Entrevista de Covadonga Carrasco
Fotografías de marcosGpunto [c]

Hasta 11/06 – Teatro María Guerrero

Solo tiene diecisiete años y una mirada irradia ilusión. Pero habla con la contundencia de una persona adulta. Se ha puesto bajo el mando de Miguel del Arco en Refugio, nada más y nada menos… Y lo hace sobre el escenario del María Guerrero. Podría estar asustado, pero en realidad solo está agradecido e ilusionado, viviendo cada segundo con la intensidad que merece. En Refugio es Mario, alguien que se esconde de la soledad y la falta de afecto en los videojuegos y la violencia. Ese es su refugio.

Miguel del Arco pone sobre las tablas del María Guerrero una obra fascinante Refugio en la que las palabras se convierten en el disfraz perfecto en el que se esconde cada uno de los personajes. Una familia que recibe en casa a un refugiado, que no habla, que lo ha perdido todo, que no siente que las palabras puedan ayudarle a “revivir”, mientras que el resto de personajes solo hablan, sin decir lo que sienten y piensan. En él encuentran el “refugio”, el desahogo. Él no habla, así que no dice nada que ellos no deseen escuchar. Una compleja obra que retrata una sociedad sin empatía, corrupta e hipócrita, que se esconde detrás de las palabras.

Comienzas a estudiar en la Escuela de Susana Verdú y ya no has parado…
Así es, comencé con ocho años. Mi primo Carlos Martos es actor también y desde pequeño siempre me hablaba del teatro y me empezó a apasionar, así que, aunque muy joven, me metí de cabeza. Desde entonces he ido encadenando obras de teatro, en la escuela siempre. A los catorce años ya me di cuenta de que quería hacer de esto mi profesión, contraté representante y empecé a presentarme a todo lo que surgía. El verano de 2016 me apunté a un curso de La Joven Compañía en el que participaban Gerardo Vera y Miguel del Arco. Estuve hablando con él al final de su charla en ese curso y a las dos semanas me llamó por si quería hacer una prueba para un montaje que estaba preparando y que era Refugio. Así que ilusionadísimo le dije que sí y aquí estoy.

Eres muy joven, ¿no te da vértigo? De la noche a la mañana te ves en las tablas del María Guerrero dirigido por Miguel del Arco…
Es una cosa que siempre te imaginas y piensas: “Ojalá algún día pueda hacer una producción importante”. Pero es algo que se queda en eso, en imaginación y en sueño. Por eso cuando ocurre de verdad… No sabría describirte todas las sensaciones que tengo, una mezcla de nervios, de ganas de hacerlo todo, de aprender, de salir y comerme el escenario… Creo que lo llevo bien, estoy menos nervioso de lo que esperaba aunque a medida que se acerca el día del estreno esos nervios aumentan.

¿Has sentido una presión grande durante los ensayos?
Es algo que se ha ido transformando desde el primer día hasta hoy. El primer día del ensayo nos juntamos todo el equipo de actores con Miguel. El pecho me ardía de los nervios. Pero sí que es verdad que a medida que iban avanzando esos ensayos, me he sentido muy arropado por el resto de compañeros, gente muy agradable que me ha tratado súper bien desde el inicio. Eso ha hecho que me sintiese más seguro, más tranquilo y me diera la posibilidad de experimentar, de soltarme y creo que eso ha sido lo más importante.

Ser actor requiere de muchísima disciplina y eso es algo que parece que con la juventud está un poco más reñido… ¿Cómo lo llevas tú?
Quiero pensar que sí soy una persona disciplinada. El mundo del arte en general está bastante maltratado y por eso sorprende que ya esté trabajando en un proyecto tan importante como este. Me queda mucho por delante y mucho que aprender, no solo a nivel interpretativo sino también de disciplina y eso es algo que me están enseñando también mis compañeros y por supuesto Miguel.

“No sabría describirte todas las sensaciones que tengo: una mezcla de nervios, de ganas de hacerlo todo, de aprender, de salir y comerme el escenario”

No sé si has oído hablar de Dancer, un documental sobre un bailarín que alcanzó el éxito muy joven. Su sueño cumplido le llevó a rozar la locura. ¿Da miedo cuando salen las cosas bien?
No he tenido la oportunidad de ver el documental. Miedo tenemos todos, tengo miedo de que esto en algún momento me acabe desbordando. Lo que tengo muy claro es que tengo que apartar cualquier pensamiento negativo rápidamente. Solo puede haber hueco para los positivos que son los que te ayudan a avanzar y a seguir adelante. De momento me va bien siguiendo esta línea y si he tenido un día malo y las cosas no han salido como quería, lo primero que pienso es que no pasa nada, que mañana volveré a salir y que lo haré cuatro veces mejor que el día en el que mejor lo hice.

En Refugio la familia es hipócrita. Usa el lenguaje para esconderse. Tu personaje, Mario, habla poco pero es más violento. ¿Sientes que de toda la familia es el menos hipócrita de todos?
Es cierto que Mario se refugia en la violencia y en tratar de demostrar que le da exactamente igual lo que le dicen, pero precisamente ahí es donde está la verdadera hipocresía del personaje. Se muestra fuerte, una periodista le llama friqui de los videojuegos y eso a él le duele, pero da la sensación de que le da todo lo mismo. Hay una escena desoladora en la que se ve realmente cómo se siente por dentro. En Refugio los personajes son muy complejos y todo el mundo dice lo que no es y Mario es hipócrita consigo mismo. Mario no se refugia en una violencia visible, con peleas, sino que se acerca a algo tan serio como lo que sucedió en Columbine. Mario está destrozado mentalmente y trata de convencerse a sí mismo de que no lo está.

“Mario necesita alguien que le escuche, que le quiera y que le atienda. No es que los padres no puedan prestarle atención, es que le ignoran”

Mario puede ser un reflejo de la sociedad. Da la sensación de que a los jóvenes de tu generación se les está intentando “atontar” con un millón de cosas para que no tengan la capacidad de pensar ni la oportunidad de alzarse.
La información está al alcance de la mano. Si no alzamos la voz es porque no queremos. Tenemos Internet para informarnos, para buscar maneras de cambiar las cosas. Hay poca gente que lo hace. Raúl Prieto que interpreta a Farid, el refugiado, lo dice siempre. El tema de los refugiados es una realidad que tenemos delante de las narices, aquí al lado, pero nadie hace nada… A mí me encantaría hacer algo, pero no sé dónde hacerlo ni de qué manera. Como decías da la sensación de que a la gente joven se nos intenta apartar de todo esto, adoctrinarnos, que no podamos protestar, pero también creo que es culpa nuestra por no intentarlo y por no buscar la forma de hacerlo.

¿Qué relación tienes con Mario?
Por Mario siento pena. Solo tiene dieciséis años y está destrozado. Se siente dolido, iba de superior mientras su padre ostentaba cargos importantes en política y ahora no es más que un niñato pijo al que se le ha caído el mundo encima. Su único refugio en la violencia. Su madre está borracha todo el día, su padre está ocupado con sus temas políticos y piensa que es un anormal que no vale para nada, al igual que su hermana y con su abuela prácticamente no tiene relación. Mario necesita que alguien le escuche, que le quiera y que le atienda. No es que los padres no puedan prestarle atención, es que le ignoran. Eso es lo que lo mata. No encuentra refugio en nadie. Bueno sí, en los videojuegos por la violencia que descarga con ellos. A él lo que le hace violento no son los videojuegos, sino todo lo que le rodea. Jugar no es más que su vía de escape, es su refugio.

Mucha más información en: http://cdn.mcu.es/espectaculo/refugio/

Lee la entrevista en nuestra edición en papel de mayo-junio de 2017: