Firma de Oscar M. Prieto
Foto de Rafa R. Palacio

No es cierto que no se muevan. Nada sabe de los árboles quien hable así de ellos. Los árboles también se mueven, por supuesto. Y su mover es un alzarse, elevarse, crecer hacia la luz. Se mueven. ¿Me ha oído Señor Senescal de Campo?
Otra cosa es desplazarse, y no, ciertamente los árboles no se desplazan. Sería absurdo. ¿No lo cree usted, Señor Almirante? Porque los árboles permanecen fieles a la tierra en la que fueron enterrados como semilla, a la que han dado sombra y sobre la que han propiciado las lluvias desde su nacimiento.

Los árboles no se desplazan, pero no es fácil engañarles. Seguro que el Señor Bufón está de acuerdo con esta apreciación. Él sabe bien de lo que hablo. Por eso, los árboles se han cubierto de nieve y han cubierto de nieve los caminos que llevan hasta ellos. Así se verán las pisadas del traidor. Dejará huellas. Y entonces…
… ya saben ustedes lo que cuentan sobre los bosques. Serán implacables.

Pero la nieve no ha servido y ya se ha derretido. Acaso sea tan leve el criminal que ni siquiera pise el suelo. Algunos afirman haberla visto:

—Era ella, estoy seguro de que era ella. Justo antes del amanecer.
—Sí, yo también la pude presentir, su ánimo cargaba con el peso de una culpa, incapaz de ocultarla en su sonrisa.

Pero no hay pruebas suficientes que la incriminen, que despejen toda duda razonable.
Uno de los árboles, que ha estado escuchando, propone un nuevo plan, sutil, doble:

—¿Y si hablamos con el río? Será fácil atraparla en el reflejo.

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