Las paradojas medioambientales


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Texto de BiPaul
Imágenes Banco de Imágenes del INTEF

Hablamos sobre el cambio climático desde que me acuerdo. Al Gore, en 2006, se dedicaba a hacer rular su documental “Una verdad incómoda” por medio mundo (el otro medio mundo no tenía dinero para comer, así que no estaba para pensar en huellas ecológicas). Pero antes, en 2004, la 20th Century Fox distribuía “The day after tomorrow” que nos explicaba lo que ocurriría si no cambiábamos de mentalidad.

Las dos películas reflejaban un interés general del que participábamos todas las personas de bien del primer mundo. En 1997, 141 países se comprometían a reducir las emisiones de CO2 con la firma del Protocolo de Kyoto. En 2005 se ratificaba: Entre 2008 y 2012 los niveles estarían por debajo de los de 1990. Pero llegó la crisis y la destrucción de la capa de ozono pasó a ser un problemilla secundario. Así, los objetivos se trasladaron a la Agenda 2030.

Es difícil ser eco y no hundirse en un mar de paradojas

En plena pandemia mundial desde las enormes multinacionales llegan mensajes en pro del cambio al uso de energías limpias. Y no porque estemos haciendo de este mundo un infierno (literal), sino porque ahora las renovables ya son “ejes estratégicos prioritarios” de las energéticas. Esto lo dice Roberto Cabrera, director de Financiación de Acciona, según destaca un artículo publicado en El País. En la actualidad, según leemos, la producción solar fotovoltaica es un 82% más barata que hace una década, mientras que los costes de la eólica han bajado un 47%. “Dio’ no’ libre del dinero (Queriendo, queriendo, queriéndolo)”, que dice Rosalía.

La especie humana y el fin del mundo

En el confinamiento, los pájaros cantaban por la mañana, los verdes de los árboles eran verdes, algunos oscuros, otros esperanza y unos pocos, verde limón. Llovió y el ambiente se limpió y pese a las olas de calor de finales de julio y principios de agosto, no hemos soportado los calores nocturnos de otros veranos. Corrían jabalíes y ciervos por las ciudades y se sucedían un largo etcétera de fenómenos que hacían más soportable el aplauso de las ocho.

Por tanto, y puesto que con todos metidos en casa, el mundo cambiaba a mejor, la manera de salvar el planeta sería exterminando a los humanos. O al menos, exterminando a una parte importante de la especie humana, como explican en Utopía, la serie que podéis ver en Filmin y que plantea la idea de lanzar un virus mundial y una cantidad limitada de vacunas. No es un buen plan. Y no es negociable. Por eso usamos la mascarilla: Ni queremos morir nosotros, ni queremos que los demás mueran.

Queremos que los demás vivan y deseamos tener la vida de siempre. Atrás quedan los tiempos en los que nos conformábamos con abrazar a nuestros seres queridos. Queremos ir en coche, en tren y en avión. También queremos que vengan los turistas para poder trabajar. Y al mismo tiempo, deseamos salvar el planeta.

Los ciudadanos y ciudadanas exigimos la inversión en energías renovables.

Y los gobiernos dicen que hay que invertir en renovables. Y las empresas dicen que hay que invertir en renovables. Porque a las empresas, es decir, a los fondos privados, les gusta llegar con la mesa puesta: como veíamos antes, con unos costes bajos. Hasta que no es rentable invertir en renovables, la propuesta no forma parte de la estrategia empresarial privada. Y parece que ahora es rentable. Una buena noticia para el planeta.

El gobierno enviaba hace unos días al Congreso la “Ley de Cambio Climático y Transición Energética” y remitía a Bruselas el Plan Nacional Integrado de Energía y Clima (PNIEC), que contemplaba la cifra de 241.000 millones de euros en inversiones y la creación de 350.000 puestos de trabajo. La Asociación de Empresas de Energías Renovables celebraba esta iniciativa, aunque metía prisa. El presidente de la Asociación es Santiago Gómez Ramos, de ACCIONA.

Las energías “limpias” no existen

Ciudades como Madrid, con un bajo índice de industria y un alto nivel de contaminación, nos demuestran que nosotros, como individuos, somos los principales agentes contaminantes. Los coches contaminan. También lo hacen las calefacciones y aires acondicionados. Cada avión que llega al aeropuerto, contamina. Los cruceros que llegan a los puertos, contaminan. Contamina la comida, contaminan las bolsas, contamina la basura que generamos. Y cuando llenamos la bolsa de la compra reutilizable de magdalenas que van en una bolsita individual, contaminamos. Cuando depositamos nuestra bolsa amarilla en el contenedor amarillo, contaminamos.

Hay muchas maneras de generar energía eléctrica. Se considera energía limpia a aquella que no provoca emisiones de CO2, es decir, la de fuentes renovables y la que procede de las centrales nucleares, tema peliagudo este. ¿Por qué es un tema peliagudo? Porque aunque no hay emisiones de CO2, implica la gestión de los residuos que son muy peligrosos para la vida y difíciles de eliminar. Dicho esto, en marzo de 2019, por poner un dato medio, la generación procedente de fuentes de energía renovable representó el 43,5% de la producción. Con la contribución renovable sumada a la nuclear, el 70,9% de la producción eléctrica procedió de tecnologías que no emitían CO2. El resto se produjo con combustibles fósiles y con gas natural (ciclo combinado).

La paradoja de los coches

En El lobo de Wall Street veíamos, en la escena del boli, que la mejor manera de vender algo es generando una necesidad. Lo cuerdo y eco es pensar que si todos tuviéramos un coche eléctrico, reduciríamos los gases de efecto invernadero. ¿Y cómo conseguimos que todos cambiemos de coche? Pues prohibiendo la venta de gasoil, o la entrada de coches que usan petróleo en las grandes ciudades, por ejemplo.

Parece una idea fantástica hasta que nos da por pensar en que nuestro coche es de gasoil y tira diez años más. ¿Qué genera un mayor coste medioambiental? ¿Cambiar nuestro coche diésel por uno nuevo? Un coche eléctrico también tiene chapa, pintura, asientos y batería… ¿Dónde van los coches sustituidos? ¿Se lanzan al espacio? ¿Se entierran en el desierto? ¿Se convierten en basura? ¿Y cómo se producen los coches eléctricos? ¿No deja huella medioambiental su construcción? ¿Se puede curar el planeta generando nuevas necesidades de consumo? Numerosos estudios en todo el mundo han llegado a una misma conclusión: solo si nuestro coche tiene unos trescientos mil kilómetros o supera los veinte años de vida, al medio ambiente le renta el cambio.

Si las propias industrias que nos los vendieron se encargaran de destripar nuestros vehículos viejos para aprovechar lo máximo de ellos, se reduciría significativamente su huella. Pero es un proceso caro, que no interesa económicamente a los productores. Por ello, se envían a centros autorizados de tratamiento de vehículos (desguaces) donde un 80% de sus componentes se reciclan. Este proceso deja huella. Resulta curioso que la idea de reutilización o transformación de vehículos no sea “eje estratégico prioritario”.

Si no cambiamos de coche, es más, si nos damos cuenta de que no necesitamos coche (el 90% de su vida útil, está parado) porque lo usamos muy poco y podemos apañarnos con los compartidos, por ejemplo, cerrarían las plantas y multitud de trabajadores se irían a la calle. Y nadie quiere eso.

El biodiésel, la solución envenenada

¿Hay alguna alternativa que haga que nuestros viejos coches sean menos contaminantes? Sí, sí la hay. Se trata del biodiésel. Pero…

A la vez que nos saltaba en el youtube la campaña del orangután bebé que explicaba a una niña que si usaba champú y gel destruía su hábitat, el uso de aceite de palma en la fabricación de biodiésel crecía un siete por ciento.

Desde Ecologistas en Acción advierten: “Los conductores europeos queman cien veces más aceite de palma en sus depósitos que en los cuarenta mil millones de galletas Oreo que se consumen en todo el mundo cada año. En 2019 el consumo de aceite de palma para fabricar biodiésel en la UE aumentó 7%, alcanzando un máximo histórico de cuatro millones y medio de toneladas”.

En 2009, Europa fomentó la mezcla de biocombustibles con combustibles fósiles. Era una respuesta ecológica, dado que nuestro vehículo alimentado por el biodiesel emite un ochenta por ciento menos CO2 que el diesel. La tendencia, explican desde Ecologistas en Acción, es que en los últimos diez años, el consumo de los aceites vegetales (colza, girasol, soja y palma) para la industria alimentaria y oleoquímica se ha estancado en doce millones de toneladas por año. Al mismo tiempo, ha ido aumentando en la producción de biodiésel hasta cerca de los doce millones de toneladas. Ya no es la niña la que destruye el hábitat del bebé orangután comiendo galletas o lavándose la cabeza, sino el coche de su papá: En España, el 92% del aceite de palma importado se utiliza para la producción de biocombustible.

Según el informe «Más palma y colza en nuestros depósitos que en nuestros alimentos. Diez años de las políticas de biocombustibles de la Unión Europea», elaborado por la federación europea Transport & Environment (T&E) y Ecologistas en Acción, el biodiésel a base de cultivos agroalimentarios emite un ochenta por ciento más de emisiones de gases de efecto invernadero que el diésel fósil. ¿Cómo es posible que el biodiésel sea más contaminante que el diésel? En palabras Cristina Mestre, coordinadora del área de biocombustibles de T&E: “Esta política fallida de biocombustibles eleva los precios mundiales de los alimentos, impulsa la deforestación y el cambio climático, y amenaza tanto a las especies en peligro de extinción como a las comunidades locales”.

Sin conclusión

Leía artículos mientras escribía este reportaje y mi objetivo era llegar a una conclusión que se pudiera adaptar a los “ejes estratégicos prioritarios” de las empresas privadas energéticas, que no destruyera puestos de trabajo y que fuera realmente eficiente para el medio ambiente. Pero no hay manera. Supongo que me darían un Nobel si lo hubiera conseguido.

El principal escollo es el de los ejes estratégicos prioritarios. Las empresas energéticas son el coco: los políticos las temen más a ellas que a nosotros, sus votantes. No olvidemos el maldito impuesto al sol, que entre 2015 y 2018 supuso un enorme retroceso para la instalación de renovables en un país en el que tenemos sol hasta cuando llueve, y viento hasta cuando no sopla y a pesar de ello, sufrimos de una gran dependencia energética. El pastel ecológico debe resultarles a las energéticas económicamente interesante. Mientras eso no ocurra, no habrá una evolución hacia la sostenibilidad.

El segundo escollo es el del empleo. Sin consumo –que es la principal causa de la huella ecológica individual– no hay producción y sin producción, no hay beneficio y las empresas despiden a sus trabajadores. No solo es un drama familiar, es también un coste para el Estado, que paga el paro de los trabajadores y deja de percibir los ingresos sociales de sus nóminas.

En base al consumo se inventó la obsolescencia programada: A todos se nos ha roto el lavavajillas eco a los cinco años, hemos llamado al técnico y nos ha dado un presupuesto que se acercaba mucho al coste de la compra de un lavavajillas nuevo. El lavavajillas es necesario para reducir nuestra huella, porque gasta menos agua en un ciclo que un lavado a mano de una cazuela. Todo es muy paradójico, sí.

Ante esos escollos, podemos evitar las bolsas de plástico, no usar el coche, evitar poner el aire acondicionado, usar el lavavajillas, separar la basura… en definitiva, podemos tratar de ser consumidores responsables. También podemos presionar como ciudadanos para exigir que se investigue y se implementen las energías renovables: con nuestros impuestos y con nuestro consumo. Pero poco más. El cambio debe llegar desde la propia filosofía empresarial, es decir, que sus “ejes estratégicos prioritarios” no se basen únicamente en el beneficio económico, sino en el beneficio social y medioambiental y que no tengan una visión cortoplacista.

Ser emprendedor es buscar la innovación, el cambio, invertir el beneficio para crear más empresa, pensar en que quizás, lo que diferencia tu empresa de la competencia es la aplicación de una auténtica ética corporativa. En el confinamiento nos repitieron mil veces que por encima de la economía estaba la salud. Y podríamos añadir que la salud individual depende, en un porcentaje altísimo, de los factores ambientales. Podemos tratar como pandemias el ictus (se producen quince millones al año, que generan cinco millones de muertes y cinco millones de personas que lo sobreviven con secuelas graves), o el cáncer (al que se atribuyen unos nueve millones de muertes al año), ambas dolencias con un trasfondo ambiental y de consumo.

Es necesario un cambio en la mentalidad empresarial. A nosotros nos pidieron que nos quedáramos en casa para curar a la humanidad, y lo hicimos, perdimos dinero en este tránsito, tuvimos miedo (y lo tenemos) por nuestro futuro a corto, medio y a largo plazo, pero lo entendimos y nos quedamos en casa. ¿Por qué es tan difícil trasladar esta idea del bien común a las altas esferas de las grandes empresas?

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