Texto de Covadonga Carrasco
Fotografías de Vanessa Rabade Cortesía Pavón Teatro Kamikaze
Jauría está en el Pavón Teatro Kamikaze hasta el 21/04/19

Cuando escuché que Miguel del Arco preparaba un montaje sobre el caso de “la manada”, lo primero que pensé fue: “Menudo jardín…”. Rápidamente me di cuenta de que era del Arco, no habría morbo, no se le podría poner un pero y menos con un texto de Jordi Casanovas, que también resultaría impecable. Solo quedaba por ver quiénes serían los intérpretes. Era la cuadratura del círculo: María Hervás que nos había fascinado en Iphigenia en Vallecas,y por supuesto Raúl Prieto, debilidad de una servidora que considera que es uno de los actores más completos que tenemos en España.

Así que encantador nos ha dado la posibilidad de hablar con él sobre el montaje que probablemente haya cambiado la manera de hacer teatro documental.

Jauría se ha convertido, sin duda, en uno de los montajes de la temporada. No se puede explicar, faltan los adjetivos para describir lo que sucede sobre el escenario del Teatro Pavón Kamikaze. Solo se puede afirmar que es imprescindible verlo. Todos pensamos que a través de los medios sabemos todo lo que sucedió aquel 7 de julio en las fiestas de San Fermín. Nada más lejos de la realidad, porque Jauría es precisamente eso, la realidad que te golpea, que te pone frente al espejo, que te desgarra. Debería ser obligatorio verla, porque todavía nos queda mucho que hacer en una sociedad que se desmorona mientras estamos pendientes de otras cosas…

Nadie duda de que Miguel del Arco es probablemente el mejor director de teatro que hay ahora mismo en España, tú lo sabes bien, que eres uno de sus actores fetiche. Sin embargo, cuando te propone participar en Jauría, ¿qué es lo primero que se te pasa por la cabeza? ¿Tuviste dudas?
Me pregunté si realmente era necesario abordar ese tema que había sido tan manoseado por los medios y que estaba, y está, tan presente en la mente de todos. Pero también conozco a Miguel y confiaba mucho en que él sabría enfocarlo con la sensibilidad e inteligencia que un asunto tan peliagudo requiere.

¿De qué forma plantea Miguel el inicio de esos ensayos para poner en pie la obra?
No tenía muy claro cómo iba a montar la obra y, ni mucho menos, el resultado final. Pero sí sabía que no quería ser equidistante: lo más importante era saber que íbamos a contar la historia desde la víctima e ir soltando el texto y ver qué nos provocaba todo eso que decíamos y escuchábamos, siendo conscientes de que todo se ha extraído de las declaraciones literales de un juicio.

¿Cómo se tradujo ese planteamiento inicial en los primeros ensayos?
A Miguel le gusta crear espacios creativos donde cada uno se siente tranquilo y cómodo para probar sin juzgar si está bien o está mal el resultado de lo que está probando. En ese sentido, a veces nos sorprendíamos llorando, o riendo o gritando. El texto provocaba en todos nosotros desde el principio reacciones muy diversas casi incontrolables.

¿De qué manera os enfrentáis vosotros a esas primeras lecturas de la obra? No solo como actores, sino como seres humanos.
Como actores no juzgamos lo que hacemos y decimos, defendemos hasta las últimas consecuencias cada palabra que sale de nuestra boca por terrible que pueda parecer: nadie piensa de sí mismo que sea mala persona. Pero, como seres humanos, quizá hemos entrado, cada uno a su manera, en diversos conflictos ya que a veces lo que nos escuchamos decir a nosotros mismos nos puede resultar despreciable.

Algunos actores dicen que les cuesta sacarse el personaje cuando termina la función, otros que lo hacen de manera inmediata porque de lo contrario se volverían locos. ¿Qué te sucede a ti?
Yo creo que hay que limpiarse en cuanto la función acaba y no entrar en esquizofrenias. Pero es indudable, sobre todo en el proceso de ensayos, que a veces arrastremos conflictos y emociones de los personajes porque los estamos trabajando desde nuestras propias emociones y nuestros propios conflictos. A veces el conflicto del personaje te hace plantearte tu propia vida. Todo eso hay que terminar colocándolo para no volverte loco pero no hay nada más bonito que un personaje termine transformándote.

El desgaste emocional de todos los actores, creo que, especialmente el de María Hervás, es brutal. ¿Cómo manejáis todas esas emociones?
Lo que hace María es realmente impresionante y habría que preguntarle a ella cómo lo gestiona. Pero ya te digo que para eso está todo el proceso de ensayos: para probar, conflictuarte, entrar en crisis, llorar, reír, volverte un poco loco. El teatro es el arte de repetir algo todos los días y hacerlo como si fuera la primera vez que ocurre y para eso están los ensayos. En las funciones uno ya sale a escena sabiendo perfectamente el viaje que va a realizar y solo queda hacerlo y, aunque, siempre puede haber sorpresas, estas surgen dentro de una partitura que hay que respetar. No cabe volverse loco: para eso ya tuviste los ensayos.

Hay una doble interpretación, por un lado, la de víctima y verdugos directos y por otra la de jueces, fiscal y defensa. La segunda parte me generó una repugnancia total. ¿Sentís que de alguna manera el público también tiene esa misma sensación?
Aquí cada uno te dice una cosa pero sí que es verdad que si hay un momento en que puedas empatizar con los procesados es en la primera parte. Después, entra en escena la verdadera jauría que podemos observar bien profunda y sistematizada en nuestra sociedad.

Me gustaría pensar que esta obra te lleva a cuestionarte y reflexionar y, realmente, me gustaría que viniera a verla todo ese sector de la sociedad que piensa que no tiene sentido hablar de feminismo y que cuestiona que debamos hablar de violencia de género.

Se están realizando representaciones especiales para institutos, una función básica en la educación sexual y bueno, en la educación general de los jóvenes, que parece que es bastante escasa. Prueba de ello son los casos tan terribles que vemos a diario en la televisión. Pero, quizá también deberíais comenzar a hacer funciones especiales para políticos y jueces. Parece que ellos también están necesitados de cierta educación y empatía…
Me gustaría pensar que esta obra te lleva a cuestionarte y reflexionar y, realmente, me gustaría que viniera a verla todo ese sector de la sociedad que piensa que no tiene sentido hablar de feminismo y que cuestiona que debamos hablar de violencia de género. Esta obra no sirve para juzgar a los cinco procesados de “la manada”, para eso ya están los jueces, sino como espejo que se coloca delante de uno mismo y en el que uno puede observar lo que comparte de esa cierta masculinidad tóxica que lleva a tratar a la mujer como un objeto y no como un igual. En ese espejo nos hemos tenido que ver todos los integrantes de Jauría y, ya te digo, nos ha llevado a cuestionar algunos de nuestros comportamientos a lo largo de nuestra vida.

Me ha costado encontrar alguna crítica negativa sobre Jauría, tanto que efectivamente no he visto ninguna. ¿Sois conscientes de que habéis marcado un antes y un después en la forma de hacer teatro documental en España?
En el momento que suceden las cosas cuesta tomar perspectiva pero solo con escuchar algunos comentarios de algunas y algunos adolescentes en el debate posterior a la obra, ha merecido la pena.

Te hemos visto en teatro haciendo papeles maravillosos, en televisión en series como La Sala tu personaje es de un poli duro y algo macarra, pero en el fondo con cierto grado de ternura. Eres un actor muy camaleónico. Pero he de reconocer que tenía miedo de cogerte manía después de verte en Jauría… La interpretación una vez más es excepcional. ¿Es de la que te sientes más orgulloso?
No. Estoy orgulloso de formar parte de este proyecto y de compartirlo con la gente que me rodea pero cada trabajo tiene su peculiaridad. De cada trabajo uno extrae algo precioso que solo ese personaje te da y no es posible la comparación. Por cierto, que me he quedado rallao: ¿me has cogido manía?

¡Por supuesto que no! Me provoca dolor y repugnancia, pero solo el personaje y la persona real. El actor, como cada uno de vosotros, solo me puede provocar admiración. ¿Qué sientes, como persona y como actor, por tus personajes?
Ya te digo que cada uno te aporta algo y a cada uno le cedes algo de ti mismo. Creo que cada personaje hace que vayas muriendo un poquito porque algo de tu alma se va con él.

Una de las cuestiones que queda más clara en la obra, y probablemente una de las más duras es la manera en la que la víctima sufre por partida doble. Primero por lo que ha sufrido y después porque se la culpabiliza de los hechos…
Está claro que el derecho a la defensa es inalienable e indiscutible pero, en este caso, la forma en que procede la defensa es la de culpabilizar a la víctima y esto es posible porque en la sociedad seguimos manteniendo ciertas ideas en el inconsciente colectivo, y a veces no tan inconsciente. Hoy por hoy todavía se pueden escuchar cosas como: “¿Y para qué te quedas sola?”, “¿y por qué calientas si no quieres nada?”, “y para qué te emborrachas y te vas con cinco desconocidos?” o “si te violan tienes que estar hundida y deprimida, no cabe que te puedas ir a la playa o disfrutar de tus amigos”. Tenemos que luchar por una sociedad en la que no sea un peligro para una mujer comportarse como una persona completamente libre.

¿Qué sientes cuando ves la interpretación de María Hervás? No sé si se puede dar la confusión de ver en ella a la víctima cuando salís del teatro, porque en parte, también sufrirá como mujer lo que está interpretando.
En los ensayos costaba escucharla porque empatizábamos con ella. Ahora lo tenemos controlado y
nuestra línea de pensamiento del personaje no se ve perturbada por la de la persona: esto forma parte de nuestro trabajo.

A nivel personal eres una persona comprometida, especialmente con el tema de la inmigración que llega casi a diario a las costas españolas. Un hombre joven que además defiende el feminismo. ¿Qué le pasa a esta sociedad? ¿Por qué estamos entrando en un bucle en el que parece que nos hemos vacunado contra lo que le pasa al resto de nuestros “compañeros” de especie y nos da igual?
No lo sé. Ojalá tuviera la respuesta. Lo peor de todo es que empieza a proliferar un discurso de odio basado en otro discurso, el del miedo, que es difícil para mí de entender. A lo mejor ese discurso ya existía y cada vez da menos vergüenza expresarlo y eso me preocupa más todavía. Pero me consta que hay mucha gente comprometida y que trabaja por, lo que yo creo que es, un mundo mejor para todos y prefiero centrar ahí mi mirada y mi energía porque lo demás me parece un absurdo.

Defiendes el feminismo, que es un movimiento de deconstrucción. ¿Te ha cambiado en algo esta obra? ¿Te deconstruye?
Yo ya llevo un tiempo cuestionándome, pero la obra, definitivamente, te obliga a preguntarte “¿y qué tengo yo de manada?”

La impunidad, la incapacidad para ponerse en el lugar del otro, la doble culpa, la falta de empatía, las risas de los acusados, el golpeo constante de las preguntas de la defensa dirigidas siempre al: ¿pero en ningún momento dijiste que no? Es todo tan terrible y tan surrealista que si no fuese porque sabemos que es real, sería ciencia ficción…
Lo más terrible de todo es que todo se dijo, sí.

Es complicado explicarle a alguien que no puede dejar de ir al Kamikaze a ver esta obra, que resulta imprescindible, que debería ser obligatorio. ¿Cómo lo harías tú?
Creo que lo que he dicho hasta ahora debería ser suficiente para atraer a Jauría. Y si no es así solo puedo pensar: ¿qué le vamos a hacer? aunque sea lento y costoso. Solo sé que el cambio ha comenzado.