Texto de Elena Echave

Directores noveles, títulos de bajo presupuesto, temas tabú y Hollywood fuera de juego. Este podría ser considerado a grandes rasgos el concepto del Festival de Cine Indie de Lisboa. El hecho de que en su nombre destaque el término “indie” puede marcar hacia una interpretación equivocada, pero tampoco engaña. Su décima edición, tuvo lugar en abril en la capital lusa con el resultado de 246 películas en 238 sesiones repartidas en tres salas principales de la ciudad.

La selección de esta edición resultaba exquisita, de profunda mirada social e innovadoras técnicas narrativas. El extenso programa permitió que tanto los más pequeños, como cualquier tipo de público, incluso el más comercial, tuviesen su espacio para disfrutar en la gran pantalla. Aparte, por la noche no cesaba la actividad y en la sesión de inauguración se pudo disfrutar de un increíble Dj Set de la artista canadiense Peaches, que presentó un documental sobre su imaginario personal y brindó, en realidad, todo un show que dejó con la boca abierta a todo aquel que se encontró en el Ritz Clube.

Había tanto donde escoger y tan apetecible, que el palmarés resultó poco sorprendente, pero equilibrado en cuanto al tipo de propuestas presentadas. El Gran Premio Ciudad de Lisboa fue para Leviathan de Lucien Castaing-Taylor y Véréna Paravel. Coproducción entre Reino Unido, Estados Unidos y Francia, de original belleza y que rompió moldes describiendo el contrapunto entre el hombre, la naturaleza y las máquinas. Otro documental ganó el Premio del Público, Amsterdam Stories Usa, una road movie de origen belga realizada por Rob Rombout y Rogier Van Eck.

youth

El imperativo se centró en torno al cine social abordando temas de actualidad universal como la inmigración y los desahucios, o situaciones comunes de búsquedas de identidad y vida cuando se pierde todo. Una visión muy presente en aportaciones como la del israelí Tom Shoval, fue la del declive de la sociedad establecida, que está afectando por igual en todos los países. Consciente de la situación actual, Shoval defendió que Youth es como una “especie de venganza ante lo que nos está tocando vivir”. Youth es la historia de dos hermanos de clase media de Tel Aviv, que intentan salvar a su familia del desahucio, con un padre que se siente deshonrado y una madre desesperada por intentar continuar.

Ellos están perdidos y pertenecen a una nueva generación que está viendo como se tambalean todos los valores impuestos como base desde su educación infantil. Ahora ya no encuentran sentido a nada. En vez de narrar sobre el Conflicto Palestina-Israel directamente, Shoval sin dejar de lado ese también constante estado de su país, gira el objetivo hacia un problema económico omnipresente. Aquí entra en juego la manida pregunta, en torno a qué preocupa a los jóvenes autores y tras lo absorbido y reflexionado, la conclusión puede que sea que no pretenden cambiar el mundo, pero sí remover conciencias. En esta línea temática nos pudimos encontrar también con el primer largo del canadiense Ryan Mckenna, The First Winter, que presenta a un chico portugués que emigra a una localidad heladora del norte de Canadá y su vida no se puede tornar más desgraciada.

turning

TURNING

Apartando del análisis a la ficción, el documental es un género que permite tantas lecturas como etiquetas puede tener y en relación a la sección musical, Turning resultó deslumbrante. Obra en la que Antony and The Johnsons y Charles Atlas dan continuidad a la exitosa gira del mismo nombre, en el que la música de Antony se funde en escena junto a los retratos que el propio Atlas tomaba en directo a trece mujeres neoyorquinas. Todas ellas con un discurso propio, intimista y relevante sobre la identidad sexual, el género y situando por encima siempre la esencia humana.


Por otro lado, la música fue un elemento esencial y conductor, no solo porque cuenta con una sección propia en el apartado de documentales, sino porque realizadores emergentes como el estadounidense Matthew Porterfield apuestan por ello en sus largos de ficción. Precisamente, I used to be darker, el tercer largometraje de este chico de Baltimore de aspecto hipster, cuenta con dos músicos como protagonistas. La conocida cantautora Kim Taylor y el frontman de la banda The Amonoamon, Ned Oldham, dotan de la máxima sensibilidad y credibilidad a una cinta extremadamente bonita, que aborda el desenlace de las relaciones y las cosas focalizándose en la transición, en los segundos antes de que todo eclosione y nos lleve por delante. Aparte de este matrimonio dejándose ir, el argumento está enlazado con las respectivas hija y sobrina de ellos, que se encuentran en el devenir de la incertidumbre juvenil. La banda sonora es impecable, así como acorde con el abordaje de la fotografía. Nos brinda planos para guardar en la memoria y no borrar jamás. Si todos estos datos no fuesen garantía suficiente para valorizar todas las referencias incorporadas, el título de la película es una frase de la canción “Jim Cain” del magnífico Bill Callahan.

Más información en http://www.indielisboa.com/

Lee este reportaje en la versión on-line del ExPERPENTO de verano de 2013: