Texto de Reyes Muñoz
La directora Josefina Molina ocupa un lugar fundamental en la historia del cine y la televisión española. Fue una de las primeras mujeres que logró consolidarse como directora profesional en un ámbito dominado casi por completo por hombres y, además, la primera mujer que se graduó en dirección en la Escuela Oficial de Cinematografía en 1969. Su trayectoria contribuyó a abrir camino a muchas cineastas posteriores y a demostrar que las mujeres podían ocupar un papel central en la creación audiovisual.
En cine, una de sus obras más representativas es Función de noche (1981), un experimento cinematográfico en el que mezclaba realidad y ficción para explorar la identidad, la memoria y la experiencia femenina en plena transición y tras la dictadura franquista. En otro momento hablaremos de esta película, una de las más relevantes de la historia de nuestro cine en cuanto a mensaje feminista, innovación formal y exploración social. Esquilache (1989), por su parte, es una película histórica que adapta libremente la obra de Antonio Buero Vallejo. Con esta película, Josefina Molina contribuyó a consolidar el cine histórico español de finales del siglo XX como herramienta para entender el presente.
De qué va: el contexto histórico
La España del siglo XVIII es un país que intenta modernizarse bajo el impulso del reformismo ilustrado de Carlos III. Una se pone a buscar información en torno al contexto histórico en el que desarrolló su labor Esquilache, y en todas las épocas de crisis algún estudioso se acuerda del ministro italiano, la Ilustración, el despotismo ilustrado, la obra de teatro de Buero Vallejo y la película de Josefina Molina. Se puede concluir que las crisis sociales no han llegado por ahogamiento de la ciudadanía, sino por la desconexión entre el pueblo y los poderes, y el azuzamiento de gente interesada en sociedades profundamente desiguales.
Leopoldo de Gregorio, Marqués de Esquilache, fue un ministro italiano al servicio de Carlos III. Impulsó una serie de reformas para modernizar España, especialmente Madrid. Para mejorar la seguridad, reorganizó la policía, mejoró la iluminación con farolas y prohibió los sombreros de ala ancha —que podían esconder los rostros— y las capas largas —bajo las cuales se guardaban armas—, impulsó la limpieza y la pavimentación de las vías urbanas y prohibió el «agua va» (tirar la basura, pis y cacas por la ventana). Para recaudar impuestos, importó de Italia la lotería pública y, para garantizar el abastecimiento de alimentos, liberalizó el comercio de grano. Todas estas reformas tenían como objetivo modernizar la ciudad, aumentar el orden público y fortalecer la eficiencia del Estado, siguiendo las ideas del reformismo ilustrado que buscaban transformar España en un país más seguro, organizado y próspero.
La historiografía moderna ha subrayado que el Motín de Esquilache no puede entenderse únicamente como una protesta espontánea del pueblo, sino como un episodio donde confluyeron crisis económica, tensiones sociales y luchas de poder dentro de la corte. Historiadores como el hispanista francés Pierre Vilar han interpretado el conflicto como parte del choque entre reformas ilustradas y estructuras sociales tradicionales. Desde esta perspectiva, el episodio puede resonar también con debates actuales: las dificultades para aplicar reformas profundas, la distancia entre gobernantes y ciudadanía o el uso del descontento social en las luchas políticas.
¿Cómo lo cuenta Josefina Molina?
La película comienza en Madrid en 1766, cuando el motín ya está ocurriendo. Esquilache viaja en una carroza por una ciudad de pesadilla. La gente grita contra él y contra el gobierno. Se suceden los actos vandálicos. El protagonista, encarnado por Fernando Fernán Gómez, ve la violencia en las calles y no entiende cómo la situación ha llegado hasta ese punto. El ministro comienza a recordar todo lo que ha pasado antes del motín. A partir de aquí, la película cuenta la historia mediante flashbacks.
En Un soñador para un pueblo, la obra de Buero Vallejo, el foco se posa exclusivamente en Esquilache y en su conflicto con el rey, las élites y el pueblo. Josefina Molina introduce a Fernanda —interpretada por Ángela Molina—, una joven que representa al pueblo. Entre ambos, el guion establece una relación de amor —no romántico, sino paternal— y, a través de la acción, el marqués le explica a su criada la frustración de haber intentado hacer lo mejor para el pueblo, y Fernanda explica los motivos que han llevado a la ciudadanía al motín. Esquilache aparece como un político convencido de que el progreso y la modernización son necesarios para el país, mientras que Fernanda encarna la mirada del pueblo que vive las consecuencias de esas reformas. Por tanto, su relación funciona como un vínculo simbólico que representa el encuentro y el desencuentro entre las ideas ilustradas de reforma y la realidad social del pueblo.
La película sugiere que el motín no fue simplemente una reacción popular, sino que estuvo influido por sectores poderosos —parte de la nobleza y grupos vinculados a los jesuitas— que veían amenazados sus privilegios por las reformas ilustradas. Según esta interpretación, esos grupos habrían canalizado el malestar social para frenar cambios que, al menos en principio, pretendían modernizar el país.
La película
Esquilache no fue un gran éxito comercial pero ha sido valorada con el tiempo como una obra significativa dentro del cine histórico español. La película consolidó el prestigio de Josefina Molina como una directora capaz de abordar grandes temas históricos con una mirada crítica, personal y cercana. Esquilache se convirtió en material escolar para una generación. Nos la ponían en la clase de Historia para entender la España de la segunda mitad del siglo XVIII, a caballo entre el Antiguo Régimen y las ideas de la Ilustración: confianza en la razón, la ciencia y el conocimiento como herramientas para entender y mejorar el mundo.
Aquí nos hemos centrado en los papeles de Fernando Fernán Gómez y Ángela Molina, pero es una película extremadamente eficaz en el uso simbólico de los personajes.
José Luis López Vázquez interpreta a Antonio Campos, el secretario de Esquilache y hombre de confianza. Su papel sirve para explicar las decisiones del ministro y mostrar la burocracia de la administración. Actúa como enlace entre Esquilache y el resto del aparato del Estado y nos ayuda a comprender la complejidad de las reformas y la oposición interna. Ángel de Andrés como Marqués de la Ensenada y Alberto Closas como Duque de Villasanta representan a los miembros de la corte y la nobleza con intereses propios. Sus personajes encarnan la resistencia de las élites frente a los cambios ilustrados y ayudan a contextualizar la manipulación de la opinión pública que llevó al motín. Simbolizan los privilegios que se sienten amenazados por las reformas, contribuyendo a la narrativa de oposición al ministro.
Adolfo Marsillach es Carlos III, que debe equilibrar las reformas de su ministro con la presión de la nobleza y el pueblo. Su papel muestra los límites del poder real frente a la resistencia social y política. Amparo Rivelles es Isabel de Farnesio, la reina, que ayuda a mostrar la dinámica interna del palacio y las tensiones de la familia real con Esquilache.
Más información:
«‘Esquilache’ de Josefina Molina con Fernando Fernán Gómez»: https://www.rtve.es/play/audios/una-historia-de-cine/historia-cine-esquilache-12-04-18/4562634/




