Texto de Elena Echave
Fotos de Elena Echave y Reyes Muñoz

Titular estas páginas sobre Oporto como “belleza decadente” no es ni original, ni es casual. Una de mis primeras noches viviendo allí volvía a casa, cuando llamaron por teléfono a un amigo portugués y le dijeron que cerca de donde estábamos iba a comenzar un concierto…

…Subimos una calle que se me hizo interminable y llegamos a una casa antigua maravillosa, que tenía dos marcos de persianas enormes a cada lado y se abrían como si fuera un estor de antaño. A un lado, dos chicos con un set experimental de guitarras eléctricas y al otro, una especie de instalación que te invitaba a entrar y ver lo que pasaba dentro. Tres lugares secretos de la ciudad, cinco días abiertos al público y una exposición global de artistas multidisciplinares, principalmente portugueses, en torno a un solo tema: la belleza decadente. Unos días después pasé por el mismo lugar y la casa estaba completamente cerrada como si nada hubiera acontecido allí, como si hubiera sido un espejismo. Esta primera pincelada del ambiente en esta ciudad ya deja intuir como se siente uno descubriendo cosas inesperadas.

Cuando un pueblo es humilde, mantiene las tradiciones y es capaz de sacar partido a lo que el paso del tiempo va dejando por el camino. Ahí entra en juego la cultura que se reinventa cada día, a modo de movimientos artísticos o de conciencia social que intenta aprovechar el espacio urbano y preservarlo a través de cualquier manera imaginable. La propia ciudad inspira y es una gran fuente de creación, donde el artista se siente acompañado por el agradecido polvo que se respira. Tampoco hace falta ser un bohemio para exprimir todas las posibilidades que hay, pero aún así sigue extrañándome que Woody Allen no haya filmado todavía por la vieja Portugal y se dedique a hacer retratos de ciudades europeas, también con encanto, pero que se quedan totalmente atrás de la virgen Oporto.

Portugal es el país de al lado, nuestro vecino más cercano; y sin embargo, el gran desconocido infravalorado. Reconozco que cuando rellené mi solicitud para acceder a una beca Erasmus, Oporto estaba en la segunda opción, pero finalmente el destino quiso que acabara aquí mi carrera. Alicientes como haber sido años atrás Capital Europea de la Cultura y que se construyera la fantástica Casa da Música o la reciente elección de celebrar en el Parque da Cidade el Optimus Primavera Sound, me animaron de inmediato. Mi percepción de la ciudad se guiaba de una visita rápida de un día y quedé impresionada solo con unas pequeñas pinceladas. Lo más vistoso de la ciudad es la Ribeira, las numerosas iglesias, la Fundación Serralves o el vino. Estas atracciones turísticas digamos que son el motor de la superficie de lo que significa conocer a la hermana pequeña de Lisboa, pero si el tiempo lo permite el viaje puede ser mucho más profundo.

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Redacción.- En el primer viaje de reconocimiento a Oporto te recomendamos TRANZVERZ S de EASTPAK. El tamaño es perfecto para el fin de semana y se puede subir a cabina sin necesidad de facturar. Caben más cosas de las que imaginas y con ella no perderás ni un minuto de tu viaje en la cinta de equipajes de aeropuerto. Oporto es una ciudad pintoresca. Es pequeña, asequible y está cerca. Se bebe buen vino y se come de lujo. Las pequeñas anécdotas se suman y hacen que en un fin de semana atesoremos decenas de experiencias que podrás guardar en tu memoria y en tu maleta. Para evitar sorpresas, recuerda que las botellas grandes de vino no se pueden subir al avión y facturarlas tiene riesgos.

Ciudad al norte con espíritu de pueblo, que parte del río Duero y desemboca en el Atlántico, ubicando entre medias las famosas bodegas del vino de Oporto y sus embarcaciones típicas, barcos Rabelos, con los que antiguamente transportaban las barricas que contenían el sabroso elixir. Humedad, olor a sardinas, castañas y churrasco. Calles largas, empedradas, estrechas, en cuesta y la mayoría con poca iluminación. Por las noches cuando el transeúnte se queda sin compañía puede intentar imaginar cómo fue aquella época en la que la mayoría de los edificios y santuarios estaban en su máximo esplendor y no en estado de abandono.

En Coímbra estudian, en Oporto trabajan y en Lisboa gastan. Al minuto de pasear por la urbe, te das cuenta de toda la verdad que se esconde en esta frase. Sorprende la cantidad de gente que vive en la calle y de cómo sus ciudadanos son generosos y han aprendido a acomodarse con poco. Si pasas Santa Caterina, la calle principal comercial y te diriges cuesta arriba por el Coliseo de Oporto, la plaza que se abre es Poveiros. Merece la pena detenerse y percibir el transcurrir del día a día en uno de los barrios más auténticos de la ciudad. Donde la gente de toda la vida se mezcla con estudiantes de arte que tienen su facultad al lado y todos comparten el gusto de estar en la plaza o en el Jardín de San Lázaro, que predomina la vista. En esa misma ruta, dirección hacia el río por donde el Puente del Infante, los sábados se realiza Vandoma, el mercadillo más anárquico y pintoresco que he visto nunca y desde donde si alzas la vista disfrutarás de una privilegiada panorámica del río y de por lo menos, tres de los seis puentes que se alzan a lo largo del Duero. Muchas veces parece que estoy en el paraíso del trapicheo y la segunda mano, donde encontrar veinte prendas por un euro o muebles vintage a precio de ganga es una tarea fácil. Una de las calles por las que más transito de arriba a abajo es la rua Almada, repleta de tiendas de herramientas, un ultramarinos de productos rusos o un templo de vinilos que comparte lonja con la Embajada de la Lomografía. A la hora de ir de compras hay un espacio alternativo, el Centro Comercial Miguel Bombarda que alberga, entre otros, una galería de arte especializada en ilustración, un jardín de venta y muestra de bonsáis o varias tiendas de artesanía peculiar.

Conocer Oporto no es solamente desayunar en el Café Majestic, visitar la Librería Lello, subir a la Torre de los Clérigos o darse un paseo en ese tranvía que parece de juguete. Desde que se abrió el metro a comienzos de este siglo, los portuenses se mueven a través de sus estaciones, ya que pese a existir un núcleo céntrico, el resto son freguesías y pequeñas localidades extendidas a lo largo del territorio. Cuando dejas de ser viajero ocasional y comienzas a querer camuflarte como uno más, te despiertas con los gallos, sientes las gaviotas a lo largo del día, te abrumas con los azulejos y te pierdes entre callejuelas recónditas que te arrastran a bares en los que solo se habla portugués cerrado. Los portugueses son muy de creer en la fuerza de los animales, las figuritas de golondrinas adornan sus casas porque son señal de buena suerte, el gallo de Barcelos, que cantó después de asado es una especie de símbolo nacional y los gatos deberían ser como las vacas en la India, hay dos por cada habitante.

Comer en Oporto
No es lo mismo tomarse una cerveza en Galerías de París que en Cedofeita, allí incluso puedes comer risois o bolinhos de bacalao bien entrada la noche. El horario europeo está presente, la comida más importante es a partir de las siete y media; y aman tanto el pescado como la carne. Al ser norteños comen mucho rolo de cerdo, empanados y caldos o sopas. Las guarniciones casi siempre van acompañadas de arroz y el plato típico contundente es la franceshina; una especie de sandwich hinchado de longaniza, mortadela, bifana, queso y una salsa que las abuelas pasan de madres a hijas y solo se pueden intuir ciertos ingredientes como la cerveza. En Oporto se come muy bien y barato. Hay que saber distinguir los sitios mediocres de los auténticos, pero hay muchas opciones diferentes. Uno de mis sitios favoritos es una especie de centro auto-gestionado en una gran nave, en la que aparte de una escuela de danza y una compañía de teatro hay un restaurante muy acogedor que solo abre a la hora del almuerzo. Piquenique sorprende por el espacio tan abierto que a primeras se torna aséptico, pero luego aprecias que es muy cálido, quizás por el espíritu de la madre y sus dos hijas, que son quienes lo administran. Cocina deliciosa típica portuense, pero con un menú de cierto toque renovado. Otro aspecto que choca frente a España es la gran calidad del café, el más flojo allí es el estándar aquí y con una diferencia de precio considerable.


De excursión al Serralves es inevitable deparar en la Avenida Boavista, donde se distinguen villas y palacetes de finales del siglo XIX y principios del XX. Una vez que atraviesas las verjas de la Fundación te espera el edificio de Álvaro Siza que acoge el museo de arte contemporáneo y con un pequeño mapa sales a la parte trasera donde hay una serie de esculturas de Richard Serra camufladas entre el imponente parque, en el que se dibujan jardines de ensueño. Tras recorrer múltiples plantas y árboles, la Casa Serralves te deja boquiabierto, edificio-jardín Art-Decó que mandó confeccionar el Conde de Vizela en 1923 al Marqués de Silva. Este gran ejemplo arquitectónico se contrapone a la Escuela de Oporto, estilo al que pertenecen profesionales de gran prestigio como Fernando Távora, maestro de Siza, su alumno Souto de Moura o Ricardo Carvalho, que pertenece a las nuevas generaciones.

Continuando hacia Matosinhos, donde se encuentra una de las playas más conocidas es imprescindible una visita al Restaurante Boa Nova, obra también de Siza y que muchos denominan como “poesía arquitectónica”. El edificio se encuentra en un estado actual lamentable y supuestamente en una rehabilitación que nunca llega, pero este es un hecho al que por desgracia te vas acostumbrando y aprendes a admirar los parajes estén como estén.

Lee este reportaje en la edición impresa de ExPERPENTO de noviembre-diciembre de 2012: