Video games as cultural spaces: playing, watching and sharing
Los videojuegos llevan décadas intentando quitarse la etiqueta de pasatiempo solitario, y lo están consiguiendo a base de comunidades, rituales compartidos y una dimensión cultural cada vez más grande.
Hay algo que el cine tardó décadas en lograr y que los videojuegos han conseguido en un tiempo récord: convertirse en un lenguaje común. No hablamos solo de referencias compartidas entre amigos o de memes, sino de algo más profundo y más difícil de articular. De esa sensación de pertenecer a algo más grande, a una cultura. Porque jugar, a día de hoy, es también una forma de estar en el mundo: de compartir, de comentar, de construir una identidad colectiva en torno a experiencias que, en apariencia, parecen puramente individuales.
Y ese mundo tiene muchas puertas de entrada. De hecho, no todas pasan por tener un mando en la mano. Cada vez más personas se han acercado a esta cultura desde el otro lado del cristal: como espectadores. Ver a otros jugar, comentar en directo, reaccionar junto a miles de personas simultáneamente… Esa es, en esencia, la misma experiencia social que sentarse alrededor de una hoguera para escuchar una historia, solo que ahora el suelo es una silla y la hoguera es tu setup gaming, o tu móvil, o tu tele.
Una cultura que se construye en grupo
Lo verdaderamente fascinante de los videojuegos es que, como fenómeno cultural, han conseguido dar forma a sus propios rituales, su propio vocabulario y sus propios referentes. Streamers que se convierten en narradores de una historia que se comparte a nivel colectivo, comunidades que debaten durante semanas sobre un giro de guion, sobre una decisión de diseño o incluso sobre las nuevas políticas de una empresa (que se lo digan a Sony), foros donde se diseccionan cada mecánica como si fueran textos sagrados… Ciertamente, no es muy diferente de lo que ocurre con el fútbol, la literatura o el cine. Y es que la experiencia no termina cuando se apaga la pantalla, sino que continúa, muta y crece con las conversaciones.
Conversaciones que, además, alcanzan unas dimensiones asombrosas. Plataformas como Twitch reúnen a millones de personas en torno a transmisiones en directo donde el espectador no es pasivo. Puede votar, comentar, reaccionar e incluso influir en lo que sucede en pantalla. Es un modelo de entretenimiento que se construye sobre un proceso de cocreación constante, donde el creador lidera pero la audiencia también es protagonista. Una situación que genera vínculos que van mucho más allá de compartir gustos, porque consiguen generar un sentimiento de pertenencia. Son comunidades que se reconocen por emojis, por memes, por expresiones que no tienen sentido fuera de ese círculo y que, precisamente por eso, refuerzan el lazo entre sus miembros.
Lo que estamos viendo no es una moda, ni mucho menos. Aunque le quedan muchas batallas por pelear para seguir manteniendo su peso cultural, más aún con unas compañías que parecen empeñadas en complicar su registro histórico y preservar su valor, el videojuego se está consolidando como un medio que ha encontrado su propia forma de ser como cultura, como arte, como entretenimiento y como comunidad.



