Texto de Reyes Muñoz

La belleza de una ciudad es el secreto de su éxito, pero más allá de edificios imponentes, historias milenarias o paisajes de ensueño, quien de verdad conforma su espíritu, son las personas que circulan por sus calles. Salzburgo es una ciudad vital, llena de sonidos, olores y sabores, y eso es lo que destaca sobre todo lo demás. Aunque se dice que nadie es imprescindible, no parece desmesurado creer que parte de su grandeza actual se la debe a un único hombre, Wolfgang Amadeus Mozart.

Enseguida notamos que su alma lo empapa todo, desde los nombres de los comercios, a los carteles de la calle, pasando por la gastronomía, las plazas, los bares… sin olvidar los músicos callejeros, que llegan desde todo el mundo a la ciudad con la esperanza de que algo de esa genialidad les impregne.

«Salzburgo siempre es bonita y uno siempre piensa que justo en este momento está más bonita que nunca.» Con esta frase definió el poeta austriaco Hermann Bahr al segundo reclamo turístico de Austria. Pese a todo, los que allí viven dicen que es mejor ir en cualquier época menos en la de la celebración del Festival de Verano, momento en el que la masiva afluencia de gente hace que sea una misión imposible visitar cualquier monumento.

La armonía de su casco antiguo, el enclave geográfico en el que se sitúa, demarcado por el río y por las montañas, fueron las principales razones de la UNESCO para incluirla en la lista de ciudades Patrimonio de la Humanidad en 1997. No obstante, pese a que la belleza ha hecho mucho por la ciudad, su principal embajador involuntario es Mozart, nacido allí en 1756.

Las tiendas, las plazas y los músicos callejeros, nos dicen que el alma de la ciudad está empapado de corcheas y semicorcheas. «Una de las visitas imprescindibles es a la casa natal de Mozart -nos dice Maria Harmer, responsable de prensa de la Oficina de Turismo Austriaco de Madrid-. Está situada en la calle de los gremios, llena de carteles de hierro forjado que anuncian que allí había zapateros, costureros, etcétera. Además, en 2006 celebraremos el 250 aniversario de su nacimiento, por lo que en breve será inaugurado un nuevo museo sobre el compositor en una casa en la que vivió durante algunos años».

Mozart es, por tanto, omnipresente. El ambiente estudiantil de la ciudad se debe al Mozarteum, donde van chavales de todas partes a formarse musicalmente. Podemos escuchar música tanto en la calle, como en un buen número de edificios históricos. Para los que lleven los dineros contados o no se atrevan a acudir a un concierto de ópera común, una alternativa light es el «Teatro de Marionetas», creado para los niños pero que ha acaparado la atención de todo tipo de personas. También es un placer visitar el Café Mozart que, a pesar de tener precios prohibitivos, los sábados se convierte en el principal núcleo de ocio de la ciudad.

El constante murmullo del río Salzach es otro de los sonidos de la ciudad. Con una bicicleta podremos llegar al Castillo de Hellbrum, «es un palacio del renacimiento -nos dice María-. El nombre significa «La fuente clara» aludiendo al agua y a la sal, principal fuente de riqueza de la ciudad y de los príncipes-archiduques, propietarios, tanto del castillo como de las minas.

En un funicular y con tiempo, podemos ir hasta la fortaleza de Hohensalzburg que es el castillo completamente conservado más grande de la Europa central. «Allí se escondían los sacerdotes cuando había gente en contra de ellos. Es imprescindible visitar las habitaciones de los príncipes-arzobispos y el museo, pero lo mejor es que, cuando uno sube, tiene la sensación de ver la ciudad y el río, y todo rodeado de montañas, que han impedido que la ciudad se extendiera territorialmente, consiguiendo que el centro permaneciera muy unido».

En el centro de la ciudad encontramos la Plaza de la Catedral, que está dominada por la catedral -obvio-. La construcción del templo se finalizó en 1655 y su base fue la antigua catedral de San Virgilio, semidestruida por un incendio. Las pinturas de la cúpula son una copia, dado que las originales se perdieron en un bombardeo de la Segunda Guerra Mundial. «La catedral de Salzburgo es espectacular y a los visitantes les gusta mucho el campanario, con un carillón».

De un arzobispo con muchos remilgos ante el voto de castidad nos habla el Palacio Mirabell, «el hombre convivía con una amiga con la cual tuvo ocho hijos. A ella la construyó este edificio para que fuera el más bonito de la ciudad. Hoy van muchas personas de todo el mundo para casarse ydisfrutar de las vistas de los jardines». Los protagonistas de esta historia fueron el arzobispo Wolf Dietrich y Salome Alt. En el interior es interesante ver la escalera barroca de los ángeles de Raphael Donner. No obstante, lo más curioso está fuera, donde descubriremos grupos de estatuas esculpidas según modelos de la mitología griega, el jardín de los enanos -con figuras de los susodichos-, el museo barroco, un laberinto y un teatro al aire libre.

Salzburgo es una ciudad que enamora. Junto a sus monumentos, a sus edificios, a sus puentes, el visitante se deja llevar por el latido de la gente. Allí no hacen falta mapas, ni guías… sólo ganas.