“1985” una película de Yen Tan


Texto de R. Muñoz.
Puedes verla en Filmin

Ahora sabemos qué es el VIH y cómo se contagia. Pero debemos recordar que los primeros casos se registraron en 1981 y que actuó como una pandemia entre el colectivo homosexual. No hace demasiado, “marica”, “sidoso” y “pedófilo” eran insultos paralelos. Y lo del coronavirus no es nada frente al miedo que generaba esa enfermedad que aparentaba haber sido creada para acabar con una comunidad que parecía así castigada por la furia divina. Algunos lo llamaron “la peste gay”.

Cuando el sida irrumpió en nuestras vidas

A mediados y finales de los ochenta, salían enfermos en “talk shows” que explicaban cómo habían contraído el SIDA. La sociedad perdonaba y mostraba su piedad frente al contagio por transfusión y volvía la cara, cuando no actuaba con crueldad, ante aquellos que enfermaban en un contexto de toxicomanía o sexual. Cada testimonio parecía acompañado de un “no se lo merece” o un “se lo merece” velado.

En España, en 1987, se lanzaba la campaña publicitaria en la que unos dibujitos nos explicaban qué conductas eran peligrosas “Sí da” y cuales no entrañaban ningún riesgo “No da”. El anuncio generó el debate en una España que hacía muy poco que había enterrado al dictador entre lágrimas y lamentos, estrenaba democracia y que presumía de modernidad con la movida madrileña.

Tener sida en los 90

En 1993, Jonathan Demme se acompañaba de Tom Hanks, Denzel Washington y Antonio Banderas en Philadelphia y cambiaba la mentalidad de la Generación X. La película se centraba en como Andrew Beckett, un reputado abogado, pasaba de ser la gran esperanza de un importante despacho de abogados a ser relegado, despedido y pisoteado profesional y socialmente. Como decía en su alegato la abogada de la defensa del despacho, Andrew Beckett era homosexual, Andrew Beckett tenía SIDA y Andrew Beckett se iba a morir.

El espectador evolucionaba minuto a minuto a la vez que se ponía en la piel —negra— del abogado de Andrew, que toda la vida había sentido la condena de su raza y sin embargo, debía abrir su mente para comprender a su defendido.

Es casi imposible explicar a los millenials y a los Z, el contexto de Philadelphia, el por qué fue un ejemplo de valentía, y los motivos por los que su estreno en las salas comerciales fue una apoteosis. Sin duda, esta incapacidad de explicar la mentalidad de un momento tan reciente, supone la prueba de uno de los mayores logros de nuestra generación y de la de los boomers.

1985: la soledad de los primeros enfermos

En 1985, el director Yen Tan nos sitúa muy pocos años antes de Philadelphia y tres después de que se detectara el primer caso de sida. Adrian (protagonizado por Cory Michael Smith) vuelve a casa, después de mucho tiempo sin dar señales de vida. Allí encuentra un hermano que lo necesita a su lado como nadie en el mundo. También hay una madre que no duda entre el amor y la vergüenza. Y también encuentra un padre que sí que duda. Todos merecen comprensión: el entorno religioso de la familia están detrás de cada una de sus acciones y omisiones.

Sin ningún histrionismo, en una suma de escenas cotidianas, conocemos a su protagonista, a su primera novia, a su familia y sentimos el amor, la comprensión y la compasión que no halla Adrian en el mundo en el que se desarrolla el film. Se trata de un contexto que no destaca por su agresividad: no hay persecución, ni gritos, ni palizas, ni siquiera hay malas miradas. Sin embargo, es una realidad que hiere en su silencio y su ostracismo.

“1985” es una bellísima película con una gran carga ética. Quienes vivimos el “Sí da, No da”, nos descubrimos llorando en silencio, pensando en si pudimos hacer más. Era necesario para seres humanos que vieron truncada su vida en vida y analizando si no tendimos la mano a gente que tuvimos cerca. Hacemos memoria de si en algún momento, fuimos los mismos que, con silencio, hacían callar a Adrian en su despedida. Pero también “1985” genera un poso de calma y paz.

Vemos el salto generacional y entendemos que quizás, para explicar el contexto de “1985” a los jóvenes, nos hacen falta muchos litros de saliva. Y paciencia para comprender que los jóvenes, han cambiado. No dudan de su radicalidad en la defensa de la diversidad. Son la gran esperanza en un mundo que parece caminar marcha atrás, con las ideas trasnochadas de algunos con los que nosotros compartimos pupitre. Los jóvenes no permitirán que volvamos a ese mundo de mediados de los años ochenta, hipócrita y exento de corazón.

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