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Texto de Diana Rey
Foto [c] de Carla Maro cortesía de La Abadía
Teatro La Abadía: https://www.teatroabadia.com/
Isabelle Stoffel y Juan Ceacero presentan en La Abadía Una forma de vida, adaptación teatral de la novela de Amélie Nothomb. El encuentro entre ambos artistas da lugar a una pieza que reflexiona sobre el cuerpo, los procesos de creación y la relación con el otro. A partir de ahí, la obra plantea una mirada directa sobre la idea de monstruosidad, entendida como una experiencia cercana y compartida.
Una carta desde la guerra
«La obra empieza con una carta de un soldado norteamericano a la propia Amélie Nothomb, la escritora belga, donde le cuenta que él necesita un poco de comprensión, que lleva seis años destinado en Bagdad y que está sufriendo como un perro, y Amélie primero se pregunta ‘esto es una broma, porque habrá una censura militar, ¿no?’ Luego examina el sobre, parece ser verdad, y se empieza a preguntar ‘¿por qué se dirige a mí a este hombre? ¿Sabe quién soy?’ Y como esta escritora realmente contesta todas las cartas que recibe, es una característica suya, se dice ‘vale, no me voy a poder ocupar del sufrimiento de un soldado americano, así que le voy a enviar mis libros traducidos al inglés’. Un poco casi despachándolo».
El cuerpo como campo de batalla
«El soldado le dice que ha leído todos sus libros, y comienzan una relación epistolar. Es un soldado obeso. (…) La escritora entra en lo que el soldado le cuenta, porque la propia Amélie tuvo también problemas alimenticios en su juventud, sufrió anorexia. En esta historia el cuerpo es el gran protagonista. El cuerpo como protagonista de una historia de dos personas que no se ven físicamente. Pero con lo que se cuentan sí tienen una relación, yo diría que casi casi íntima».
«No solo es la relación entre ellos dos, la propia Amélie es la creadora del personaje, del monstruo que se crea, de un soldado que pesa ciento ochenta kilos, que tiene chispa, una ironía exquisita a la hora de explicarse. Él considera que su gordura es casi un acto de sabotaje, porque ya no cabe en los carros de combate. Entonces, a través de la escritura, él hace de su obesidad una cuestión artística, política».
Relacionarse con el otro
«Leí el libro hace diez años. Me encantó, me fascinó. Hay un saber decir, un saber nombrar, una precisión con las palabras y una ironía; que me atrapó. Hay una reflexión casi filosófica sobre lo que es relacionarse con el otro, el otro es distinto a mí. Hay una relación filosófica sobre los problemas que trae relacionarse con el otro, con las alegrías, la fascinación, la atracción hacia alguien tan distinto, con las barreras también. ¿Dónde están mis propios límites?».
Crear para existir
«Amélie Nothomb se levanta todos los días a las cuatro de la mañana y escribe hasta las ocho, con una disciplina infalible. Publica un libro cada año y escribe tres. Es su manera de existir. La obra se llama Una forma de vida: mezcla su necesidad de crear con lo que está contando. Es casi un poco como si ella fuese Mary Shelley, el doctor Frankenstein y el monstruo a la vez. O sea, como la escritora que se está creando su monstruo, pero luego hay un momento en que el monstruo cobra vida autónoma, casi se le escapa de las manos. Ya no es todo controlable. Cuando creamos con toda la conciencia, nos ponemos manos a la hora, pero luego hay un momento que también la cosa que tú creas cobra vida, y se infiltra ahí la vida y no todo es controlable».
Una frase de la obra como brújula
«Las personas son como países. Resulta maravilloso que haya tantas y que la perpetua deriva de los continentes propicia que se encuentran islas tan nuevas. Pero si esa tectónica de placas lleva un territorio desconocido hasta tu orilla, la hostilidad aparece de inmediato. Solo quedan dos soluciones, la guerra o la diplomacia. Tengo tendencia a inclinarme a esta última».
«Pues esto es algo que sí que es un apartado que describe algo de la problemática que aparece en la obra, a la hora de acercarse a otro tan distinto que fascina tanto, pero que en un momento no sabes ni cómo relacionarte con él».
Lo que queda en el espectador
«Me encantaría que cuando el público salga de la obra no sepa muy bien si lo han soñado o si ocurrió de verdad. Esa es la sensación que quisiera provocar. ¿No? Que entras en un mundo en un mundo con sus propias reglas que tiene algo onírico, y a la vez lo que se disputa ahí es absolutamente existencial».
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