Texto de Oscar M. Prieto
Foto de Rafa R. Palacio

He encontrado este cajón de arena, en el que sentarme. Me entretengo mirando a los que pasan, con cuidado, sin meter ningún ruido al deslizar mis ojos sobre ellos, para que no se asusten.

Es domingo y la gente va vestida de sábado de noche: negros, tacones, gasas, medias, corbatas y perfumes cargados de almizcle. En los otros universos que he visitado, los domingos resulta sencillo reconocer en un semáforo, en una cafetería, a las parejas que, viviendo separadas, han pasado la noche juntos: por la ropa que llevan, que siempre es la de ayer, por esos vestidos, que se eligieron delante del espejo, encajes que auguraban una espiral, casi rizo, de deseos. Y además, esas sonrisas… y ese no importar el despeinado…

Para evitar la tentación de señalar con el dedo, se aprobó por unanimidad que las mañanas de domingo, quien baje a la calle se vista como si se tratara de una noche de sábado. De esta manera se preserva de juicios la intimidad de los amantes, no solo ocasionales.

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