CARACAS. Entre el cielo y el infierno


Texto de Anna Savelli
Fotografías Román Emin

Quedar fascinado o no querer volver son sensaciones que despiertan algunas ciudades. Caracas se debate entre amarla u odiarla, en saber disfrutar esta contradicción. Pobreza y riqueza, estrés desenfrenado y verdor paradisíaco, clásico y popular, merengue y techno. Un cóctel explosivo que merece la pena beber.

Como ir en coche de Madrid a Barcelona, Caracas estará en tus manos tras sólo ocho horas de viaje, pocas si de América se trata. Considerando que la mayoría de los destinos superan las diez, éste es el primer punto a favor para visitar la capital venezolana. El paisaje inunda la vista cuando luego de volar sobre el Océano Atlántico durante el aterrizaje. Un hueco se hace en el estómago al sentir que entre la montaña y el mar, no parece existir espacio para lo humano. Es sólo un espejismo, el primero de una ciudad que eleva a la máxima potencia sus contradicciones.

Subimos de la costa a la ciudad y entramos en el valle de Caracas. Imaginemos sumergirnos en un día laborable cualquiera (sin trabajar, claro está, porque hemos venido de descanso). Primero, despertarse a las 6:45 a.m. ¡Sí!, el sol ya está para calentarnos en agosto y en abril, la ciudad ya está despierta y nos está esperando. Lo mejor para comenzar la jornada es hacerlo con el estómago lleno. No puede faltar un buen desayuno, una arepa y un jugo de cambur (una masa de harina cocida en forma circular que puede estar rellena de los elementos más exóticos, como alubias negras, y un zumo de plátano). Se trata de toda una bomba calórica que nos prepara para patear la ciudad con energía.

Cojamos el metro de Caracas, uno de los baluartes de la ciudad. Nos bajamos en Capitolio y descubrimos el estilo arquitectónico colonial con aroma a independencia: uno de los principales atractivos es la plaza Simón Bolívar, que está rodeada por las alcaldías del municipio y de la zona metropolitana, la catedral y curiosamente una de las zonas comerciales de compra y venta de oro y de divisas por excelencia. A tan sólo unos pasos nos encontramos con la casa natal del libertador, un recorrido nos llevará a los años mozos de uno de los personajes más importantes de la historia de Sudamérica.

Podemos coger nuevamente el metro o las llamadas camioneticas. El metro es la opción más rápida y segura para continuar el camino. No obstante, si quieres hacer turismo de aventura súbete a una camionetica y grita tu parada en la zona que más te agrade, el problema es que posiblemente no sólo lo gritarás tú, también los demás compañeros de viaje. Después de todo, puede ser una experiencia que nos acerque a la amabilidad y el carácter bromista del caraqueño, si no están muy estresados.

Entre claxon y claxon nos dispondremos a disfrutar de un poco de arte. Así, la próxima parada será Bellas Artes. Estamos sumergidos en una de las zonas más congestionadas de la ciudad, donde el tocar la bocina es tan común que se usa hasta para insinuar un “te quiero” espontáneo. Aunque Caracas no sea conside-rada una urbe cultural, su actividad no pasa desapercibida. Es cierto que no se puede comparar con Brasil o Argentina pero el cliché de mujeres bonitas y petróleo no es lo único que representa a este país. Una visita imprescindible es el Museo de Arte Contemporáneo de Venezuela, aquí puedes admirar esculturas de Moore y Botero, lienzos de Léger, Matisse y Chagall y además una de las mayores colecciones de grabados de Picasso que hay en el extranjero.

Detrás del museo y andando unos 500 metros nos acercamos al Ateneo de Caracas y al Teatro Rajatabla, cuya compañía de danza y teatro cuenta con una trayectoria muy consolidada. Inmediatamente podemos apreciar el complejo cultural Teatro Teresa Carreño, que lleva el nombre de la más famosa de nuestras pianistas y es sede de la Orquesta Sinfónica Nacional Simón Bolívar, que forma parte del movimiento orquestal que ha representado a Venezuela en el exterior. Uno de los atractivos culturales más importante es el Festival Internacional de Teatro que suele celebrarse anualmente durante el mes de abril. Con todo ello, Caracas se suma un punto más.

Luego de disfrutar de una obra teatro, qué mejor ocasión para ir a cenar y luego tomarse unas cervecitas en alguna terraza como preparativo de la noche caraqueña. Podemos cenar en algún restaurante de la Castellana, en el este de la ciudad: posee una amplia variedad de locales internacionales, desde italianos hasta japoneses, reflejo de la inmigración que ha sido acogida por esta tierra, permítanme sumar otro punto por esto.

Si permanecemos por la zona o cerca de la conocida Plaza Altamira, fácil de identificar por el obelisco central, nos podemos tomar una birrita al aire libre o podemos optar por acudir a los centros comerciales, grandes monstruos urbanísticos que se han convertido en centro de ocio de la juventud.

¡Preparados para la noche! Uno de los lugares carac-terísticos para salir de marcha es Las Mercedes donde po-demos rumbeá (bailar) hasta el amanecer en las discotecas con ritmos caribeños y no tan caribeños. Si la marcha nos acompaña podemos desayu-nar otra arepa y disfrutar el día en la playa, que queda a media hora de Caracas. Otro punto para la ciudad, siempre que no haya atasco.

Y si el ratón (resaca) nos lo permite, no podemos decir que hemos estado en Caracas si no subimos al cerro Ávila, la montaña que separa la ciudad del mar. Podemos ir a pie por los hermosos caminos vegetales y con pequeñas cascadas improvisadas o subirnos al teleférico y disfrutar en la cúspide del paraje que nos impresionó al llegar. A un lado el valle y al otro el mar Caribe. Ya arriba podemos patinar sobre hielo, comer fresas con crema o una buena cachapa con queso è mano (una tortita de maíz molido con queso blanco)

Si de recuerdos se trata, comprar un chinchorro (hamaca) es una buena inversión que utilizaremos si queremos dejar Caracas e ir a la costa, para disfrutar de la manera más relajada de los paisajes que nos ofrecen las playas venezolanas.

Marcador final: Caracas es una ciudad para quedar fascinado, disfrutar de unas vacaciones incomparables y encontrar amigos entrañablemente divertidos.

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