[Rompientes: «La huida»] con Fernando Guallar


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Entrevista de Reyes Muñoz de la Sierra
Fotografía [c] Javier Naval cortesía del Teatro de La Abadía [Madrid]

Hasta el 22 de marzo en el Teatro de La Abadía [Madrid]

Continúa aquí: [Rompientes: «Pleamar»] entrevista con Rebeca Hernando

La obra Rompientes, escrita por Paul Verrept, reúne por primera vez los monólogos «Pleamar» y «La huida» en un mismo escenario. El punto de partida es un acontecimiento brutal: el naufragio de un grupo de refugiados. Ese suceso irrumpe en la vida de una pareja que vive frente al mar y abre una grieta emocional que transforma su relación.

¿Qué ocurre cuando el dolor ajeno nos interpela directamente? ¿Es posible vivir conectado a esa tragedia sin quedar paralizado? La pieza explora las distintas maneras de reaccionar ante lo insoportable: la implicación, la huida, la necesidad de tomar distancia o el intento de comprender.

Dirigida por José María Esbec, Rompientes propone un teatro que incomoda y obliga a mirar de frente. El actor Fernando Guallar da voz a «La huida», el monólogo que completa el díptico de Paul Verrept. Su personaje encarna la reacción más incómoda ante la tragedia: la de quien no encuentra recursos para responder y opta por apartarse. En su interpretación, la huida no es tanto una renuncia como un intento desesperado de procesar lo insoportable. Ese viaje interior —hecho de dudas, culpa y necesidad de distancia— convierte al personaje en un espejo incómodo para el espectador, que desborda cualquier certidumbre moral.

La historia explica un drama social que se transforma en drama particular. Hay un naufragio de un grupo de refugiados y es una metáfora de la ruptura de una pareja. ¿Cómo se genera el diálogo entre los dos planos?

Al final, lo que hay es un acontecimiento, que en este caso es la llegada de los cadáveres a la playa. Esta pareja se relaciona con algo que al principio es muy impactante. Luego van entrando en la resiliencia de vivir donde viven, de, bueno, de, como quien dice, acostumbrarse a vivir donde viven. Eso los va modificando en el día a día, casi sin darse cuenta. Van percibiendo cosas, van teniendo problemas de comunicación entre ellos; y al final, cada uno gestiona el suceso a su manera. Y ahí es donde entran en conflicto desde un lugar muy antagónico, pero muy humano en ambos casos.

Me ha parecido entender que tu personaje es el que queda peor parado en el retrato universal, ¿no? No sé qué sacas de positivo de él para ponerlo sobre las tablas, para defenderlo.

Si hubiera una manera correcta de enfrentar la situación, sí, es quien queda peor parado. Pero a mí me está pareciendo muy bonito entenderle. No sé, tenemos que entender que muchas veces queremos reaccionar de una manera, pero no sabemos hacerlo y que quizás es más honesto ser quien eres.

La parte del monólogo de mi personaje se llama «La huida». Huye porque no tiene los recursos. Se deja llevar por una inercia que le dice que se vaya, que no sabe, que no puede… Entonces, recurre a un viaje personal. Se toma un tiempo, que yo creo que es algo que de primeras puede ser muy criticado, pero a veces, quizás, esa digestión sea necesaria para abarcar un tema tan, tan peliagudo y tan, tan intenso como este.

Parece que la estructura exige que Rebeca y tú estéis en islas diferentes. El cartel lo refleja. Entre vosotros ha de haber frialdad total. ¿Cómo se lleva esto en los ensayos?

La sensación es interesante porque tenemos que querernos para separarnos, tenemos que entendernos para entender el dolor que nos causa esto como pareja, ¿no? Entonces es verdad que son dos piezas diferentes, y de hecho es la primera vez que se van a hacer las dos a la vez. El dramaturgo primero escribió la parte de ella, para luego darse cuenta de que había otra voz que merecía ser contada.

Así que sí es interesante esa pregunta. Es interesante pensar en cómo hemos ensayado, ¿no? Al principio, para encontrar una unión, un nexo, para querernos, estuvimos juntos. Y luego, cada uno siguió con lo suyo. Ahora nos metemos en una fase final de ensayos, en la que van a converger las dos historias porque estamos todo el rato los dos en el escenario.

«Mirando de perfil colaboramos en la creación de estos monstruos».

El autor dijo que no es una obra woke… No sé qué significa esto.

Yo tampoco. Woke me parece un término horroroso. No sé si lo woke es poner el foco en lo ajeno, si lo woke es preocuparse por los derechos humanos y por el bienestar de los demás… Creo que es un concepto absolutamente manoseado, creado casi como para reírse de lo que yo considero que es el sentido común. Me confronta con solo escucharlo. Me parece una invención para reírse de las personas con bondad, con cierta empatía.

Yo creo que el autor se refiere a que la obra lleva implícita una crítica a un cinismo muy extendido. Nos está diciendo que esto no va de ser buenos, va de que parecemos buenos…

Sí, de hecho es muy bonito, como de primeras se puede juzgar a alguien, que simplemente necesita otros tiempos para entender. La presunción de bondad… Estamos en un mundo en el que existe el mal. Yo creo que es minoritario, y sobre el bien… existe la comodidad, el privilegio, que es en lo nos hemos instalado y miramos de perfil. Mirando de perfil colaboramos en la creación de estos monstruos. La pasividad, el falso discurso de «no politizo nada», de no entender que la vida es política y de que el sistema político permite todas estas tragedias, ¿no? Entonces, bueno, cómo te relacionas con eso, pues sí que te define, sí que muestra si eres más o menos cretino.

La obra nos va a resultar incómoda, pero no por las tragedias, sino porque nos pone frente a un espejo difícil de mirar, ¿no?

Sí, completamente y me da mucho gusto que así sea, la verdad. Hay algo… Yo me veo en el espejo. Cuando estoy con el personaje, me pasa algo que me ha generado mucho conflicto. La obra está muy bien escrita, es una pieza que está muy, muy, muy meditada y hay algunas partes que me destrozan, porque me hacen ver los límites del individuo frente a lo colectivo.

Algunas partes te dan un bofetón, por mucha bondad que tengas y muchas ganas que tengas de que cambien las cosas… . La obra te dice: «Bueno, al final, cada día, te vas a dormir… y vas a dormir en paz». Evidentemente es la supervivencia, es la resiliencia, pero te vas a dormir en paz. Es muy difícil vivir conectado a ese drama. Estamos sobreviviendo, porque a nada que pongas el foco ahí, no toleras la vida.

Sí. Es pura supervivencia. En noviembre decidí no ver el informativo mientras desayunaba porque me iba a trabajar llorando. Es una realidad paralizante.

Es que es así de jodido. O sea, es de ser muy honestos con nosotros mismos, hacer ese ejercicio de darse cuenta de hasta dónde están tus límites, pero también de saber que siempre se pueden hacer cosas, por muy pequeñas que sean. Siempre hay opciones de hacer algo y desde luego, no podemos perder la esperanza. El mismo autor cuenta esto por algo, ¿no? Yo creo que él mismo te está diciendo que él tenía esa pulsión, esa necesidad de contar esto para hacer algo, aunque sea muy pequeño, ¿no? Bueno, no sé… igual deducir esto, sería divagar un poco.

Mientras «divagabas», pensaba en las fotos de prensa en la que sale el director con vosotros. He pensado que en verdad, sale ahí porque está cuidándoos, ¿no? Es casi un «lo siento».

Sí, nos cuida, nos ve y además valora… siempre dice «pobrecillos». Acabamos muy cansados, hemos acabado muchos días muy removidos y muy emocionados, ¿no? Conectas con cosas que te que te dejan mal. Hemos salido de los ensayos o de este proceso… Llegaba a casa y me sentía realmente agotado, realmente cansado. Y hay algo de eso que decías… José María nos está dando ese espacio, nos está cuidando, porque al menos vemos que aprecia ese esfuerzo, que es consciente de dónde nos coloca el texto.

«Cuando la empatía es enorme puede suponer una condena, te puede llegar a inmovilizar el dolor ajeno, la tragedia; te puede envolver y casi desconectarte de tu día a día».

Es una obra en fondo y forma muy contemporánea. ¿Puede ser también un clásico? ¿Puedes imaginar la obra escrita por Cervantes? Por decir un autor muy clásico… ¿Es el mismo mundo?

Sí, o sea, creo que es algo que lamentablemente es atemporal. No sé hacia dónde irá este mundo, pero esta obra se podrá representar a corto, a medio y a largo plazo. Al final es una problemática… Solo por vivir en el mundo has firmado ese contrato como quien dice, ya has aceptado las reglas del juego. Después está… hasta qué punto te quieres implicar, hasta qué punto cambian las problemáticas, pero la historia perdura.

En el subtítulo promocional marcan tres conceptos: «empatía, ética y felicidad». Al leerlo pensé: «Ostras, hay que ser atrevido y categórico». Pero te escucho y te pregunto si lo lográis, si la obra lo logra.

Sí. El tema central es el de la empatía, o de los límites de la empatía. Cuando la empatía es enorme puede suponer una condena, te puede llegar a inmovilizar el dolor ajeno, la tragedia; te puede envolver y casi desconectarte de tu día a día. Esa es la situación atemporal, ¿no? Si tú realmente haces el ejercicio de conectar con según qué cosas, te das cuenta de la imposibilidad de solución y la tristeza es tan grande, tan, tan grande, el dolor que supone es tan grande… puede doler tanto, que te puede dejar inmóvil. Y bueno, esos límites son atemporales. Hay gente que necesita girar la cabeza y sobrevive, y hay gente que conecta tanto que su vida puede quedarse en la nada. La obra trata la empatía de un modo mucho más profundo de lo que solemos entender por el término, ¿no? Y ahí es cuando conecta con la ética y la felicidad.

«Creo que quien ocupe esa butaca, va a crecer».

El teatro, y la cultura en general, es un arma de destrucción de discursos tóxicos. Creo que es la única que tenemos y se muestra eficaz, por eso hay quien la odia. ¿Quién te gustaría que viera la obra?

Yo quiero que venga gente mayor, gente joven, gente de cualquier espectro político, gente de clase social más alta, más baja… Creo que hay algo muy democrático en sentarse en el mismo espacio que los demás, regalarte una hora y media para escuchar una historia ajena, y que te sacuda. Si se hace el ejercicio de conectar con la obra, si eres valiente y haces ese ejercicio, que pasa por verte reflejado ahí… cualquier butaca llena de esta sala, independientemente de quién la ocupe, es un éxito.

Creo que quien ocupe esa butaca, va a crecer. Sí que incomoda, te hace pensar en tu privilegio, en el de cada uno… Hay una frase que me mata… Habla de lo nuestro, de que quieren ocupar una parte de lo nuestro. Te hace entender el nivel de codicia y de egoísmo al que podemos llegar casi sin darnos cuenta. Quiero que este trabajo lo vea mucha gente.

¿Habrá gira?

Pues estamos en ello, estamos en ello. Yo espero que sí, porque creo que además esta obra tiene que salir de la capital y tiene que ir a sitios que tengan otro tipo de relación con esta tragedia de la que hablamos. Quiero que este trabajo lo vea mucha gente. Es una pieza que debe ser vista porque sí que puede provocar cierta transformación.

«Hay algo ahí de cuestionar lo tuyo, tu educación, tus cimientos, cuestionar a tus padres, tu sistema… que da terror».

Fíjate, me venía a la cabeza una entrevista de Madonna, nada menos. No recuerdo a quién estaba citando, pero decía, «Los artistas estamos para romper la paz». (La frase exacta es «Artists are here to disturb the peace» y Madonna citaba a James Baldwin).

Claro, claro… A romper la paz del privilegiado, a romper el sistema, ¿no? El artista está para darle voz al invisible. Es muy fácil vivir en paz si no miras a tu alrededor y solo miras tu camino, que es lo más fácil. A la gente le da mucho miedo cambiar de opinión, a la gente le da mucho miedo cuestionarse. Me incluyo, nos da… Hay algo ahí de cuestionar lo tuyo, tu educación, tus cimientos, cuestionar a tus padres, tu sistema… que da terror. No espero que nadie decida donar una parte de su privilegio, simplemente con que seamos capaces de humanizar los números, a mí ya me parecería una gran aventura. Fíjate con qué poquito nos podemos llegar a conformar.

¿La obra da respiro?

Sí, da respiro, da respiro. Hay recursos en la dirección que invitan a ese respiro, a generar esa ligereza que es tan necesaria. Como te decía, las cosas necesitan tiempo y tú no puedes presentarte delante de una persona y mostrar la mayor tragedia del mundo y esperar a que reaccione. Las cosas necesitan tiempo, poso.

La obra entra también en momentos frívolos, es muy acorde a la mentalidad genérica del ser humano. Tiene de todo, tiene profundidad, tiene evasión y sí que da un respiro. Hay momentos muy jodidos y muy trágicos, pero también da ese respiro y esa esperanza. Yo creo que es absolutamente necesaria esa esperanza, de hecho.

¿Qué tiene el teatro para que tú, que eres un privilegiado, que te está yendo bien, que estás bien seguro en tu profesión, te pongas sobre las tablas y hagas esta obra?

Hay algo en el vértigo de firmar un contrato con el espectador. El teatro tiene una verdad y tiene un riesgo que a mí me parece tremendamente atractivo, ¿no? Tiene algo de sentirte muy vivo. Además, esta pieza me hace sentir que estoy haciendo algo más allá del entretenimiento puro y duro. Es algo… con esta obra te sientes absolutamente comprometido, es una historia que te moviliza y que además tiene una continuidad. En mi caso esta pieza es un viaje tan definido… me siento al servicio de lo que estoy contando.

Esta obra me ha reconectado mucho con el germen, con la semilla que hizo que yo diera un cambio brusco en mi vida hace doce años y decidiera coger este camino. Me conecta con esos inicios, me conecta con todo un proceso de ensayos: tantas semanas ensayando, probando, fracasando, teniendo éxito. Siento que vuelvo a un lugar muy seguro. En el audiovisual los tiempos son otros, los presupuestos, desde luego, también son otros. Pero hay algo muy egoísta en querer hacer teatro. Miro por mi mismo, cuando decido que quiero hacer una pieza como esta.

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