Universidad de Alcalá de Henares, Antonio Ruiz de Elvira, el deshielo de Groenlandia está teniendo claros efectos en el Ártico, al aumentar la cantidad de agua dulce que llega al mar. Al cambiar la salinidad se alteran también otras características en otros puntos del planeta, como el paulatino debilita-miento de la Corriente del Golfo, la corriente de agua caliente del Océano Atlántico que, desde las costas de Florida, consigue que tanto América del Norte como Europa tengan unos inviernos más cálidos. Paradojas: el calentamiento global hará que el hemisferio norte pase más frío.

Y mientras Groenlandia se deshace, un estudio encargado por el Ministerio de Medio Ambiente coordinado por la Universidad de Castilla-La Mancha, señala a España como uno de los países que más va a sufrir los efectos del calor: en el interior peninsular las temperaturas aumentarán entre 5 y 7 grados en verano y entre 3 y 4 en invierno, según el escenario más pesimista, y un grado menos según un panorama más optimista, en el que las emisiones de gases de efecto invernadero, a finales del siglo XXI, “sólo” serán el doble de las emitidas hasta ahora . En el peor de los casos, el nivel del mar aumentará un metro, por lo que desaparecerán las playas del Cantábrico, del Delta del Ebro o de Doñana.

Siempre nos queda el consuelo de pensar que James Lovelock, autor de la hipótesis Gaia, tiene razón y el planeta se autorregula, no sólo adaptándose a los cambios, sino provocando estos cambios siempre que sea necesario para conservar su bienestar -según esta hipótesis, toda la materia viva interactúa para mantener unas condiciones de vida ideales-. Así se salvaría el planeta, pero ¿y el hombre.