Firma de Oscar M. Prieto
Foto de Rafa R. Palacio

Había suficientes evidencias para un ojo despierto y acostumbrado a rastrear lo anómalo. Se percibía en el ambiente la conjura. Sudor helado; silencios repentinos, repentinas urgencias y turgencias, a mitad de una frase, inconclusa, mutilada; olor dulzón, inexplicable; espera, intriga, impaciencia y, a la noche, el ruido de puertas que se abren sin encender la luz, previamente engrasadas.

Tenía que seguirles a su próxima reunión y saber qué era lo que tramaban los árboles. Era complicado conseguir la información que necesitaba. Arriesgado. Quienes no estaban en la jugada me miraban como a un loco al que fuera necesario internar. Quienes compartían el secreto me veían con recelo, como un riesgo que fuera necesario eliminar. Casi decidido a abandonar, sorprendí una conversación entre dos árboles delgados a los que una ráfaga de viento repentino despojaba de sus últimas hojas. Al atardecer. La reunión se celebraría al atardecer. Ya sin clorofila.

Y aquí estoy, cuando cae el sol. Ellos van llegando. Han esperado hasta el momento marcado para comenzar. El sol ya se apagó. Un representante de La Montaña va a tomar la palabra pero, de pronto, escuadrones de frío equipados con armas bajocero, rodean la alameda y descargan sobre ella su furia helada y la escarcha despiadada.

Juro que también vi a jinetes de hielo. Yo he podido escapar del cerco letal. Quise gritar, avisarles, pero mi voz estaba congelada. Alguien les ha traicionado.

Ahora deambulo descalzo sin dar con los caminos porque todo está blanco. Las uñas de las manos, blancas; la barba, blanca; el cielo, blanco violador de oscuridad; y mi aliento, blanco, blanco, blanco. Un blanco enemigo de los conspiradores.

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