Firma de Oscar M. Prieto
Foto de Rafa R. Palacio

Estoy algo preocupado. No sé si ha sido al hablar de la reunión de los meses, de la agonía de las flores o de los círculos del cielo,… no sé cuándo, pero he debido decir, sin ser consciente de ello, algo que no debería haber dicho. Tengo que aprender a camuflar mis silencios. En los laberintos anarquistas no sobreviven los locuaces.

Esta mañana, al regresar a casa, un coche hacía guardia en el puente, camuflado. Sigue ahí. Lo veo desde la ventana. Sin necesidad de descorrer los visillos. No puedo fiarme ni siquiera de las surfinias.

En parte, la culpa es de ellos, de los árboles. No son nada discretos y resulta muy sencillo seguirles el rastro de sus citas clandestinas. Les falta talento para la conspiración. Todas las mañanas se sabe dónde se han reunido la noche anterior por el rastro de hojas que dejan a su alrededor, como si fueran las colillas y el humo de los empedernidos jacobinos.
Suficientes evidencias para un ojo despierto y acostumbrado a rastrear lo anómalo. Se percibe en el ambiente: sudor helado; silencios repentinos, repentinas urgencias y turgencias, a mitad de una frase, inconclusa, mutilada; olor dulzón inexplicable; espera, intriga, impaciencia y, a la noche, el ruido de puertas que se abren sin encender la luz. ¡Cómo va a triunfar así la revolución!

Esta sección en ExPERPENTO verano 2016:
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