Firma de Oscar M. Prieto
Fotografías de Foto de Rafa R. Palacio

Los Servicios de Apuestas y Pronósticos habían avanzado una noche de temperaturas bajo el umbral. Necesitaba un lugar donde dormir. Y los puentes estaban llenos. En un camino que llegaba o partía me encontré de nuevo con Paul Newman.

Me ofreció en su casa una habitación de techo y paredes azules orientada al amanecer y que se llenaba de sol cada mañana. Yo le señalé el cielo, indicando lo nublado que estaba y lo inútil que resultaría la orientación y el azul en ausencia de sol, acolchonado como estaba entre tan tupida maraña de nubes.

Paul no me respondió, hizo gesto de que le siguiera. Y yo le seguí. Después de la hecatombe de los árboles, necesita de la realidad de unas paredes.

No es la primera vez que duermo en una habitación orientada al Oeste y por la que entra suavemente el sol para despertarme. Pero sí es la primera en la que amanece dentro de ella y el techo azul se va iluminando como un cielo y en él se prolongan las sombras primeras de los restos óseos de las margaritas gigantes.

Pero es extraño y desconcertante porque, a noche, cuando me acosté, todo estaba cubierto por capas kilométricas de nubes, que no parecía tuvieran la menor intención de desterrarse. Algo sucede. Me acerco a la ventana para comprobar y compruebo que sigue nublado.

¿Cómo explicarlo entonces? Es muy sencillo. Se trata de un mecanismo de reloj, con un sol diminuto que se descuelga desde la parte superior de la ventana y recrea dentro de esta habitación azul, la ilusión de una mañana luminosa.

Patacosmia en nuestra edición en papel de mayo-junio de 2017: