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Texto de Raquel Carrillo
Imágenes [c] de Dominik Valvo cortesía del Teatro de la Abadía.
Más info en https://www.teatroabadia.com/espectaculo/caperucita-en-manhattan/
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Los caminos de Lucía Miranda y Caperucita en Manhattan siempre han discurrido paralelos.
Cuando leyó la novela, con 12 años, soñó con aventuras en Nueva York. Insistió a su madre para que la llevara a la Feria del Libro, desde Valladolid. Quería que le firmara su ejemplar Carmen Martín Gaite. Aún recuerda la honda impresión de libertad que le causó la autora.
¡Y se produjo el primer «Miranfú»!, la palabra mágica de la novela cuando acontece una sorpresa. Consiguió una beca para volar a Manhattan. Allí, hubo un segundo «Miranfú»: el destino quiso que diera clases de español en la misma Universidad que la autora, el Vassar College. Pero aquí no acaban los «miranfúes»
Un día, mientras charlaba con sus alumnos de la novela, se dio cuenta de que una de ellas sabía demasiado sobre Caperucita en Manhattan. Lucía le preguntó, ¿y tú cómo sabes tantas cosas? Ella le contestó orgullosa: “Es que yo soy Sara Allen”. La misma Sara Allen que le inspiró a Gaite en su aventura. La hija de la traductora de Carmen en Estados Unidos.
Así que Lucía siguió la línea de puntos, al igual que Sara Allen sigue el mapa de las alcantarillas.
«Me impresionó mucho Carmen cuando me firmó Caperucita en Manhattan. Tenía ya el pelo blanco, lo tenía recogido con una horquilla de colores a un lado, la típica horquilla de niña. Llevaba una camiseta que no sé si era de Snoopy o de Mafalda. Me impresionó mucho ver a una mujer mayor con esa vestimenta que podía llevar una niña de 8 años, y que la quedaba estupenda. En homenaje a aquel encuentro, yo elegí una horquilla parecida para hacerme las fotos de promoción de la obra».
«En las contraportadas de sus libros, hay una en la que sale en un tío vivo, otra en una cascada con los brazos abiertos, otra agarrada a un paraguas como Mary Poppins cuando va a salir volando… hay algo de la imagen de Carmen que ha sido muy inspiradora, porque se salió del canon de autor serio, vestido de gris. Y lo digo en masculino. Creo que eso fue un gran aprendizaje. El pensar, «Esta señora tiene estas colas en la feria del libro, viste así en, las contraportadas de sus libros, va como la da la gana… pues las demás también podemos».
Sara Allen existe
«La Sara Allen real era la hija de la traductora de Martín Gaite en Estados Unidos. Se hicieron amigas y Carmen pasaba temporadas en su casa. Cuando yo la conocí, seguía manteniendo esa mirada infantil. Recuerdo que tenía pequitas y era muy despierta».
Me muero por preguntarte cómo es la Sara Allen real… ¿Se parece a la de la historia?
Pues mira, la Sara Allen que conocí tenía veinte años, estaba en mi clase de español. Yo era muy jovencita, tenía como veintidós o veintitres años, y ella tenía veinte. O sea que nos hicimos amigas realmente. Y era una chica, muy despierta, muy lista. Eso lo comparte con el personaje. Pero claro, como lo respondona o lo beligerante que es la Sara niña de Gaite… porque yo ya conocí a una mujer muy amable y simpática. Con pecas. Morena, pero con pequitas… Sí que seguía manteniendo esa mirada infantil…

Se inspiró en ella, ¿no?
Era la hija de Joan Brown, que es una investigadora estadounidense especializada en Carmen Martín Gaite, se hicieron muy amigas. Y Carmen debía de pasar temporadas en casa de Joan cuando estaba en Nueva York. Y entonces pasaba tiempo con Sara. Necesitaba un nombre para el personaje, y al convivir con aquella Sara de ocho años decidió ponerle su nombre. Creo que adoptó su nombre por ser la niña que en aquel momento tenía cerca.
¿Y cómo te lo dijo? He leído que ella en una clase te dijo «Yo soy Sara Allen».
Sí, estábamos en clase y no sé cómo, nos pusimos a hablar de Martín Gaite. Caperucita en Manhattan es una lectura muy asequible para gente que está aprendiendo español, y Sara contó cosas que no estaban en la novela. Entonces yo la pregunté, «¿tú cómo sabes esto?, ¿dónde lo has leído?» y me dijo, «Es que yo soy Sara, soy Sara Allen». «¿Cómo que tú eres Sara Allen?».
O sea, yo leí esta novela cuando tenía doce años, soy de Valladolid. ¿Qué probabilidad hay de que una chica de provincias como yo acabe en una universidad de élite como es Vassar College? ¿Y de que sea en la que estuvo también Carmen Martín Gaite? Eso ya es una cosa muy particular, y cuántas probabilidades hay de que en la clase que estoy esté la chica que le dio nombre a la niña, ¿no?
Y entonces ya me contó que su madre era investigadora de Carmen Martín Gaite. Que había conocido mucho a Carmen. Me presentó a su madre en un viaje que hicieron a España… fue como cuando sientes que la ficción que has mamado desde cría, se mete en tu realidad.
Sí que hay algo muy novelesco, diría Gaite, de sentir que estaba predestinada a hacer esto. De decir: yo tengo que hacer esto porque amo esta novela, es la novela que me llevó hasta a Nueva York. Fue la novela que me inyectó Nueva York y mis ganas de vivir allí.
Carmen habla mucho de las conexiones significativas en sus ensayos, habla mucho de cómo unos autores bebemos de otros, y de cómo unos autores van dejando pistas a otros. Además Carmen empezó a escribir Caperucita en Manhattan en Vassar College, porque fue la universidad a la que acudió nada más morir su hija Marta.
Es como una carambola. Amo esta novela, amo Nueva York, me parece que es de justicia poética hacer una versión. Siento que hubo una conexión significativa.
Peterpanes, Alicias y Caperucitas
¿Cómo surgió la producción con el Teatro de La Abadía? ¿Tú les propusiste a ellos o la adaptaste primero, o ellos fueron a ti?
Yo tengo la mala costumbre de no sentarme a escribir si no sé que se va a poner en escena. Soy dramaturga para dirigir. Hay otros compañeros que escriben por el placer de escribir. Para mí el mayor placer es estar en una sala de ensayo con un equipo. Cuando ya sé que eso va a ser posible, me siento a escribir sabiendo quién va a ser quién, quién va a ser qué. Escribo muy ad hoc.
Fue a la salida de mi montaje de La cabeza del dragón, que vino Juan Mayorga. Le gustó mucho y me dijo, «¿Qué te gustaría hacer?, ¿en qué estás pensando para lo siguiente?». Y le dije, «Pues me gustaría hacer Caperucita en Manhattan. Ya que he abierto la veda con obras infantiles de grandes autores que escriben para niños, me gustaría seguir esa línea, y adaptar Caperucita en Manhattan y que se llene de adultos». Y entonces Juan me dijo, «Pues eso hay que hacerlo en La Abadía». Y así empezó.
Qué guay.
Sí, sí. Fue bonito.
«Entiendo que una profesión que paga las facturas de jugar, no debería abandonar a los mayores expertos en el juego del mundo, que son los niños».
En tu trayectoria observamos que hay peterpanes, hay alicias… encontramos La cabeza del dragón, ahora Caperucita… hay un interés de acercar el mundo juvenil al mundo adulto. También has puesto en marcha el proyecto de los Nuevos Dramáticos en el CDN, el proyecto Yo Cuento, de teatro para niños en el Hospital del Niño Jesús… ¿De dónde viene ese impulso?
Yo creo que es que nunca he separado el mundo infantil del mundo adulto. No me hice mayor y dejé de leer literatura infantil o juvenil. Con doce años leía Malena es un nombre de tango, leía El guardián entre el centeno, y leía Caperucita en Manhattan.
Creo que hubo un momento donde mis lecturas se fueron mezclando, y no las abandoné, porque nunca me parecieron menos serias o interesantes. Ha sido siempre un proceso muy natural, y para mí el teatro es juego. Mis espectáculos son superjugones y entonces, ¿quién sabe en este mundo de jugar? ¿Quién son los expertos en jugar? Los niños.
Entiendo que una profesión que paga las facturas de jugar, no debería abandonar a los mayores expertos en el juego del mundo, que son los niños. Y creo que la profesión teatral ahí tiene una gran deuda, porque nosotros bebemos del juego. Vamos a clase a que nos enseñen a jugar, a que nos recuerden cómo se jugaba. Y, sin embargo, las producciones con menores presupuestos son las familiares y se hacen en sala pequeña y nunca en sala grande.
Pocos grandes autores considerados por la crítica escriben o dirigen para público juvenil. Hay un capítulo que en la profesión que nos hemos perdido. Los ingleses, por ejemplo, no. Ellos tienen grandes directores que conviven en ambas secciones, y el teatro familiar recibe otro tipo de recursos. Pero aquí no.
Entonces, como que me sale natural, no me cabe en la cabeza no hacerlo. En realidad, en España hay mucho teatro familiar, y muy interesante, pero está muy disociado y con pocos recursos.
Sí, se entiende como una categoría inferior.
Igual que dar clase, ¿no? Da clase quien no consigue vivir de dirigir. Entonces, cuando yo digo «no, no, es que este semestre voy a dar clase», porque estoy cansada de dirigir, y quiero dar clase y porque me gusta dar clase… parece que bajas de estatus.
Ahí engancho muy bien con Martín Gaite, que dice, «A mí qué me apetece hacer esto». Pues yo voy a hacer esto, chica, y si al canon no le parece tan interesante, al menos, cuando me muera sabré que he hecho lo que me ha apetecido.

Nueva York a escena
La obra es bastante fiel a la novela. ¿Qué ha sido lo más difícil de adaptar?
Muchas cosas. Primero, cargarme personajes. Cuando hice el análisis de personajes de la novela, no sé cuántos salían, pero eran un montón. Eso ha sido un quebradero de cabeza. Lo segundo, pensar en cómo generar Nueva York en escena y reproducir ese follón con cinco actores.
Realmente es un músico y cuatro actrices. Ahí Anna Tusell, en vestuario, caracterización y demás, ha hecho un gran trabajo, porque hay un meneo de pelucas y de cambios de ropa impresionante. Y es una novela muy cinematográfica. Yo veo Nueva York, veo Central Park. Entonces, hubo un momento donde con Alessio Meloni (escenógrafo) dijimos, «Vamos a no pensar en grande, vamos a pensar en pequeño. No puedo traer el cine, no puedo traer la inmensidad de Nueva York a un escenario. Vamos a ver cómo hacemos de esto, un juego más, un juguete más». Y también hubo que hacer una adaptación de los espacios. Yo creo que han sido las dos cosas más difíciles, más que la trama.
Esas enormes lavadoras en escena son muy visuales. Hay algo muy neoyorquino en las lavanderías…
Puse las lavanderías porque buscaba un espacio neutro. Me pregunté, «¿en qué lugar todos estos personajes podrían encontrarse?». Realmente se podrían encontrar una lavandería, porque allí van ricos y van pobres. Va gente muy diversa. Vas a pasar allí las dos horas.
También pensaba que Sara Allen es para mí una especie de Alicia contemporánea. Sara se mete en la ranura y entra por una alcantarilla. Hay un concepto con Sara entrando y saliendo por las alcantarillas, parecido al de los túneles de Alicia. Me dije: «¿Cuál sería mi agujero?, ¿cuál sería mi árbol urbano?». Y se me ocurrió que lo de la lavadora. Sara podría meter la moneda en una lavadora y meterse por ese mundo loco de alcantarillas, que le llevan hasta la Estatua de la Libertad. Entonces fue un poco como esa traslación.
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Carolina Yuste
¿Cómo llegó la elección de Carolina Yuste como Sara Allen?
Pues mira, fue una suerte, porque llamé a Carol pensando que me iba a decir que no. Acababa de estrenar La infiltrada, o la iba a sacar en el momento en el que la llamé. La llamé tarde, o sea, yo presenté temporada sin actriz protagonista. Y yo quería a Carol y no la había llamado porque pensaba que iba a estar ocupada.
Esa es una cosa que hacemos a veces muy mal los directores: no llamamos a alguien en quien tenemos mucho interés, porque pensamos que nos va a decir que no. ¡Ya te dirá él o ella que no! ¡No dejes tú de llamar, ¿no?!
La llamé a través de amigos comunes, y me dijo, «Pues estoy libre los meses que me propones, y me apetece mucho hacer teatro. Leí la novela de chavala». Y yo pensé: «Pues qué suerte la mía». O sea, fue fácil e inesperado.
Yo tenía claro que no quería una Sara Allen rubia y divina. No quería una Sara Allen normativa, en el sentido de lo que imaginamos que es una Caperucita. Sara Allen para mí es muy contestona, y Carol es una tía de armas tomar. Yo la había visto en una película que me había gustado mucho, donde hacía de Amy Winehouse. Era una peli de Secun de la Rosa (El Cover), y me emocionó muchísimo. Hace un personaje muy tierno. Fue ahí cuando la vi como Sara Allen.
Se la conoce por papeles más duros. Pero yo la vi en ese papel y pensé que una actriz que tuviera esa capacidad para emocionar y que también pueda dar una coz de vez en cuando, era una buena Sara Allen. Aparte de que Carol baila, canta y trepa. Es maravillosa. Carol está esta temporada, hasta el 21 de Diciembre. Nos ha regalado un año, y a partir de esa fecha entra Mar Calvo a hacer el papel de Sara Allen.

Carmen y su hija
¿Qué has descubierto de Caperucita en Manhattan en el proceso de adaptación?
Cuando me puse a estudiar por qué Carmen había escrito esta obra, descubrí que Caperucita en Manhattan es una obra de duelo. Es una obra de una madre despidiéndose de una hija, y es una obra que dice que hay que seguir viviendo, de seguir viviendo por mi hija, porque no la gustaría verme derrotada, la gustaría verme feliz y ver todo lo que he construido. Como escritora sigue hacia adelante. Para mí, mi mayor descubrimiento ha sido Carmen como persona. Cómo fue capaz de usar la ficción y de ponerla al servicio de su duelo.
Existen varias lecturas de Caperucita en Manhattan. Dicen que Carmen le quiso inventar a su hija esta historia sobre la búsqueda de la libertad. El final es bastante abierto, da lugar a segundas lecturas. Quizá es un final un poco inquietante, aunque hay gente que lo ve más luminoso. ¿Tú qué opinas?
Para mí es inquietante. Ahora tengo una niña de cinco años, e imaginar que el final de su historia es que mete una moneda, grita «miranfú» y la absorbe la libertad… ¿Hacia dónde va eso? Como madre, sí es inquietante. Como niña es una aventura. Yo creo que en la adaptación que he hecho sigue teniendo un final abierto, y gira más hacia lo inquietante. Para mí claramente está llevándote a un sitio que tú eliges.
«Caperucita en Manhattan es una obra de duelo. Es una obra de una madre despidiéndose de una hija».
Hablando de «miranfú», que es la palabra mágica que se utiliza en la novela, ¿qué es «miranfú» para ti?
Creo que tiene mucho que ver con la vida de Carmen. En la novela «miranfú» significa que va a pasar algo diferente. Creo que tiene que ver con los momentos en la vida en los que intuyes que va a haber un cambio, que va a suceder algo. Ese algo puede ser bueno, o puede ser malo. Se ve en la novela. Cuando Sara se despierta de una pesadilla dice: «miranfú, miranfú, pobre miranfú», porque eso que iba a pasar diferente, no pasa. Y hay otras veces que el «miranfú» es «¡vamos!». Para mí tiene mucho de «¡vamos!», de eso que dice Miss Lunatic: «ante el miedo de una nueva aventura, hay un miedo por abandonar la anterior. Plántale cara a ese miedo».
Muchas veces, no nos atrevemos a vivir la siguiente aventura porque nos da miedo decir adiós a lo que ya conocemos. Carmen aquí da un paso al frente, como lo hizo en toda su biografía. Plantaba cara a ese miedo, porque es la única manera de superarlo.
La magia continúa
¿Se ha puesto contigo en contacto alguien de la familia o del entorno de Carmen?
Hemos trabajado con la Fundación. Los derechos los tiene la Fundación Martín Gaite. Hemos ido a visitar la casa de Carmen en El Boalo, las actrices y yo. Y la gente de la Fundación ha venido al estreno, estaban muy emocionados.
Sí que recibí un mensaje bonito, un poco mágico, de una persona por Instagram. El perfil no tiene nombre propio, solo tiene una foto con flores. Me dijo que era amiga íntima de Carmen y que le había gustado mucho, que tenía que estar muy orgullosa. Me dijo que si Carmen la hubiera visto se hubiera reído mucho, y también se hubiera emocionado. Que estaría muy orgullosa de la gamberrada que había hecho.
Como ella no se presentó, no indagué más. Yo tengo mis imaginaciones de quién es, conociendo un poco la vida de Carmen. Me decía que había conocido mucho a Carmen, y a su hija también.
La perfecta Miss Lunatic
Si tuvieras ahora mismo a Carmen delante, ¿qué le dirías después de todos estos viajes que te has hecho por su imaginario?
Si Carmen hubiera estado viva, me hubiera gustado que interpretara a Miss Lunatic. Carmen siempre quiso ser actriz, lo cuenta en sus Cuadernos de todo en varias ocasiones.
Dice que no se atrevió, cuando iba a ver los ensayos de Francisco Nieva, se iba a casa asustada diciendo, «No puedo volver, porque si no voy a cambiar de profesión.»
Caperucita en Manhattan se repone esta temporada en el Teatro de la Abadía, desde el 13 de Diciembre hasta el 9 de Enero.
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