Reportaje de Sandra Sánchez Basagaña
Fotos de Reyes Muñoz de la Sierra

Bélgica es un país peculiar, pequeño y mal avenido. Durante casi dos años vivió sin un gobierno electo ante la imposibilidad de que el ganador sin mayoría en las elecciones, el partido independentista flamenco, llegara a un acuerdo con el resto de las fuerzas políticas. Y para asombro del mundo, en aquellos 568 días no ocurrió absolutamente nada… la vida siguió, sin más.

El 60% de los belgas hablan neerlandés. Son los que habitan Flandes. El 35% de la población habla francés, y son los que están en Valonia. Bruselas –región independiente, capital del país y de Flandes– es oficialmente bilingüe. No son pocas las disputas culturales y políticas. Como turistas, nos daremos cuenta de que algo pasa cuando ves que las webs de Valonia –cuya capital es Namur– y Flandes ni siquiera se mencionan entre ellas.

Explicada la situación, nos disponemos a hacer un viaje por Flandes. Los belgas presumen de contar con una de las mejores redes de trenes del mundo. Es un país con una superficie de poco más de 30.000 m2, es decir, una extensión inferior a la de Cataluña. Por tanto, las infraestructuras son similares a las de cualquier red de cercanías en España. En poco más de una semana, puedes ir a todas las ciudades importantes en viaje de ida y vuelta.

No compréis una guía. En todas las ciudades que visitaremos hay una oficina de turismo donde por precios ridículos te aprovisionan de material para tus visitas. Y es más, en Bruselas, cerca de la iglesia de Sainte Catherine –en una plaza con muchos restaurantes– están las oficinas de Use it (www.use-it.be), donde podrás conseguir guías gratis de todas las ciudades. Están redactadas por locales y pensadas para jóvenes: además de monumentos, vienen bares, restaurantes baratos y sitios raros.

Dormir, comer y beber
En Bruselas hay apartamentos turísticos. Muchas de las personas que trabajan en la ciudad no viven allí. Lo que te gastas de más, te lo ahorras en comida. Los menús no bajan de los 18 euros.
No compres chocolate en las tiendas de bombones. Vete a un supermercado. La diferencia de precio es abismal.
Cada cerveza tiene su propia copa. No las robes, es muy feo y nos deja mala fama. Las regalan en el supermercado comprando un par de botellas.
Hay muchos bares con menús interminables de cervezas. Pregunta al camarero: acabarás antes y acertarás. Cuidado, tienen más grados que cualquier cerveza española.

Bruselas
Bruselas no es precisamente la ciudad más bonita del mundo y pese a ello, sí que tiene una de las plazas más impresionantes del planeta. La Grand Place es una especie de corazón que late a todas horas. Muy cerca está el famoso Manneken Pis. Más interesante que la propia fuente es el inexplicable ambiente que la rodea. Según la época, te puedes encontrar al niño disfrazado.

Hay más meones en la ciudad. Si llegas a la mitad de las Galerías Saint-Hubert, las primeras de Europa, puedes acercarte a ver la Janeken Pis, la versión femenina del meón. Y de paso entrar en Delirium Village, la catedral de los amantes de la cerveza. Más lejos del centro hay un perro haciendo sus cosas.

Puedes dedicar una mañana al Barrio de la Unión Europea. Entrar en el edificio de visitas es gratis e instructivo. Te prestan una guía interactiva, que te habla de la historia de Europa, de las instituciones de la Unión… En los aledaños, además de rascacielos y edificios emblemáticos, jardines imponentes y museos de diferentes pelajes, encontrarás la calma en urbanizaciones de corte modernista.

Construido para la Expo de 1958, el Atomium es otro de los emblemas de la ciudad. A ellos les gusta decir que es como su torre Eiffel particular. Merece la pena pagar por subir.

Bruselas tiene mucho más para ver. Considero ineludible una vista al Museo de la Música, alojado en un edificio modernista. No es espectacular, pero sí muy interesante. Y si quieres gastarte los cuartos, puedes comer en el restaurante de la azotea.

Amberes

A 45 minutos de Bruselas está Amberes. Llegas a una de las estaciones más bonitas del mundo. Es la ciudad más diferente. Si quieres hacer una ruta multicultural, aquí sí que es interesante que sigas la guía use-it. Pasarás por China Town, por un mini Harlem, por el barrio portugués… A tu nariz llegarán los aromas de la cocina turca, de la marroquí, de la tibetana… pasarás por el ridículo barrio rojo… y para volver, puedes hacerlo por la orilla del río. Te preguntarás por qué hay gente de tantos sitios en una ciudad tan pequeña: la respuesta está en los diamantes. Si tienes tiempo visita el zoo, es de mediados del siglo XIX.

Malinas está a medio camino entre Amberes y Bruselas. Pese a que quería pararme para dar un paseo por esta ciudad, la caminata de Amberes me dejó exhausta. Mide tus fuerzas en Amberes, o reserva un día para visitarla.

Brujas

Se dice que no son pocos los turistas que preguntan “¿y Brujas cuándo cierra?”. Efectivamente, parece que todo se haya colocado para que te parezca bonito.
Camina y disfruta, sin más. No te agobies con el mapa, todo está muy cerca. Visitarás un idílico monasterio de monjas, una fábrica de cerveza, descubrirás canales y ríos, jardines, plazas medievales… e incluso molinos de viento. No dejes de entrar en la Iglesia de Nuestra Señora para ver una de las pocas Madonnas de Miguel Ángel que están fuera de Italia… cuidado con el síndrome de Stendhal.
Si queréis hacer una actividad rara, entrad en la Capilla de la Sangre Sagrada. Tienen un frasquito con supuesta sangre de Cristo, que está solidificada y que misteriosamente se vuelve liquida. Si te acercas a verlo y das una limosna, el sacerdote te da un papelito con una oración. Sin limosna, no hay papelito.

Gante
A medio camino entre Bruselas y Brujas está Gante. Se merece un día con su noche. Los habitantes dicen que la ciudad es tan romántica como Brujas y con más marcha que Bruselas. Pero si te decimos que te quedes, no es por el ambiente, sino por la cuidada iluminación. Si durante tu aventura en Flandes sientes que vives en un déjà vu arquitectónico, Gante te pondrá la puntilla: torres, fachadas, más torres… y un castillo.

Es famosa la calle de los grafittis. Ellos dicen que algunos de los mejores artistas urbanos del mundo han dejado allí su huella. Cuando yo lo vi, por allí habían pasado los peores y los habían tapado. Nada memorable, excepto la propia visita del callejón.

En la Catedral de San Bavón custodian el Políptico de la Adoración del Cordero Místico. Tras pagar la entrada, te darán una audioguía en castellano, que te ayudará a entender cada uno de los misterios de la obra. Después de esa experiencia, amarás a van Eyck eternamente. Una visita peculiar es la del ‘t Galgenhuisje, que es el bar más pequeño de la ciudad. El nombre significa “La casa de la horca”, podéis imaginaros lo que fue aquello. Ahora es un lugar pintoresco y acogedor.

Lovaina

A menos de media hora de Bruselas, es una ciudad universitaria. Las enormes torres y las recargadas fachadas os sorprenderán. En Lovaina hay una calle (y no es pequeña) en la que cada uno de los bajos es un bar. Si habéis conseguido la guía use-it descubriréis la historia de cada local. También os recomendamos un paseo hasta la universidad… disfrutaréis de la ruta, y además, en medio de la plaza luce majestuosa una enorme mosca pinchada en un alfiler. Se trata de una escultura de Jan Fabre, el primer artista belga que expuso en el Louvre.

Más información: http://www.flandes.net/

Lee el reportaje en la versión en papel de ExPERPENTO: