Imagen de la cabecera: Porteadores de rickshaw esperando clientes, Calcuta. Fotografía de Juan Antonio Carabaña Aguado

Texto de Ignacio Moreno
Fotografías de ITE (cc)

Cuando me propusieron resumir en un par de folios todo lo que vi en India, me pareció una bonita idea. Sin embargo me doy cuenta de que estoy ante un reto imposible. Principalmente, porque este país, con sus 1.000 millones de habitantes, sus 100 lenguas distintas (21 de ellas oficiales) y sus más de 1.200 dialectos, es un cúmulo de microcosmos difíciles de digerir por un occidental.

En India conviven, junto al hinduismo –practicado por casi un 80% de la población– casi todas las religiones del mundo. Como dato curioso, con 150 millones de fieles considerados allí una gigante minoría, India es el tercer país islámico del mundo. Todo esto ocasiona formas de sentir y ver la vida muy distintas, no sólo en base a unos modelos morales, sino también en el contraste de realidades económicas opuestas: en medio de la miseria más absoluta, están algunas de las mayores fortunas del mundo. Su potencial humano hace que el más mínimo incremento en la renta familiar, traiga consigo un huracán económico internacional. No en vano es considerada junto a China, una de las grandes economías emergentes, que en términos de poder adquisitivo, ocupa el puesto 165 del mundo.

No sólo la diversidad humana define India. Sus tres millones de km2 limitan con seis países (sin contar islas), algunos de los cuales son escisiones propias. La India está formada por 28 estados en los que encontramos desiertos, selvas, playas, zonas montañosas, poblaciones superpobladas y paisajes que nos resultan más familiares.

Todos estos datos nos dan medida del tiempo que necesitaríamos para visitarla. A ello se une un ritmo de vida muy distinto al nuestro, que nos exige meter en la maleta grandes dosis de paciencia. Los indios son muy amables, pero también muy insistentes, en ocasiones, demasiado insistentes.
Empiezo por Calcuta, la Ciudad de las Luces, pero también de la miseria y de los voluntarios de todo el mundo. Lo primero que choca es su olor. Indescriptible y difícil de olvidar, parecido al de cualquier otra ciudad india, pero multiplicado por un millón. Es increíble que un lugar con tanta historia, pueda albergar una pobreza tan tristemente asumida: todos allí parecen estar acostumbrados a ver gente durmiendo en las calles, niños descalzos entre cadáveres de animales, familias enteras muertas de hambre… La explicación la encontramos en un amargo éxodo rural: los más pobres del país acuden allí con el sueño de iniciar una vida mejor y se encuentran inmersos en un círculo vicioso del que es muy complicado salir. Me pasaría horas escribiendo sobre la ciudad, pero creo que es bonito que cada uno la descubra a su manera: eso sí, hay que ir preparado en todos los sentidos.

Autobús en Deshnok (Bikaner), Rajasthan, India. Fotografía de Critina Ramírez Fernández

Viajar en el país imposible 

Para movernos por el país podemos elegir entre varias formas de transporte. Una muy extendida consiste en contratar un conductor. No sólo se encarga de llevarte y recogerte en un coche, también ejerce de guía, de intérprete y de negociador.

Todas las ciudades importantes tienen delegaciones de agencias o guías de este tipo. Los vuelos interiores son muy baratos y muchas veces –dadas las distancias y el ritmo al que circulan los trenes– compensa coger un avión. Pese a todo, no desdeñéis la oportunidad de vivir la experiencia de viajar en un tren. Personalmente, yo no probé el típico “no-hay-hueco-para-nadie-más”, con la suerte de conseguir un sitio en el portaequipajes sobre los asientos, espacio que allí podríamos considerar un segundo piso del vagón. Un amable indio me hizo un hueco y pasé las tres horas del trayecto Shantiniketan-Calcuta entre pies descalzos, ventiladores y bolsas de viaje, viendo pasar por debajo de mí la intensa vida india.

Otra cosa que sorprende en las ciudades es la circulación. Podríamos decir que es un caos perfectamente ordenado donde el pez grande se come al chico, o por lo menos lo intenta. Los camiones pitan a los coches, éstos a las motos, las motos a los auto-rickshaws (algo así como unos motocarros donde caben 6 personas), los auto-rickshaws a los rickshaws y por último tenemos las bicicletas individuales (o no). Los peatones son el último eslabón en la cadena circulatoria. De todo esto fluye contaminación pura y mucho ruido. La bocina sirve para avisar de prácticamente todo: “que voy”, “cuidado, que te adelanto”, “a ver…” y es asumida y aceptada por todos. De hecho, muchos camiones llevan pintados carteles del tipo “por favor, toca la bocina”.

Templo del Loto, Delhi. Fotografía de Critina Ramírez Fernández

Delhi, como capital de este país enorme, tiene mucha historia, pero en mi opinión, no es una de las primeras opciones a estudiar en el caso de que dispongamos de pocos días para visitar India. Jaipur es la capital del Rajastán y merece la pena. Aquí el paisaje es desértico y los camellos están a la orden del día. Muchas cosas para ver y más puestos ambulantes y tiendas donde comprar. También son muy recomendables Pushkar y Udaipur, más pequeñas que Jaipur, pero también más coquetas.

Trabajadores limpiando los jardines del Taj Mahal. Fotografía de Juan Antonio Carabaña Aguado

Mención aparte merece el impresionante Taj Mahal. Parece mentira que con todo el turismo que atrae, Agra se parezca tanto al peor de los barrios periféricos de cualquier ciudad en España. La estampa del conjunto es increíble, al igual que su historia: el emperador musulmán Sha Jahan mandó construirlo en el siglo xvii en honor de su esposa favorita, Mumtaz Mahal, muerta dando a luz a su decimocuarto hijo. El mausoleo es su parte más conocida, cubierto por la cúpula de mármol que toma distintos tonos según la posición del sol.

Ghat frente al río Ganges en Varanasi. Fotografía de Critina Ramírez Fernández

Benarés (o Varanasi) es la ciudad de los muertos, especialmente atractiva al amanecer, cuando los hindúes se acercan a los embarcaderos o ghats, a orillas del Ganges, a bañarse en sus aguas. Es posible dar un paseo en barca, con el riesgo de toparnos con cuerpos flotando, dejados por familiares con el fin de que los muertos accedan a la liberación del ciclo eterno de las reencarnaciones. Las montañas de Darjeeling, de donde es originario el té que muchos de vosotros tomáis, Sikkim, Pune, Goa, Dui, Orisha… son otros puntos interesantes.

Por último os hago una recomendación: si tenéis pensado ir a este tremendo país lo mejor que podéis hacer es hablar con todos aquellos que conozcáis y hayan estado por allí; comprar guías del país y navegar por la red. Si no váis preparados, corréis el riesgo de convertir una gran experiencia en algo insoportable.

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