Texto de Reyes Muñoz de la Sierra
Estreno el 25/11/2016

Hace algunos años, Clara, una mujer afincada en Madrid desde su infancia, me contaba que durante la Guerra Civil jugaba a escasos metros de soldados disparando y que para ella el sonido de los tiros era simple ruido. Recordaba pasar hambre, pero no un miedo especial. Y casi lloraba al rememorar como su madre se quitaba la leche para dársela a ella diciendo: “a mí no me apetece, hija”.

Los relatos de los niños que crecen en medio de una guerra son similares y afines a lo que relata Christine Nöstlinger en “Vuela, Abejorro”. El libro narra la historia de una niña de nueve años en las últimas semanas de la Segunda Guerra Mundial, contada por ella misma siete décadas después. En su dulzura y desdramatización, precisamente se encuentra su verdad y emoción, lo que transmite un dolor similar al que siente Clara al recordar a su madre sirviéndole toda la leche. “Vuela, Abejorro” se adapta al cine con el título “La primavera de Christine”, de la mano de Mirjam Unger. Y es de agradecer que la propuesta nazca en el seno de la industria europea, con la ingeniería y espectacularidad precisas, y el foco puesto en el mensaje. Transmite un recado que la propia directora escuchó de la boca de la autora y que puede resumirse en una frase: “las semanas del verano de 1945, cuando todo era ceniza, son probablemente las mejores semanas de toda mi infancia”. Esta afirmación es la que la directora traduce al lenguaje del cine: “El elemento principal de la película, además de la ambivalencia de la guerra, es como lo que para los adultos es una tragedia, para los niños puede ser una aventura”.

Estamos ante una maravillosa adaptación realizada por Mirjam Unger que rodeada de un equipo formado íntegramente por mujeres, cuenta la historia de Christine, una niña que “sabe tanto sobre la paz como los niños –al menos los de aquí– saben hoy en día sobre la guerra”. Una película imprescindible en un momento en el que Siria, y tantos otros escenarios bélicos olvidados, arden generando recuerdos en niñas y niños que un día serán adultos y que quizás cuenten, sumando testimonios a un mensaje antibelicista universal. Un mensaje que seguramente lleves impreso en tus genes, y que puedes escuchar muy cerca si prestas atención.

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