Texto de Reyes Muñoz

Una foto de una niña volando por los aires en una explosión ha conseguido convertir a su autor en una celebridad. Frederick Salomon acude al país donde tomó la instantánea para recibir un galardón veinte años después. Prácticamente todo el mundo considera que lo que esa imagen representó fue clave en la paz del país. Hanna no lo tiene tan claro.

En una habitación de hotel, Hanna entrevista a Salomon. Las preguntas y las respuestas no son precisamente banales. ¿Qué ocurrió exactamente el día en el que se tomó la foto? ¿Quién es la niña? ¿Qué fue de su vida? ¿Qué pasó en el país? ¿Qué pasó en el mundo? Las imágenes violentas ¿son merchandising de la guerra o una denuncia? ¿Qué pinta en el mundo Naciones Unidas? ¿Qué reciben del mundo los países, o los ciudadanos olvidados?

De forma paralela, y sin que Hanna y Salomon sean conscientes, se desarrolla otro encuentro. Un médico, el Doctor Brown visita a una mujer. Pura rutina: su hija está en coma en un hospital. Ida, la madre desesperada, ofrece sexo a cambio de que su hija reciba el tratamiento que precisa para vivir o incluso, sea trasladada a occidente.

De lo general a lo particular. De las historias con grandes nombres a la desesperación anónima. La obra, que crece ante nuestros ojos como un thriller, utiliza su estructura para engendrar más y más preguntas en la cabeza y las entrañas del espectador. Guillem Clua escribió “La piel en llamas” una semana después de la invasión de Irak, y pone en duda prácticamente todo en lo que se refiere a la actuación de la comunidad internacional con respecto a los países pobres. Los verdugos se enfrentan cara a cara con las víctimas. Y por el medio, dilemas individuales que se convierten en preguntas universales.

José Luis Alcobendas, Helena Castañeda, Chani Martín y Marina Seresesky forman el reparto de esta obra, dirigida por José Luis Arellano, que puede verse hasta el 6 de mayo en el Teatro María Guerrero de Madrid.

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