Firma de Oscar M. Prieto
Fotografías de Foto de Rafa R. Palacio

Al salir de lo hondo del lago helado, mis sentidos se encontraban afectados por el periodo líquido, pero no he podido dejar de ver la puerta, aunque se encontraba protegida por una tela tenue tejida sin hilo. La puerta me llamaba, con su voz de puerta y en lugar de temor, su sonido a madera me invitó a cruzarla.

Había oído hablar de la existencia de este tipo de puertas, pero en mi vida cotidiana no había llegado a conocer ninguna, carencia propia que no me hacía dudar de que en algún lugar se abrieran. Por regla coronel, suelo creer en algo hasta que se demuestre que es falso y por falso, huérfano de realidad.

Cuando esto sucede, me resulta inevitable destilar cierta nostalgia por lo que no ha llegado a ser. No me importa confesar que sigo creyendo en sátiros y centauros, y así lo haré hasta el momento en que compruebe que no existen.

Al otro lado me recibe una lluvia fina, incapaz de mojar, pues no es esa su misión, sino el divertimento caprichoso de diluir los perfiles de las cosas. Pero, ¡qué puerta tan fantástica! Justo cuando creía que ya estaba fuera, un impulso de aire amable y persuasivo, renueva en mis ojos el deseo de ver más cosas nuevas y me lanza por un dédalo no conformado por pasillos, hecho naturalmente de ramas, incomprensiblemente, conectadas entre sí por un diseño arquitectónico oculto.

He ido a salir a uno de los cerros que reciben al Océano Mar Pacífico. Las olas, en lugar de rumor, suenan a versos: Cuando es invierno en el Mar del Norte, es verano en Valparaíso.

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