Texto de Reyes Muñoz
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Siempre he sostenido una premisa que parece inamovible en la estética contemporánea: el arte es lo que el artista decide que es arte. Bajo este prisma duchampiano, la obra no depende del contexto en el que se exhibe, tampoco de la consagración de una firma o de la validación institucional. Depende exclusivamente del impulso de un artista, y esa es la puerta que no pienso cerrar, porque en ese juego de intenciones, tensiones y provocaciones también hay un arte sumamente necesario para sacudir nuestras estructuras intelectuales.
Sin embargo, limitarse a esa definición es dejarse fuera un universo. Existe otra dimensión donde los cables de la lógica institucional se cortocircuitan. Es el territorio que explora de manera magistral la obra APUD. Textos críticos sobre Arte Casual en la obra de Ferrer Lerín. Aquí tropezamos con un arte que no depende de la intención de quien lo hace, sino de la mirada de quien lo observa. Cuando el azar dobla una chapa en la calle, no hay voluntad artística en el emisor. El verdadero acto creador se traslada al receptor: es el espectador atento quien rescata ese objeto del ruido cotidiano y lo dota de una dimensión mística.
Es precisamente en este punto de fuga, donde la autoría se diluye y la mirada lo redime todo, donde engarza a la perfección Sobre el arte infantil, el ensayo de Raúl Herrero publicado por Libros del Innombrable.
La mirada pura: fundamentos de Sobre el arte infantil
El libro de Raúl Herrero se enfrenta al dogmatismo académico. Su tesis central es radical y luminosa: el arte de los niños no debe entenderse como un mero ensayo imperfecto de lo que será la representación adulta, sino como una de las manifestaciones estéticas más libres, puras y visionarias que existen por derecho propio. En cada crítica del libro, y en la cubierta, se rescata una frase de Picasso que explica ante lo que estamos: «Me llevó toda una vida aprender a dibujar como un niño».
Herrero, que durante una década dirigió el certamen de arte infantil Espacio Ralo, no teoriza desde la abstracción fría. Apoyándose en las ilustraciones de su hijo, Hermes Antonio, defiende que el niño pinta bajo el dictado de una necesidad interior, ajena a los corsés utilitarios de la sociedad de consumo. El niño no busca cotizar en bolsa ni exponer en ARCO; pinta porque necesita procesar la realidad a través del símbolo. Su lienzo es un tejido vivo e interconectado: «¿En qué momento dejamos de pintar paredes para empezar a levantar muros?».
La herencia de las vanguardias y el «misticismo» de Kandinsky
Esta defensa de la mirada infantil no es un capricho naïf. Herrero explica cómo las grandes vanguardias del siglo XX se miraron en el espejo de la infancia para salvar al arte de la decadencia materialista. Y, si bien aparecen nombres como Gauguin, Paul Klee, el Grupo CoBrA y movimientos como el Dadaísmo, el Surrealismo, el Postismo o el Art Brut, a mí me apetece detenerme en Kandinsky porque constantemente pensaba en él mientras leía.
Mientras una concepción cada vez más positivista y materialista del mundo reducía la realidad a lo mensurable, lo medible y lo palpable, Kandinsky buscó en De lo espiritual en el arte la vibración invisible de las cosas. Lo revelador es que esta búsqueda mística estuvo ligada al arte de los niños. Junto a Franz Marc, en el movimiento Der Blaue Reiter, Kandinsky fue de los primeros en coleccionar dibujos infantiles de forma seria, colocándolos en su famoso Almanaque al mismo nivel que las obras de vanguardia. No los veía como balbuceos, sino como piezas cargadas de una geometría sagrada y arquetípica (aquí entroncamos, extrañamente, con Hermetismo y ciencia, de Alberto Pitarch). Y esto fue fundamental para llegar a la abstracción pura. También lo fueron la música, la teosofía, el simbolismo y el folclore ruso. Y, sobre todo, Kandinsky no era un ingenuo. Su reivindicación de la mirada infantil no nace del desconocimiento de la razón, sino de la decisión consciente de ir más allá de ella.
Tanto para Kandinsky como para Herrero, el dibujo infantil y la abstracción comparten una raíz común: la convicción de que la realidad física es solo el velo de un misterio mucho mayor que el arte debe descifrar.
Los límites del asombro
Ahora bien, un ensayo tan militante y combativo como el de Raúl Herrero no está exento de debate. Una crítica justa a su obra debe señalar que, al sacralizar la pureza del arte infantil y el «arte sin intención», se corre el riesgo de subestimar el innegable valor del arte academicista y de la técnica madurada. Raúl Herrero pone la venda al final de su ensayo. No, no busca infravalorar la imitación virtuosa de la naturaleza, o el dominio absoluto de la perspectiva, el estudio anatómico o la maestría en la técnica. Introduce matices y no reduce la academia a un mero castrador de la creatividad, ya que hacerlo resultaría tan reduccionista como lo otro, lo de despreciar el dibujo de un niño porque no tiene una intención artística.
Por todo ello, el valor de este ensayo es indudable. En un primer cuarto del siglo XXI dominado por la técnica utilitaria, el mercantilismo cultural y la prisa, Sobre el arte infantil se erige como un refugio de resistencia intelectual. Nos invita, en definitiva, a desaprender lo impuesto para volver a salir a la calle con los ojos limpios, dispuestos a dejarnos sorprender tanto por el trazo espontáneo de un niño como por la belleza casual de una chapa oxidada en mitad de la acera.




