Texto de Daniel Pérez Corona
Fotografías de Ana Paula Hirama (CC) http://www.flickr.com/photos/anapaulahrm/

Hace ya mil años, dos sirenas hermanas se aventuraron a nadar por las gélidas aguas del Báltico con la idea de encontrar señales de vida humana. Una de ellas arribó a Gdansk, ciudad polaca en la que desemboca el río Vístula, pero una vez allí, su curiosidad la hizo navegar contracorriente. En cierto momento, Sawa, que así se llamaba la sirena, paró a descansar en un recodo del río, en lo que entonces era solo una aldea sin nombre. Y tanto le gustó aquel lugar que decidió quedarse allí a vivir. Pero un día, un ambicioso mercader reparó en ella y decidió capturarla para hacer fortuna. Los llantos de la sirena encarcelada fueron escuchados por un pescador: Wars, quien, junto a otros compañeros, rescató a la sirena. Sawa, como agradecimiento, juró que siempre que fuera necesario, defendería a sus liberadores armada con un escudo y una espada, y desde entonces la ciudad es conocida como Warsawa (Varsovia), en homenaje a los dos protagonistas de la leyenda.

La plaza mayor de Varsovia, conocida como Stare Miasto alberga una escultura dedicada a la sirena Sawa, convertida en símbolo de la ciudad. No es, sin embargo, lo único reseñable de este bello emplazamiento. Designada Patrimonio de la Humanidad en 1989 por la Unesco, el foro es una réplica perfecta del que fuera destruido a raíz del Alzamiento de 1944, durante la II Guerra Mundial. Los polacos se organizaron y mediante donaciones particulares volvieron a levantar la plaza, “ejemplo destacado de reconstrucción casi total de una secuencia histórica que se extiende desde el siglo xiii hasta el siglo xx”, en palabras de la organización de la ONU para la cultura. En ese corazón de Polonia destacan las construcciones altas y estrechas, pintadas de diferentes colores, que recuerdan a las típicas casas escandinavas.

Las vías aledañas a Stare Miasto son un continuo fluir de gente. Por un lado aquellos que regresan de la zona judía, y por otro los que llegan de Krakowskie Przedmiescie (suburbio de Cracovia), una majestuosa calle en la que se pueden contemplar numerosos edificios, monumentos e iglesias que dan buena cuenta del rico pasado aristocrático de la ciudad, y entre las que se puede citar la iglesia de la Asunción de la Virgen María y de San José, el instituto científico –con la estatua de Copérnico en la entrada–, el palacio Presidencial o la Universidad, todo ello unos metros antes del Castillo Real y la preciosa plaza que lo cobija, vecina a su vez a la catedral, que se erige como testigo privilegiado del paso de los visitantes por la capital polaca.

La historia reciente y Varsovia 

Varsovia no puede entenderse sin conocer su historia, marcada decisivamente por la II Guerra Mundial, en la que la ciudad, una vez conocida como “la París del Este”, perdió cerca del 80 por ciento de sus edificios. Los judíos polacos no se libraron de la demencia nazi, y el Gueto de Varsovia, el más grande de Europa establecido por la Alemania Nazi, pasó de 400.000 habitantes a 50.000 en sólo tres años. Algo que no aconteció sin la resistencia de aquellos héroes, que llevarían a cabo una de las primeras insurrecciones masivas contra la ocupación nazi, reflejada a la perfección en la conocida película El pianista.

Hoy en día una señal del emplazamiento del muro del gueto recuerda el horror acontecido allí para que jamás se olvide. Además, en el memorial de la Umschlagplatz se homenajea a los más de 300.000 judíos que partieron entre 1942 y 1943 desde la que fuera estación de tren hacia el campo de exterminio de Treblinka.

La contienda bélica siguió su curso y en enero de 1945 la ciudad fue liberada. Inmediatamente comenzó su reconstrucción, durante la cual se erigían los viejos edificios de una manera casi idéntica a la anterior, pero, al mismo tiempo, la arquitectura realista-funcional soviética inundaba la ciudad.

Un ejemplo de este estilo es el Palacio de la Cultura y la Ciencia, regalo de la URSS a Polonia (1952-1955). Originalmente conocido como el Palacio de Joseph Stalin de Cultura y Ciencia, sus 237 metros lo convierten en el edificio más alto de Polonia y el octavo de la Unión Europea. La controversia acompañó al rascacielos desde el principio, puesto que para el pueblo polaco representaba un símbolo de dominación soviética. Sin embargo, el paso del tiempo ha mitigado ese simbolismo negativo y en la actualidad se utiliza como centro de exposiciones y complejo de oficinas, además de como referencia para los turistas, ya que se ve desde cualquier punto de la ciudad. La iluminación de la que presume al caer la noche le otorga un encanto muy especial.

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También cabe hacer una mención especial al palacio de Wilanów, de estilo barroco y conocido popularmente como el Versalles polaco, por ser uno de los edificios históricos más impresionantes e importantes de Polonia. Es la estación final de la Ruta Real, que parte del Castillo Real en el barrio viejo.

En el capítulo de varsovianos ilustres podemos citar a la conocidísima Marie Curie, ganadora de dos Nobel por sus descubrimientos en el campo de la radiactividad. Su ciudad la rinde homenaje con un museo sobre su vida y obra emplazado en las inmediaciones de Stare Miasto. Por supuesto, Varsovia tampoco olvida al gran compositor Frédéric Chopin, que también cuenta con su propio museo, inaugurado hace escasamente un año con motivo del bicentenario de su nacimiento. Allí se conservan algunos recuerdos como el piano con el que compuso en sus últimos años o algunas de sus partituras.

Como colofón a este recorrido por Varsovia, puede resultar interesante al lector que haya logrado llegar hasta este punto –enhorabuena– saber algo sobre el ambiente nocturno de la urbe. Tres son mis recomendaciones: Teatr Capital, Mood y Lemon –en esta última la entrada es gratuita–. En todas ellas se pincha música house y tecno y los estudiantes son legión.

Cabe añadir a todo lo dicho que la opción de Varsovia resulta muy económica: un euro se cambia casi por cuatro zlotys, con lo que los gastos disminuyen de forma drástica. Podrás pasar unos días a cuerpo de rey, si quieres.

A propósito: algún curioso se preguntará qué fue de la otra sirena de la leyenda. Pues bien, a ese ávido lector le regalo el dato: consiguió llegar a las costas de Dinamarca, donde aún hoy permanece sentada en una roca a la entrada de Copenhage.

Ir a revista en “papel” ExPERPENTO abril 2011