[Hermetismo y Ciencia] de Alberto Pitarch


Texto de Reyes Muñoz
Más info: https://www.librosdelinnombrable.com/producto/hermetismo-y-ciencia/

El relato más extendido sobre el inicio de la ciencia moderna nos ha vendido un mito reconfortante pero incompleto: que nació de una ruptura abrupta y heroica con el pensamiento mágico, una suerte de «despertar racional» donde la luz de la lógica desterró las tinieblas de la superstición. Sin embargo, cuando se examinan los archivos privados, las cartas y las verdaderas obsesiones de los padres de la revolución científica, la realidad resulta ser infinitamente más fascinante.

En Hermetismo y ciencia, el investigador Alberto Pitarch levanta el velo del racionalismo ingenuo para mostrarnos que la física, la astronomía y la química modernas no surgieron del combate con el hermetismo, sino que se nutrieron de él. El mayor mérito del libro no es demostrar que «el hermetismo tenía razón», sino que la historia real fue mucho más híbrida.

¿Qué es el hermetismo?

Reconozco que llegué a este libro con prejuicios y quizás me animé a leerlo por la calidad de la fuente. El hermetismo no es una colección de recetas mágicas o de astrología popular, sobre no sé qué de Hermes Trismegisto y no sé cuál del Egipto helenístico. Seguramente comparto con muchas personas que leen este artículo esa inquietud de quien capta cierto olorcillo a secta rara. Por ello, antes de adentrarnos en el viaje histórico, es imprescindible definir el terreno. No, no hablaremos de horóscopos ni de rituales extraños, sino de una estructura de pensamiento que, guste o no, fue uno de los andamios sobre los que se construyó buena parte de la ciencia moderna.

En su núcleo, el hermetismo plantea un modelo analógico de la realidad fundamentado en la correspondencia entre el macrocosmos (el universo) y el microcosmos (el ser humano): la máxima de «como es arriba, es abajo». En un momento en el que la ciencia aún no se había atomizado, esta tradición entendía el universo como un tejido vivo y unificado. Lejos de concebir la naturaleza como un engranaje mecánico e inerte, la interpretaba como una estructura orgánica e interconectada.

Bajo esta perspectiva, la realidad física no es muda. El universo funciona como un gran mecanismo lleno de patrones y conexiones que el ser humano puede llegar a comprender si une dos cosas: un estudio matemático y lógico muy riguroso junto con su propia capacidad de asombro y observación atenta de la realidad.

La editorial

Antes decía que para tragarme semejante tocho ha sido fundamental la fuente. El libro ha sido publicado por la editorial zaragozana Libros del Innombrable, dirigida por Raúl Herrero, dentro de la colección «Aleteo de Mercurio». Tanto la editorial como la colección y el propio autor se sitúan en un espacio intelectual muy definido. Frente al mercantilismo cultural y las modas ideológicas, esta colección reivindica un hermetismo de carácter sapiencial, artístico y ontológico.

De la revolución celeste a la gravedad oculta

Superados los prejuicios acerca del hermetismo y de la fuente, nos centramos en su autor. Para sostener sus tesis, Pitarch no recurre a la fe ni a la abstracción; recurre a la historia pura y dura. La idea principal que recorre cada página es que el verdadero progreso humano ocurre cuando la ciencia y el asombro por «lo sagrado» van de la mano. Conviene explicar qué es «lo sagrado»: es una actitud mental y existencial ante la naturaleza compartida por todos los sabios que dan cuerpo al libro, de Copérnico a Newton. Así, Pitarch estructura su ensayo en un viaje cronológico impecable a lo largo de los siglos XVI al XVIII. Algunas de las ideas que documenta con abundantes fuentes son las siguientes.

Nicolás Copérnico, al colocar al Sol en el centro, además de resolver uno de los problemas científicos más decisivos de todos los tiempos, rescató la teología heliocéntrica del hermetismo; de hecho, tardó más de dos décadas en publicar sus teorías por miedo al pensamiento imperante. La impresión que deja esta lectura es que la revolución cosmológica partió también de una intuición mística.

Por su parte, Tycho Brahe, al tiempo que mapeaba las estrellas del firmamento, estudiaba la transmutación de los metales. Johannes Kepler no buscaba formular las leyes del movimiento planetario, sino hallar la Música de las Esferas, convencido de que Dios había creado el cosmos bajo una armonía geométrica y musical perfecta. Si Copérnico fue el teórico y el místico-matemático, Galileo fue el observador, el experimentalista y el divulgador combativo. Apuntó su telescopio al cielo, vio las lunas de Júpiter y las fases de Venus, y afirmó que la naturaleza era un «libro escrito en caracteres matemáticos».

El siglo XVII estalla con la utopía de una reforma espiritual y científica global. A través de figuras como Fludd, el hermetismo se presenta como una gran síntesis del saber humano, donde la música, la medicina y la cosmología se unificaban en un solo mapa de la realidad; es ahí donde se sitúan los Manifiestos Rosacruces.

En plena Revolución Inglesa, astrólogos de Estado como William Lilly o alquimistas como Thomas Vaughan muestran que la observación empírica y la mística interior no estaban reñidas, mientras coleccionistas como Elias Ashmole salvaguardaban el legado hermético antes de que la naciente ciencia racionalista lo relegara.

El clímax del libro analiza la aparente paradoja de la modernidad. Boyle, el «padre de la química», pasó buena parte de su vida buscando la transmutación alquímica. Newton dedicó una enorme cantidad de tiempo a la alquimia y al estudio del Templo de Salomón. De hecho, su concepto de la gravedad —una fuerza que actúa invisiblemente a distancia— fue inicialmente rechazado por algunos racionalistas franceses por considerarlo un concepto «demasiado mágico».

El hermetismo aportó a la ciencia el motor de la curiosidad ilimitada, la confianza en que el universo es coherente e inteligible y la convicción de que existen leyes invisibles gobernando la materia visible. Separar la ciencia de su dimensión trascendente y espiritual no la hizo necesariamente más libre; también contribuyó a convertirla en una técnica utilitaria, privando al ser humano de una determinada experiencia de lo sagrado, entendida de formas muy distintas según la época: divinidades múltiples, un único Dios, un demiurgo o la propia geometría del universo.

¿Dónde estaría el mundo de no ser por esos extraños pasatiempos, ideas y fundamentos? Esos sabios están ahí para sostener la tesis de Pitarch. Mi conclusión tras la lectura es la misma que antes de la lectura, para qué engañaros: cuando el científico no reduce la realidad a una visión exclusivamente materialista y contempla el universo con capacidad de asombro, su horizonte intelectual se amplía.

Una bofetada a toxicidades varias de nuestro tiempo

Esto no lo dice Pitarch, lo digo yo. El libro es un ejercicio de justicia histórica y un bálsamo de cordura intelectual. Nos devuelve un pasado donde la razón y el misterio se abrazaban sin miedo y arrebata con elegancia y rigor los símbolos sagrados de las garras de los extremistas, los negacionistas, los conspiranoicos y los iluminados adscritos a corrientes identitarias que pretenden apropiarse de los símbolos tradicionales y la mitología para avalar sus tesis, excluyendo todo aquello que no les interesa (y que está, negro sobre blanco, en el libro).

No es nuevo: los ideólogos reaccionarios del siglo XX intentaron utilizar el rechazo a la modernidad para justificar el odio, el etnonacionalismo, la intolerancia y la creación de jerarquías sociales excluyentes. No es nuevo, pero en el primer cuarto del siglo XXI esas ideas encuentran un inmenso altavoz en las redes sociales y oídos dispuestos a escucharlas. La respuesta que ofrece este libro resulta demoledora. Ojalá lo lean y dejen de alimentar a su rebaño con esoterismo de pacotilla.

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