Visualizar ExPERPENTO 114 / Descargar ExPERPENTO 114
Texto de Reyes Muñoz
Donde hoy hay un supermercado, ayer hubo una sala que fue templo, refugio y campo de batalla —pero no entre los clientes de la sala, sino entre los dueños y la administración—. Canciller, el templo del rock es el documental de Vicente Martín Terán, realizador y guionista con una larga trayectoria en cine y televisión y exprofesor de historia del cine y dirección en la Escuela de Cine Pedro Almodóvar.
El director se adentra en este trabajo en una historia que trasciende la escena musical: rescata la memoria de una sala legendaria de Madrid y la transforma en un relato épico y popular sobre música, juventud y derrota, la de una comunidad que perdió su espacio frente al poder y el paso del tiempo.
¿Por qué decides dedicar horas y horas de tu vida a este proyecto?
Realmente una historia del heavy en España es algo muy, muy amplio. Pero sí podía contar la evolución de lo que fue el movimiento, desde que empezó el apogeo, el auge en España, que fue más o menos cuando se abrió Canciller, hasta los últimos coletazos, ya en esos principios y mediados de los 90.
¿Y por qué? ¿Qué relación tienes con Canciller?
Pues porque yo iba, aunque no era cliente habitual, iba a Canciller, vivía al lado. Pero la razón auténtica es que siempre me ha dado un poco de pena y rabia que cuando se reivindicaba esa época solo se hablara de la movida y de Rock-Ola. Y Canciller fue un sitio que era mucho más grande físicamente que Rock-Ola, cabían dos mil personas; y la música rock, y en concreto el heavy, pues siempre ha sido una música con muchos seguidores y muy fieles. Entonces me parecía un poco injusto que lo borraran del mapa. Como antiguo cliente y como aficionado a la música, me interesaba saber cuáles fueron los orígenes de Canciller, su origen, y por qué se acabó.
¿Cómo localizas a toda esa gente que sale en el documental? No me refiero tanto a la gente que trabajaba en estos sitios, ni a los propios músicos, sino a los clientes.
Pues mira, esto, como pasa siempre… Al final todos estamos conectados por un vínculo. Había un juego con Kevin Bacon, que consistía en buscar la conexión con Kevin Bacon a nivel mundial a través de siete conexiones, ¿no? Y al final siempre llegábamos a la conclusión de que, de alguna forma, tú podías llegar a contactar con Kevin Bacon. Pues esto es algo parecido.
Una vez que nos pusimos a funcionar, pues fue fácil… Yo tenía amigos que habían sido clientes de Canciller, había gente que participaba en el documental que a su vez conocía a más gente. Ya sabes que esto es así: luego siempre te encuentras con gente de «ah, jo, pues yo también iba a Canciller, me hace mucha ilusión contarte la historia de la sala».
Estos proyectos comienzan con gente que tienes en la cabeza que llegado el momento se rajan. ¿Hay alguna baja que pique?
No, a ver, picarme no, porque la gente tiene derecho a no querer ponerse delante de una cámara y hablar. Esto es algo que no le resulta agradable a todo el mundo. Entonces hay gente que dice: «¿Para qué voy a pasar mal rato y me va a dar vergüenza?». Pero tienes razón, sí que algunos colegas míos del colegio o del instituto que iban a Canciller, y que fueron un poco por los que empecé el proyecto, que al final no quisieron salir, les daba vergüenza. Entonces me resultó chocante, pero no me pico ni nada. Me están apoyando con el estreno; me han dicho que a verlo sí que se apuntaban.
El tono de José Antonio Rodríguez —el dueño de Canciller— me llama muchísimo la atención: cuando habla de Barrabás le sale un rollo canalla, juvenil y divertido, y sin embargo cuando habla de Canciller es más serio, sombrío. No sé si es el trauma de todo lo que pasó o que el proyecto del que quizá está súper orgulloso es Barrabás.
Al principio del documental, yo me remonto a contar la historia de Barrabás porque sin Barrabás no hubiese habido Canciller, y ellos, Sócrates y Antonio, así lo cuentan. Pero es que Antonio tenía veinte y pico años y Sócrates diecisiete. Y sí, ese espíritu juvenil es el que tú ves reflejado, como queda reflejada la amargura, a pesar de que han pasado muchos años del cierre. Eso lo arrastran y lo comunican en el documental.
Por lo que hablé con él y que no ha salido en el documental, creo que él, el sueño que tenía era abrir una sala como Canciller, en el centro de Madrid, más que lo de Barrabás. Lo que pasa es que Barrabás fue el inicio de todo lo que fue el grupo Barrabás. Que no solo era la sala Barrabás de Vicálvaro y la sala Canciller, tenían como cinco salas o seis dedicadas al rock.
Yo creo que queda muy reflejada la amargura. Todavía acarrea la amargura de cómo se terminó todo y de las causas que ocasionaron que todo terminara así.
Otra cosa que queda muy bien documentada es la existencia de una parroquia. Iba muchísima gente. Hasta los duelos los vivió toda esa gente como parte de una comunidad. Pero al final del documental, Antonio se queja de que a lo mejor la familia heavy no era tan familia.
Sí, Antonio dice que después de todo el esfuerzo que hicieron, la gente no respondió. Y Sócrates Pérez, que es su sobrino, que junto con él llevaba la dirección, lo razona. Dice que, claro, que el tiempo que Canciller estuvo cerrado, otros sitios se abrieron y muchas veces la gente se acostumbra a ir a un sitio y, cuando ya se acostumbra a ir a otro sitio, es difícil que deje de ir.
Entonces, por un lado, Antonio sí que dice que cuando Canciller volvió a abrir no respondió el público como él esperaba. Las cosas habían cambiado, la música había cambiado y surgen otros locales que hicieron competencia a Canciller. Pero luego reconoce que la gente tampoco estaba al tanto de las penurias y la lucha que habían tenido.
Canciller estuvo muchos años abierto. La gente que empezó a ir con dieciséis, diecisiete o veinte años, y cuando se produjo el cierre, a lo mejor tenía treinta, cuarenta años. A lo mejor se habían casado, tenían hijos y ya no salían con la frecuencia de antes. Armando de Castro, de Barón Rojo, lo resume muy bien: «todo se acaba». Canciller cerró y, al final, todos los sitios van a acabar cerrando porque es ley de vida.
Antonio lo dice en un momento. Hay una cierta decepción por la reapertura, pero luego lo entiende y dice que, bueno, que también la gente al final no estaba pendiente ni sabía lo que había pasado. Canciller Dos abrió cuando les cerraron Canciller y estuvo abierto cuatro o cinco años, pero no llegó a condensar el espíritu.
No sé si fue una cuestión de ilusión a la hora de montarlo o que solo era sala de conciertos, pero no llegó a condensar esa parroquia, no llegó a crear ese ambiente. Y sin más, ¿no?
No, a ver, cuando tú te acostumbras a ir a un sitio, que está en una situación geográfica determinada, al que puedes acceder de una manera concreta, y te cambian la ubicación, es muy difícil que la gente se mueva. O sea, Canciller pasó de estar en el metro del Carmen, que era la línea cinco y que podía estar bastante accesible a mucha gente, a estar en San Blas, en lo que era la antigua Sala Argentina. A mucha gente le venía mucho peor desplazarse hasta allí. Era un barrio más duro.
Yo no sé si tú llegaste a ir, pero Canciller Dos, cuando salías del metro —yo he ido alguna vez a algún concierto—, era un sitio más duro en el sentido de dureza de Madrid de los noventa. No voy a decir que era peligroso, porque me parecería excesivo, pero no era lo otro. Lo otro estaba a diez minutos de la plaza de Ventas.
Si sumas esos factores, el resultado es el que fue: si sumas el cambio de ubicación, con el cambio generacional, con que la gente estaba acostumbrada a ir a un sitio que le quedaba mucho más cerca de su casa, ocurre lo que ocurrió.
Un templo construido con decibelios y focos
Lo que cuentan de las luces y el sonido, me parece tan innovador que he llegado a pensar que es un relato posterior. Dicen que querían que la gente se sintiera estrella del rock.
Las luces eran de primer nivel. La persona que diseñó el sonido y las luces era un genio, y lo sigue siendo. Lo que quería es que el público se sintiese como que estaba presenciando un concierto, no tocando en un concierto. Entonces las luces que tenía Canciller eran luces de concierto. Pero cuando tú ibas a un concierto en Canciller, los equipos traían su propio set de luces y podían utilizar el de la sala, pero las luces no estaban pensadas como para decir: «Ponemos unas luces de concierto y matamos dos pájaros de un tiro».
La característica principal de Canciller, yo creo, era el sonido: el sonido que tenía tanto como discoteca como sala de conciertos. Yo recuerdo ver ahí, en el año ochenta y cinco, a Marillion y, cuando lo he comentado con la propia gente de la dirección de la sala, o con gente que estuvo en el concierto —yo tenía dieciséis años—, nos sorprendió a todos el sonido que llevaba esa gente y también la acústica del local.
Entonces prepararon la sala con esa premisa y fue una de las cosas que hizo que Canciller fuese novedosa en su momento, por muchas cosas que se cuentan en el documental: las primeras luces, el mirar el entorno, el humo, las explosiones y un sonido muy, muy potente. Lo cuenta uno de los clientes: la primera vez que bajó las escaleras de Canciller, se acojonó. El sonido iba incrementándose, iba aumentando el volumen: era una cosa bastante impresionante.
Entonces eso hizo que Canciller fuese el templo, porque hasta ese momento los sitios eran más pequeños, con menos inversión técnica a nivel de vídeo. Las pantallas de vídeo, cuando las pusieron en Canciller… Aquello ahora no lo podéis concebir, o no lo puede concebir la gente más joven, pero en el año ochenta y cinco, ir a Canciller verte un vídeo de Iron Maiden en la pantalla gigante con la música sonando a todo trapo, te dejaba noqueado. Y eso, de hecho, se replicó en muchas salas de toda España. Es gracioso porque cuando yo les preguntaba qué sentiste o qué tal, hay como tres que dicen: “Uf”.
Esa es la palabra del documental: “uf”.
Era impresionante. Yo estaba acostumbrado a ir a alguna discoteca que no era de rock y lo que conocía de rock era algún pub o discopub, como se llamaban en la época. Eran sitios pequeños. Esto era impresionante.
Yo soy del barrio, salía de mi casa y tardaba andando cuatro minutos. Canciller es una sala que se abrió en los años sesenta como baile de guateque y de música de los sesenta. De hecho, hay una película de Los Brincos, creo que es, en la que hay una actuación hecha allí, en la discoteca Canciller, antes de ser sala de rock. Mi tío dice que él iba a la sala cuando abrió. Mucha gente del barrio conocía la sala porque sus padres iban cuando eran jóvenes. O sea, es una sala que ya traía una cierta tradición y era una sala muy grande.
Desmontado el estereotipo
El documental desmonta mucho el estereotipo que se tiene del rock y del heavy. Hay un apartado dedicado a que no eran personas conflictivas.
«Más violencia hay en los toros, que los matan», dice uno de los participantes. En aquella época, en general, en los años ochenta, la violencia estaba bastante extendida en Moncloa, en los bajos. Las peleas eran habituales y había mucho pique entre punkis y rockers, heavies… Pero dentro de todo eso, la gente de Canciller… Yo la verdad es que no he visto ahí ninguna movida ni ninguna bronca. En otros sitios más pijos sí que he visto que por menos de nada se liaba la de Dios. En Canciller había cierto colegueo. No digo yo que fuera de la sala no pasasen cosas, pero en la sala la gente no era conflictiva y, si había algún conato, enseguida se encargaban de acabar con ello.
Yo lo que sí quería contar en el documental es que aunque tú vayas con el pelo por los hombros y lleves una chupa con la imagen de Iron Maiden, o algo de Ozzy con una cruz invertida y tal, aunque la imagen sea muy dura, en general la gente no era chunga. Pero yo sí recuerdo a mi madre cambiar de acera porque le impresionaban.
Hay un apartadito dedicado a la estética. Recuerdo cuando se hablaba de metrosexuales hace veinte años que siempre pensaba, «para metrosexuales, los heavies», que cuidan la imagen hasta lo insospechado: pelo, camiseta pintona, chupa con parches, pantalones con no sé qué, cinturones…
En aquella época era muy difícil que alguien tuviera una chupa de cuero buena, valía una pasta. Entonces la vendían en tres o cuatro sitios, la indumentaria, o esta cosa del heavy que tú mencionas de los cinturones, las muñequeras, todo eso, no era nada barata. Entonces, vestirse de heavy… veías a la gente de camisa o de cazadora vaquera con parches.
Era cantoso a nivel visual. Los padres no les dejaban salir así a la calle. No era fácil porque era difícil adquirirlo, tanto por lo que costaba a nivel económico como porque no había sitios donde adquirirlo. Estaba Marihuana, ahí en el Rastro, que sigue, y poco más. Pero la estética era muy importante. En aquella época la gente que pertenecía a las tribus urbanas se identificaba por la estética. Tú ibas por la calle y sabías perfectamente qué música le gustaba a la gente solo por la pinta que llevaba. Bueno, como ahora.
Pero dices: cazadora vaquera con parches. Había que coserle los parches, ojo. Que le dedicaban tiempo e imaginación a salir a la calle muy conjuntados.
Sí, pero los parches muchas veces eran de estos que se planchaban. Y tu madre siempre podía tirarse el rollo. Mira, la cazadora… es que cualquier chaval de barrio, de un barrio que no tenía muchos recursos, podía permitirse tener una cazadora. No te digo yo una Levi’s, pero una chupa vaquera, una chupilla de esas…
Me ha encantado ver que en las entrevistas las gentes son genio y figura: siguen con la misma estética y con la misma forma de hablar y con la misma forma de pensar, prácticamente.
A ver, siempre se ha acusado un poco a los heavies de ser muy involucionistas. Pero mucha de esa gente se puso una camiseta de AC/DC que no lleva habitualmente, para salir en el documental ese día. Pero sí, cuando estuvimos en el estreno que hicimos para el equipo y para la gente que ha participado, para los entrevistados, pues como era un evento heavy, la gente iba vestida de heavy. Luego no sé si en su casa, para bajar a comprar el pan, irán así, pero la gente del heavy suele ser bastante fiel a lo que le gusta y bastante inamovible en sus gustos. Se pueden ir adaptando a lo que va surgiendo nuevo, pero permanecen. Si a un tío le gustaba Iron Maiden en el ochenta y cinco, te puedo asegurar que raro es que le haya dejado de gustar. Le podrán gustar otras cosas además, pero raro es que el tío que de adolescente tenía un grupo ahora no lo tenga.
Sobre los hermanos Alcázar. Tienen dos intervenciones que dan para sendos documentales. Hay una en la que aseguran que ellos van a Canciller a pasar el fin de semana como el que va a una recoleta casa rural. Y hay otra en la que muestran un trozo de cortina y dicen: “Esto me lo llevé yo de Canciller, lo tengo aquí como nuestra reliquia”.
Ellos fueron muy colaboradores. Me acerqué un día, en la Gran Vía, y les dije: «Mirad, voy a hacer esto y me gustaría contar con vosotros». Les hizo mucha ilusión. Hicimos la entrevista en un sitio al que yo iba bastante en su momento. Se llama La Leyenda. La Leyenda tiene una parte con un columpio donde caben dos personas; nos sentamos allí y la entrevista fue bastante larga. Al final no puedes meter todo lo que hay, pero vamos, podía haber hecho un mini documental solo con lo que ellos contaban.
Por la forma de hablar, de contar, el mensaje es: «Pues esto es mi vida». Como te digo, me encantó lo de los fines de semana en Canciller.
Claro, es que para la gente era algo normal y habitual. Lo chocante es que ellos sientan que para otras personas las cosas sean diferentes. Pero en aquella época había mucha gente cuya válvula de escape, su oasis, era Canciller. Y esos son los que ahora lo recuerdan con mucha nostalgia, porque muchas veces todo va unido a cuando eras joven.
Cuando ya tienes unos cuantos tacos, todo lo recuerdas idealizado. Y dentro de ese mundo ideal, está Canciller como parte de tu vida: donde ibas con tus colegas, donde a lo mejor conociste a tu mujer. Hay gente que lleva treinta y pico años casada y se conocieron en Canciller, y hay amigos de Canciller que todavía siguen siendo amigos. Fue muy importante para mucha gente.
Conozco a Nano Ruiz desde hace mucho y claro, he prestado mucha atención cuando él hablaba. Me hacía ilusión verlo ahí. Y además, hace una declaración impactante: a él le gustaron más los noventa que los ochenta.
Es curioso, sí. A mí también me resultó curioso. Él lo argumenta. De hecho, yo quería contar la evolución musical que tuvo el rock y el heavy con testimonios de la gente. Nano, habla de cuando empezaron a poner en Canciller a Nirvana o a Rage Againts the Machine, porque para ellos fue una una sorpresa que se abrieran a algo que no fuese el rock y el heavy. Entonces, con el testimonio suyo lo que quería era contar la evolución que tuvo la sala.
La historia contada: el desafío
Nos vamos a la parte técnica. Son declaraciones, primero, en plano general, luego, en plano corto. Muy sencillo. Hay imágenes de archivo, hay algunos vídeos, no demasiados, pero no hay ni voz en off, no sales tú. ¿Esto ha sido una decisión de director o ha sido para simplificar la estructura, para dejarte de líos?
Es una cosa de director. Yo no pintaba nada ahí. Yo consideraba que no tenía que tener ningún protagonismo, que lo importante era lo que la gente contaba. Entonces estaba rodado con dos cámaras: rodábamos el plano general y el plano corto a la vez. Y muchas veces los espacios eran los mismos. Lo que intenté, con el director de fotografía, era darle una personalidad a cada plano, ya que el decorado o el fondo era el mismo que todos utilizaban. Les indiqué que cada entrevista la hiciéramos con un color, con unas luces de colores diferentes, y cambiamos los fondos con carteles originales de Canciller. Si había una persona que entrevisté que era muy fan de Marillion y que estuvo en ese concierto, pues lo pusimos con ese cartel de fondo.
Tampoco hay voz en off.
No la veía necesaria. Yo tenía un guion y luego lo reformulaba. Yo quería contar la historia de Canciller por la gente que había trabajado allí, por la gente que había tocado en Canciller, los músicos, y por la gente que había ido como cliente.Y con esos tres elementos, a cada uno le hacía preguntas diferentes para contar la historia de Canciller. Y yo creo que eso está conseguido.
Y lo que no quería era que fuese un documental de datos. Por eso, cuando hay una actuación, no pongo debajo nada: ni qué grupo es, ni la fecha, ni nada. El que lo sepa, para él. El que diga: «Estos son tal», pues lo sabe; y si no, que investigue. Yo lo que quería era contar —y creo que lo he conseguido— la historia desde el punto de vista del corazón, no de la cabeza.
Claro, meter una voz en off, te hubiera facilitado muchísimo el montaje, pero le hubiera quitado dinamismo. No quiero imaginar las horas que habrás estado montando para que, con todas esas entrevistas, salga algo lógico, una historia. Porque hay una historia con introducción, nudo y desenlace.
Como tú dices, hay mucho trabajo de montaje y de ordenar el material para contar, desde el principio del documental, lo que se dice al principio en una frase muy corta: «Canciller era la hostia». Uno de los entrevistados lo dice tal cual, y creo que lo define muy bien. Y luego quería contar la historia de lo que fue antes de Canciller, que fue Barrabás, cómo nace Canciller, cómo se desarrolla Canciller, cómo Canciller crece y cómo muere.
Es una estructura de película, con un detonante, que era la creación de de Barrabás, con un primer punto de giro, que era el nacimiento de Canciller, con un punto medio, que fue el triunfo de Canciller, con un segundo punto de giro: los problemas que empezaron a tener, con un clímax, que es cuando se tira el muro, y con un final y un epílogo. Y esa fue la estructura que yo tenía en la cabeza, y con los testimonios lo fui contando.
No quería que se basara en lo que dijeran expertos. De hecho, la única persona, el único crítico musical que está en el documental es Jesús Ordovas, que no era heavy en absoluto. He visto en las redes gente que se quejaba de que estuviera Jesús Ordovas y no un periodista más de heavy. Precisamente creo que el mérito es que alguien que no era heavy hable ahora de Canciller en los términos que Ordovas habla. Es decir, es mucho más meritorio para Canciller, no para mí, que alguien que era muy de la movida, elogie la significación que tuvo Canciller como sala.
Me decías que no querías un documental de datos, y que por eso has prescindido de usar muchas imágenes de archivo. Fíjate, me doy cuenta de que ahora, con los móviles, hay imágenes de todo, pero entonces, nadie iba con una cámara. Y quien iba, registraba unos vídeos con más entes que una grabación de Cuarto Milenio ¿Te costó recopilarlas?
No. Lo he hecho aprovechando las imágenes que teníamos de archivo de la sala. Las primeras imágenes estaban hechas con una cámara VHS de los años 80: se veía fatal ya en su época, pues ahora, después de 40 años las cintas estaban hechas polvo. También vemos una evolución. En Canciller Dos se empiezan a grabar los videoclips y las actuaciones con las High 8 y la calidad de imagen es mejor.
Entonces, también se trata de ver en el documental la evolución de la sala a través de la evolución de la calidad de las imágenes. No hemos querido tocarlas, ni meterlas nada de inteligencia artificial. No hicimos nada para que tuviesen mejor calidad, habrían perdido todo el carácter arqueológico. La propia sala grabó por tener un material audiovisual, pero no eran conscientes de que eso, al final, iba a ser tan tan importante. Pero teníamos material.
Ahora, igual, te hubiera costado descartar material.
Claro, ten en cuenta que en la sala tocaron muchos, muchos grupos, entonces no hay grabaciones de casi nada. Pero de lo que había, sí que había mucho. Tampoco la idea era hacer un documental con muchas imágenes, pero sí recuperar imágenes.
Yo de lo que más contento estoy es de tener imágenes de la sala, de lo que es Canciller. De hecho, hay imágenes que se grabaron cuando la iban a cerrar, sin público. Esas son las que utilizo para hacer un montaje al final que yo creo que quedó muy bien, recorriendo la sala desde la calle hasta la pista y evocando un poco la tristeza y la ausencia que significó el cierre de Canciller. Estoy contento de haberlas encontrado.
Hay una bastante impactante, una foto del Ahorramás, ¿no?
Es lo que hay ahora. O sea, el Ahorramás responde a lo que era Canciller Dos. Ese edificio lo tiraron. Lo que era Canciller, el de toda la vida, tanto el cine como la sala, ahora es un Aldi. De hecho, durante años, estuvo el cartel de Canciller dentro del supermercado. Una de las ideas que tenía al principio para abrir el documental era seguir a un matrimonio heavy o algo así, recorriendo el Aldi hasta que llegan al cartel de Canciller. Pero cuando fui a ver el Aldi, el cartel no estaba.
Cuando pasas por allí y ves lo que hay ahora y lo que era, es como cuando pasas por la Gran Vía y te acuerdas de «aquí vi Tiburón», «aquí vi La guerra de las galaxias», «aquí estaba el cine no sé qué». Pero es que, te digo, es ley de vida: las cosas cambian, aunque no nos gusten a veces.
Para mí la Gran Vía ahora no tiene el significado ni la presencia que tenía hace treinta años. Pero para la gente que no ha conocido eso, la Gran Vía es fascinante. La gente que viene de fuera y pasea por la Gran Vía se quedará alucinada. Pero para mí, no ver los cines como los veía, las carteleras… Las pantallas electrónicas que hay ahora, eran carteles de tela, las cartelas gigantes… Eso cuando era un niño me parecía magia.
«Mejor me preguntas sobre quién no vino»
A ver, no sé si meterme en el lío de hablar de las bandas, ¿sabes? O damos por hecho que había muchas bandas muy buenas y muy importantes a nivel internacional y que, por ejemplo, de los Ramones se dice que había que traerlos más veces porque salían bien de precio y lo llenaban.
Ah, pero eso lo dice el promotor. Tú sabes que los grupos los trae un promotor. Entonces el promotor que trae a los Ramones le contó a uno de los participantes, que es periodista musical, que los Ramones tocaron dos días, llenaron la sala y encima no cobraban mucho comparados con otras bandas. Así que esos grupos eran los que le molaba al promotor traer. Lo contaba desde su punto de vista: eran rentables.
¿Cómo enfoco lo de las bandas? Es una pasada. Creo que son como treinta minutos dentro del documental, que es de una hora y media, hablando de bandas. Bandas que dices: «Madre mía, todo eso estuvo aquí».
Pero es lo que hablábamos antes: si te pones a mirar la historia del Marquee, pues en el Marquee han tocado los Rolling Stones, Genesis, The Who, Jimi Hendrix, Eric Clapton… y todo eso se fue a hacer puñetas. Entonces es un poco ley de vida. Las cosas empiezan, se desarrollan, llegan a un apogeo y se acaban.
Claro, creo que quizás las bandas extranjeras, para mí como espectadora, es muy impresionante, pero que el concierto en Canciller fue mítico para las bandas locales.
Era muy importante para las bandas españolas tocar allí, sí. Las que estaban arriba, porque era como confirmar. Las que empezaban, porque era como llegar a lo máximo y a partir de ahí continuar. Y para las bandas extranjeras, pues que en Madrid, en una sala de dos mil personas, hayan tocado Iron Maiden, Deep Purple, Scorpions… A lo mejor no en el momento más álgido de su carrera, pero han tocado.
La misma duda que yo la tiene el propietario de la sala. Antonio dice: «mejor me preguntas sobre quién no vino». Parece una sobrada, es muy L’Oréal, porque yo lo valgo, pero es que en el documental muestras que eso era así.
El promotor traía la banda y buscaba la sala. Lo cuenta Darío McBrayn, que era promotor, cuando hablaba con grupos extranjeros para venir a tocar a España o a Madrid, y le preguntaban «¿dónde vamos a tocar?», y decía «en Canciller», respondían: «Ah, vale, vale, en Canciller no hay problema». Pero eso lo traía un promotor, que alquilaba la sala. Y otros conciertos los traían propiamente los de Canciller.
Quizá se movían más por el mercado nacional, ¿no?
Pues supongo yo que sí, pero por ejemplo Canciller trajo directamente a King Kobra, que es un concierto que tuvo mucha repercusión.
Te veo con ganas. ¿Quieres hablarme de King Kobra? Hay una historia chula con las luces.
Te lo cuento. Canciller tenía un águila hecha con luces que era propia de la sala. Molaba mucho porque la ponían en esta posición y, en un momento determinado, colocaban el águila para que se viese de frente, y encendían las luces. Eso era un efecto propio de la sala. Y cuando Carmine Appice, cuando vio eso dijo: «Ah, esto lo quiero yo detrás de mi batería». Entonces tenemos las imágenes de cuando lo están contando, lo que era, y lo que Carmine pidió.
Pero King Kobra no es un grupo al que yo recuerde con especial cariño. Uno de los mejores conciertos de mi vida fue Marillion, en su primera época con Fish como cantante, en el año ochenta y cinco, tocando Misplaced Childhood. Cuando digo esto a amigos a los que les gusta el rollo progresivo es como si yo hubiese visto la llegada a la luna en la luna.
El desenlace
La historia de Canciller es habitual en España. A ver, Canciller era muy mítica. Pero al final, da la sensación de que las salas de conciertos molestan, siempre han sido perseguidas en lugar de fomentadas como en otros países de Europa. Jose, de LaCaracol me estuvo contando su historia… Estoy pensando, ¿La Canciller la cerró el mismo tipo que se dedicó a cerrarlo todo?
No, este era del distrito de Ciudad Lineal. Creo que tú te refieres a un concejal, Matanzo, muy famoso en aquella época. Yo no sé lo que pasó, no lo viví, pero lo que dicen en el documental los agentes de Canciller es que el cierre estaba acordado con la propiedad. Los dueños del edificio, donde estaba la sala, los cines, el garaje que había al lado y los pisos, tenían una especie de acuerdo con este hombre para cerrar el sitio, y eso fue lo que hicieron. La sala cumplía todas las medidas de seguridad; de hecho, ganaron un juicio con eso.
Lo que cuentan en el documental es su verdad, pero sí que es cierto que pasaron cosas que no eran muy normales. El ayuntamiento lo cerró por un problema de seguridad, y lo cerró a pesar de una orden judicial que permitía reabrir la sala. En la noticia que sale de Telemadrid se dice que, a pesar de la orden del juez, el ayuntamiento quería cerrarla. Y la cerraron.
Es muy mítico el momento en el que tiran el muro, parece la caída del muro de Berlín.
Sí, hubo quien se llevó trocitos del muro. Era muy significativo. A ver, pocas veces se cierra un local construyendo un muro que tapa la puerta de acceso. Yo eso no lo he visto nunca. Si cierran un local, la policía lo precinta, pero poner un muro de ladrillo en toda la entrada… Eso no se había visto nunca, o casi nunca. Y encima lo pusieron en la acera, con lo cual no podían tocarlo. Cuando ganan el juicio, mandan la orden, quitan el muro, se graba la caída del muro y al mes ya les están diciendo otra vez lo mismo, que van a empezar otra vez con lo mismo, con lo cual iban a estar otros quinientos días cerrados.
Esta parte da mucha pena, es emocionante. Es fuerte ver a José Antonio Rodríguez y Sócrates Pérez llorando.
Sí, la historia es la de poderoso caballero es don dinero. Pero esta gente tampoco era multimillonaria. Ganaban dinero, comparado con lo que podemos ganar tú o yo, pero tampoco eran millonarios. Ellos cuentan que, claro, todo el tiempo que estuvo Canciller cerrado les costaba caro el alquiler, porque ellos tenían que pagar. Si dejaban de pagar, los dueños del local tenían la excusa perfecta para echarles. Entonces estuvieron año y pico cerrados, pero pagando toda la mensualidad. Eso al final pasa factura: pagar la mensualidad y pagar todo lo demás. Es que es… bueno, es la historia de esta ciudad.
«Yo siempre pensaba que sería muy gratificante que lo viesen padres con sus hijos, o incluso abuelos con sus nietos».
El documental apela a la memoria de muchas y muchos. Supongo que está dirigido a esas personas, pero también creo que está dirigido al público joven actual. Les explicas que había una sala así y abren los ojos como si fuera el paraíso perdido. ¿A quién diriges tú el documental?
A la gente que fue y a la gente que no fue de la época. O sea, le puede interesar a alguien le gustaran los Hombres G y sientan curiosidad por esto de Canciller, y vea a sus antagonistas, sus némesis, que le daban tanto miedo, los melenudos estos, y que ahora presume de ir a ver un concierto de AC/DC y decir que es muy roquero y de toda la vida y va el lunes a la oficina con la camiseta de AC/DC que se compró en el concierto por cien pavos.
Va dirigido a la gente que no iba a Canciller, a los que iban a Canciller y a la gente joven que a lo mejor siente curiosidad. Yo siempre pensaba que sería muy gratificante que lo viesen padres con sus hijos, o incluso abuelos con sus nietos. Decir: «Mira, macho, yo iba ahí. Este que sale aquí con la chupa de Iron Maiden podía ser perfectamente yo. Y la historia de este sitio es la historia de donde nos conocimos tu abuela y yo, o tu madre y yo».
Es un documental que, si fuiste, te va a emocionar y te va a interesar. Y si no fuiste y no eres de ese palo musical, también te va a gustar porque es muy ameno, va a toda hostia, no te deja respirar. Se cuentan cosas muy interesantes y, en el fondo, estás contando un drama: el de una gente que perdió una batalla contra el poder. Y como está contado desde el corazón, creo que le llega al espectador haya sido cliente de Canciller, heavy o no. Esa es la ventaja y el valor del documental.
Me has hecho pensar en una cosa: tendemos a pensar que nuestros abuelos son seres de luz.
Sí, como angelitos que no saben nada de la vida. Y este documental va a cerrar muchas bocas en ese sentido. Porque la gente tiene la conciencia de que sus padres, sus tíos o sus abuelos eran como los ves ahora. Pero han tenido una vida, a veces, mucho más emocionante y más vivida que la que puede tener la gente ahora.
Un amigo me explicaba otra conversación con otro amigo suyo, que animaba a su hijo a salir a la calle. Le decía: «Sal, hijo, sal de fiesta o algo». Y el hijo: «No, no, que me quedo en casa». Y la reflexión de mi amigo era: «¿Y estos qué van a contar a sus nietos? ¿Que usaban una app?».
Pues es un poco así. Nosotros vivíamos en la calle. Yo recuerdo salir un sábado, quedar con los amigos, irte a un parque, tomarte unos litros y estar ahí todo el día de charla. Luego, cuando eras más mayor y tenías trabajo, a lo mejor ibas a un sitio y te tomabas unas copas. Pero el colegueo, el botellón de otra manera, no como ahora… hablo de mi barrio, un parque, otro barrio, otra movida. Era centrarte en estar con los colegas, tomando unos litros y hablando. Eso es lo que hacíamos. Y ahora vas a un parque y ves a seis tíos sentados en un banco, cada uno con el móvil, y a lo mejor están chateando entre ellos por WhatsApp en vez de hablarse. No lo entiendo. Pero bueno, estoy hablando ya de otra cosa.
Hay otra frase del documental que creo que explica muy bien el cambio de siglo. También es de Antonio, que dice algo así como: «Éramos jóvenes y no teníamos un duro», hablando de cuando se lanzó a montar Barrabás. Ahora mismo pasa exactamente lo mismo, pero es casi inconcebible que vayan a hacer algo. No tienen dinero, pero tampoco ganas. Además que el propio sistema es aterrador.
Hombre, hay salas, pero casi todo se centra en conciertos y cosas puntuales. Hasta hace poco —cuando digo hace poco hablo de cinco o seis años— sí que había salas. Yo recuerdo que la última sala grande donde la gente iba a tomarse una cerveza, a bailar y a escuchar rock era Excalibur, en Vallecas. Una sala así, grande, de heavy… es que ahora el rock está muerto. El heavy, ni te cuento. La gente joven escucha reguetón, rap, hip-hop…
La música ha cambiado mucho y no creo que haya un mercado para un sitio como Canciller hoy en día como discoteca. La gente sale, pero de forma puntual, no todos los fines de semana. La gente está mayor. Si te gustaba esa música y tienes sesenta y pico años, vas a algo puntual, pero no te vas todos los fines de semana a bailar.
Y además, es que las cervezas costaban cien pesetas (sesenta céntimos), también te digo.
En Canciller la cerveza era Voll-Damm y las entradas de los conciertos costaban quinientas o seiscientas pelas, con pelotazos. Ahora salir es muy caro, inasumible.
Los créditos del principio
¡No te he preguntado por los primeros minutos de tu documental! Es un corto de dibujos animados, emulando el inicio de Grease.
El mapa se me ocurrió como homenaje a los tebeos de Astérix. De hecho, tiene hasta la lupa. Ponía: «La Galia, año no sé qué. Los romanos han invadido la Galia. Toda la Galia… no. Una pequeña aldea resiste». Pues aquí es un poco eso: «España, la movida invade el país, todo está invadido… no, hay una pequeña excepción».
Me gustaban mucho los títulos de crédito de Grease, de la película, donde te contaban cómo se despertaban y cada personaje se acicalaba. Con eso he contado un poco cómo era cada personaje y se me ocurrió la idea de hacer un pequeño guión, bueno, un guion de los títulos de crédito, algo corto.
Entonces, yo sí estoy muy contento con los títulos, con cómo han quedado. Hemos tomado referencias porque yo soy muy fan de unos cómics de Miguel Núñez, y contactamos con él para utilizar sus personajes y su forma de plasmarlos en viñetas de esa época. Nos dio su consentimiento y, con ese guioncillo, hicimos los títulos de crédito, que creo que han quedado muy bien. Me encantaría hacer una película de animación. Creo que tiene muchas posibilidades para un director, el tema de la animación da mucho juego.
¡Pensaba que eran representaciones de las propias personas que salían en el documental!
No, no, no. Podrían serlo porque, ya te digo, son muy representativas, pero están basadas en unos cómics que cuentan el periplo de estos personajes. Son dibujos muy simples —que no sencillos—, simples en el sentido de que son muy directos. Maneja muy bien el color y, sobre todo, reflejaba muy bien la época con muy poco.
…





