Félix Calvo nos presenta [Las palmeras]


Entrevista y textos de Reyes Muñoz
Imágenes (c) cortesía de Auge Marketing

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¿Qué tienen en común la Ruta del Bakalao, el caso Alcàsser, la crisis de 2008 y la pandemia? El periodista Félix Calvo ha encontrado la manera de reunirlos en una historia sobre el mal. En Las palmeras, su primera novela, construye un relato que bebe del terror clásico para hablar de algo mucho más cercano: los miedos y los traumas que acompañan a cada generación. Hablamos con él sobre nostalgia, monstruos, periodismo y esa extraña capacidad que tiene la literatura de explicar el presente.

Le doy a grabar. Todo lo que digas ahora no es off the record, así que cuidado.

(Risas) Ya ves, mejor que quede registrado y que sepan que somos buena gente.

De eso va el libro también, ¿no?

Sí. El libro va de cómo el mal hoy crece o se alimenta literalmente de la maldad de los hombres. De la maldad de los hombres y de cuitas políticas, de la corrupción y demás. El mal es eterno, porque pasan treinta años y da lo mismo. Los mismos líos urbanísticos, los mismos líos de «te doy una licencia, no te la doy»… Ese tipo de cosillas son eternas.

El núcleo, o el personaje-lugar, es el esqueleto de un edificio que se quedó ahí colgado tras la crisis.

Sí. Es un sitio real. Soy de los niños de la crisis, por así decirlo. Salí justo en 2008 de la carrera y, en los primeros tumbos, estuvimos hablando con una empresa para llevar la comunicación. Era una inmobiliaria en Alovera, que es un pueblo de Guadalajara, que creció muchísimo durante el boom inmobiliario. Se vino mucha gente de Madrid, de Alcalá, de Torrejón, de las zonas periféricas… Decían que era el pueblo más joven de Guadalajara, se construía, se hacían hipotecas; era casi un sueño americano, todo chalés, casas grandes. Y cuando llegó el golpetazo, esa zona se quedó medio parada. Ese edificio, que todavía sigue en pie —estuve además hace poco y dije: «Coño, es verdad que sigue»—, se quedó así. Las viviendas de al lado fueron las que empezamos a intentar vender nosotros a través de internet. Era dificilísimo venderlas. Era 2010, llegó Paco con las rebajas, y se paralizó todo. Ahí se quedó el esqueleto con el que empieza la novela.

Y ahora, se habrá revitalizado todo eso…

Sí. Bueno, ahora muchísimos pueblos de Guadalajara, el Corredor del Henares, la zona que une Guadalajara con Madrid, está petadísimo, porque además hay mucho trabajo de logística. Si vas por la A-2, ves naves por todos lados. Eso da mucho trabajo. Entonces, pueblos como Alovera, que es grande para Guadalajara, aunque en otras zonas de Castilla-La Mancha sería un pueblo pequeño, tienen mucha vida. Son los pueblos del interior los que están más fastidiados. Pero, aun así, han crecido muchísimo, sobre todo desde la pandemia. Mucha gente quiso volverse al pueblo y, como además aquí hay muchas ayudas en Castilla-La Mancha si vives en municipios de menos de 5.000 habitantes, zonas como Brihuega, que es muy bonito, han recibido a mucha gente.

De hecho, ahora hay un problema de vivienda en el rural aunque hay casas vacías..

Sí, eso es verdad, ves casas que están casi en ruinas, pero no hay ni un «se vende» ni un «se alquila». Si me quisiera ir yo a vivir al pueblo, lo tendría complicado.

El tiempo

El tema central, o la obsesión, es el tiempo ¿no? Trabajas muchísimo los tiempos en los que se desarrollan las tramas. Explicas muy bien qué edades tienen todos los personajes. Nos sitúas en momentos que tienen mucho de autobiográfico, ¿no?

Sí, tienen un poquillo de mí todos los personajes. Los voy salpicando con mis miedos y mis cosillas. Lo peor de cada personaje es lo mío y lo bueno es inventado. Digo: «Voy a sacarlo por aquí, a ver qué pasa». Y sí, el tiempo es una cosa que siempre me ha traumatizado, desde pequeñito tenía mucho trauma con el paso del tiempo. Me acuerdo de que me regalaron un reloj de pulsera, no sé si por la comunión o algo así, y esa noche no dormí porque pensé que ya era mayor y que tendría que llevar un reloj como los mayores toda la vida. Dije: «Ostras, se me ha acabado ser un niño».

Ay, pobre… (risas). El terror se basa en un monstruo sin tiempo.

Vamos a hacer spoiler, porque lo he puesto en el subtítulo del ebook. El monstruo que he escogido son los vampiros, que están muy relacionados con el paso del tiempo. Ellos permanecen, pero los personajes van envejeciendo, van perdiendo cosas, van ganando otras. Es un poco el tema central que hay por debajo de la novela.

El tiempo y las crisis cíclicas… has escrito una novela de periodista, no solo por la datación de las crisis. Por ejemplo, Esther, que es uno de los personajes principales, tiene la capacidad de detectar las cosas que suceden a su alrededor hasta el punto de que ha aprendido a no verlas. Entonces, ¿son símbolos? Un periodista casi tiene que desarrollar esa misma capacidad de no ver lo que sucede al lado para no morir de estrés.

Pues sí, es un lamento sobre la vida del periodista, y especialmente del periodista autónomo. Los vampiros están a nuestro alrededor, consumiéndonos. Ahí está la base de toda la historia: intentar contar esa triste realidad. En ese sentido, decían que Bram Stoker escribió Drácula porque trabajaba para un actor que le estaba consumiendo la vida literalmente, y esa debió de ser su forma de sacarlo fuera.

Terrores generacionales

Y después están los hechos que marcaron a dos, tres generaciones. La Ruta del Bakalao, la pandemia, la crisis económica, el caso Alcàsser, que a mí personalmente, me metió el terror en el cuerpo.

Yo de pequeño veraneaba en Las Palmeras, que es un pueblo de verdad. De hecho, ahora he vuelto porque he recuperado desde hace unos años la costumbre de ir al mismo pueblo. Allí está Barraca, una de las discotecas más míticas. También Chocolate y Puzzle, que eran tres de las grandes de la Ruta.

Yo era muy pequeñito, tendría nueve o diez años, pero sí me llamaba mucho la atención que, cuando volvíamos de comprar el pan, veías a todo el mundo tirado en el aparcamiento durmiendo la mona. Yo decía: «¿Esta gente qué hace tomando el sol ahí si tiene la playa a trescientos metros?». Luego ya, cuando vas sabiendo más sobre el asunto, lo entiendes.

Y Alcàsser, sí, nos metió el miedo en el cuerpo a todos los que éramos niños entonces.
A mí me pilló también muy pequeño, tendría nueve o diez años, pero nos generó un miedo enorme a todos, especialmente a los niños, fue traumático, nos decían que nos cuidáramos porque era algo que nos podía pasar… Y, claro, si miras realmente la cantidad de gente que desaparece en España… Muchos vuelven a aparecer, otros ya no están entre nosotros, pero hay mucha gente que simplemente desaparece. En aquella época se explotó muchísimo el tema. ¿Te acuerdas de Quién sabe dónde?

Por supuesto, estuve de público. (Risas) No lo veía porque coincidía con el día del espectador, creo, pero tuve la oportunidad y me interesaba ver cómo se hacía la televisión. Y como programa de investigación era alucinante.

Pues piénsalo, era un síntoma de toda esa psicosis del momento. Piénsalo, ¡qué llegó a hacerse un programa sobre desapariciones en TVE cuando prácticamente era la única televisión que veíamos! Yo creo que nos marcó a todos, porque hables con quien hables tiene ahí el recuerdo del miedo que se pasó durante aquella época. Antonio Anglés llegó a ser más conocido y más malo que Drácula… hasta que desapareció en el mar del Norte.

Vale… Eso dicen.

Sí, eso dicen. Claro, es que en aquel momento era el hombre más buscado de España. Era el demonio. Aunque a lo mejor fue pura sugestión.

De eso también hay mucho en el libro.

Sí hay mucho de jugar con esos miedos. Pero estaban todo el día en televisión diciendo que se había fugado, que se le vio no sé dónde, que no sé qué… Luego dijeron que había muerto como polizón en un barco del mar del Norte y nos quedamos más tranquilos.

Pues no lo sé. Hay quien dice que lo ha visto de vez en cuando.

Me imagino que será un poco como las historias de «me encontré al rey en la carretera y me ayudó a cambiar la rueda». Estoy seguro de que muchísima gente, después de que supuestamente muriera, ha pensado que se cruzó con Antonio Anglés. Son las leyendas urbanas que se crean con historias así de traumáticas.

Narrativas del terror

Hay dos maneras de contar el terror en la novela. Voy a explicar que las tramas temporales se cruzan, saltan. Hay una manera de narrar muy ochentera, y en las tramas más cercanas, la forma de contarlo cambia. Incluso la forma en la que acabas la novela es muy siglo XXI. ¿Eso ha sido premeditado?

Me lo he ido encontrando mientras escribía. Iba diciendo, «Ah, coño, claro, si es que tiene que pasar esto». Sentía que me lo estaban contando. Sí que lleva a ese rollo narrativo la parte de los ochenta y los noventa. A mí Las Palmeras siempre me había recordado a Santa Mónica, el ambiente de Jóvenes Ocultos, ese rollito de localidad costera en el que yo vivía en verano, cuando estaba en ebullición, esa sensación de que no sabes si vas a encontrar a los amigos de otros años o si te van a reconocer. No es premeditado pero no creo que sea para nada casual. Luego la otra parte, la más actual, es un poco más seca. Es la forma que he tenido de interpretar los años en los que vivimos, en los que se nos ha ido un poquito la magia, la inocencia de los chavales de los noventa.

Tu hablas de Jóvenes ocultos, yo he pensado en Stranger Things, por ejemplo.

Lleva ese mismo rollito, sí. Es una referencia. Hace cuatro o cinco años, sacaron unas películas en Netflix, sacaron las tres de golpe, La calle del terror. Son muy disfrutonas. Me sucedió algo parecido a lo que pasaba en los noventa, que no teníamos ni puñetera idea de qué iba una película y de repente la encontrabas y decías, «Ostras, acabo de descubrir mi película». Me pasó eso, no las habían anunciado mucho, estaba basada en una serie de libros, pero bueno, de aquella manera.

La primera se desarrolla en 1994, la segunda en 1976 y la tercera se va al 1700 o algo así. Juega muy bien con ese tipo de narrativas. La de los 90 es más rayos láser y Scream, la de los 70 se va más a La matanza de Texas y esas cosas y la otra es rollo brujas y tal.

Es un poco ese el espíritu narrativo que yo traigo a la novela, también entra en el juego de la nostalgia de Stranger Things y de The Black Phone, por ejemplo. No la había visto en cine y la descubrí en plataformas y me encantó. Pero sí, juego con ese tipo de nostalgia, de escribir pensando en esos años, desde la distancia.

¿Y hay un esfuerzo en nutrirte de eso?

No, no, no me he esforzado, simplemente, me fue saliendo. Te digo la verdad, me encontré con películas que me gustaron y casi me propuse escribir un libro para divertirme, para mí. Pensé, «es que hace mucho que no veo un libro así, de terror de vampiros, disfrutón, que sea de vampiros de los que te quieren matar, no de los que quieren que te enamores de ellos». Iba escribiendo, iban surgiendo cosas y me iba gustando. Incluso lo de las localizaciones salió solo. Estaba de vacaciones y un día fui a lavar la ropa a una lavandería. Y me fijé en una ermita en mitad de un monte y pensé: «Coño, ¿qué será eso?». Empecé a buscar la historia y dije: «Jo, me viene perfecto». Fue surgiendo un poco por ahí.

¿Y había un guion detrás del libro?

Sí. La idea principal viene de mucho tiempo atrás, aunque en realidad no tenía nada que ver con esto. Hice un Interrail cuando todavía eran baratos, mientras estudiaba la carrera, y con un amigo pasamos una noche en un hotel de Calais antes de cruzar a Inglaterra. Daba muchísimo miedo. Las habitaciones ni siquiera cerraban bien. Me pasé toda la noche pensando: «Como entre alguien nos degüella aquí a los dos». Y ahí me vino la idea: «Joder, qué buena historia. Si fuera un vampiro o cualquier otro monstruo, montaría un hotel y, cuando llegaran dos chavales de veinte años a los que nadie va a echar de menos en unos días, me los llevo». No había tantos móviles cómo ahora. No llamabas todos los días. A partir de ahí fue evolucionando hasta convertirse en esta novela.

Es que hay un montón de personajes, tramas, subtramas…

Hice un pequeño esquema de por dónde quería ir, pero la historia fue fluyendo. Me iba encontrando con los personajes. A veces pensaba que uno iba a tener mucho peso y luego venía otro y me quedaba con él. Casi de casualidad empezaba a crecer. Por ejemplo, Chimo. Nació como una broma con Chimo Bayo, pero le fui cogiendo cariño. Empecé a meterle toda esa nostalgia de la tienda de plásticos, de las colchonetas… También conectaba un poco con Jóvenes ocultos, con los hermanos Frog y la tienda de cómics y Chimo fue ganando protagonismo. Así que hubo una mezcla entre planificación e improvisación.

La explosión del odio

Fíjate, hay mucha historia del confinamiento, pero no hay casi nada de las sensaciones previas a la explosión de la pandemia. Lo cuentas genial.

Los días anteriores fueron una película de terror, sí. Parecía una broma. Veíamos cómo iba creciendo todo. Pensabas: «Es imposible que nos encierren». Hasta que empiezas a ver que la cosa va en serio y dices: «Ostras…». Me acordé mucho de cuando estudiaba en Madrid, durante la gripe A. Veías noticias y pensabas: «Esto es lo típico que ocurre hasta que llega el apocalipsis». Luego aquello se desinfló. Pero con el COVID tuvimos exactamente esa sensación… y esta vez sí que nos comimos nuestro pequeño fin del mundo.

Además describes muy bien la manera en la que todos éramos sospechosos.

Sí. Ahora contamos mucho que estábamos aburridos, que grabábamos vídeos en casa… Pero lo previo y las primeras semanas fueron auténtico pánico. Además, ahí fue cuando empezó de verdad la polarización. Venía de Estados Unidos, pero entonces nos pusimos a tope con el odio por un lado y por el otro. Los grupos de WhatsApp de aquella época eran para perder amigos de toda la vida.

Creo que llegó un momento en el que dijimos: «¿De qué hablamos?». De fútbol no podías hablar. De cine, poco, porque ya no había estrenos. Parecía que se iba a acabar todo. La cosa se puso muy fea y creció muchísimo el odio entre las personas. Me acuerdo de que en Guadalajara sacaron coches con música para animar a los niños. Entrabas en redes sociales y los ponían a caldo: «Es una vergüenza que estén con música cuando se están muriendo miles de personas». Joder, tranquilicémonos un poco. Un niño de diez años no tiene que estar pendiente de eso; necesita un poco de esperanza. Pero todo se volvió bastante salvaje.

Yo tengo perro y escuchaba: «Ya está otra vez». La policía de balcón hizo estragos.

Yo salía todos los días por mi padre. Vivía con mi madre y mi tía, que estaba en el piso de al lado. Todos mayores. Así que todos los días iba a comprarles el pan, lo que necesitaran… La gente decía: «Compra para una semana». No habían comprado para una semana en su vida, no ibas a poner ahora a un señor de noventa años a cambiar de costumbres. Aquí Guadalajara es una ciudad, pero también un pueblo. Más o menos nos conocemos todos, sobre todo en el centro, así que tampoco teníamos la sensación de que nos estuvieran vigilando tanto. Pero sí, los que teníais perro eráis el objetivo. «Es que ya lo has sacado cuatro veces». Pues claro, tendrá que salir. De todo eso saqué la idea del mal.

Hemos hablado de terror, de los males de nuestros tiempos, corrupción, odio… de monstruos… del tiempo, del periodismo implícito en el libro… Yo no quiero hablar de las historias para no destripar el libro, porque la gracia está en irlas leyendo. Así que te invito a que si tú quieres añadir algo más, hables.

Lo que tú dices, invito a la gente a leer el libro. No tiene grandes pretensiones, es un libro para pasar un rato divertido.. En este libro los vampiros se alimentan literalmente del mal. Sí trata temas como la corrupción, Alcàsser, el odio que podemos llegar a tener entre nosotros, la policía de balcón… Pero, en el fondo, es una lectura ligera, un libro para verano, para sacarte una sonrisa y pensar: «Pues sí, me apetecía leer una historia de miedo».

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