[Historias del buen valle] de José Luis Guerin


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Texto de BiPaul
Foto [c] Oscar F. Orengo

«Los sueños y conflictos que viven los personajes de esta película son identificables en cualquier periferia del mundo. La vida en los márgenes implica carencias pero también preserva singularidades, formas de resistencia y de vida que fueron erradicadas del centro. Ahí reside el reto más estimulante y ambicioso que se me plantea como cineasta: el que un barrio humilde y desconocido pueda servir para dar cuenta del mundo entero, tal y como la observación de una hoja puede llevar a comprender la totalidad del árbol».

José Luis Guerín rodó durante tres años en Vallbona, en el extrarradio de Barcelona. El barrio está atravesado por torres eléctricas. Es una isla que limita con agua, carreteras y vías ferroviarias, que nutren de servicios y mano de obra el centro urbano. Lo decía Guerín en una entrevista: que los que vivimos bien en los centros es gracias a estos enclaves en los que los servicios básicos brillan por su ausencia.

El de Guerín es un barrio que creció con las personas migrantes del sur de España, que construyeron sobre la marcha sus casas, y que actualmente crece gracias a las migraciones americanas, africanas y europeas. A estas alturas quizás estés pensando en Torre Baró, el barrio de El 47. Las dos películas tienen fondos parecidos, pero formas diferentes. De alguna manera, Historias del buen valle puede convertir en naíf el recuerdo de la película de Marcel Barrena, con su lucha, sus héroes y su final apoteósico, muy de cine mainstream.

Historias del buen valle no es puro registro, pero sí es pura realidad. No es relectura o literatura de una historia. Lo que exhibe Guerín no son luchas, solo supervivencias, no son héroes, solo personas que habitan un universo en las fronteras de lo urbano y lo rural. Y no hay final apoteósico, más allá de la preocupación por aquello de que el paso del tiempo erradique una forma de vida que ya solo existe en el buen valle. El buen valle es un nombre inventado y genérico, que da dimensión universal a Vallbona, un patrimonio de todas las grandes urbes.

La película se construye de historias. Guerín demuestra que hay mucha belleza en escuchar y en poner atención en los ojos, la boca y los gestos de quien habla. Parece mentira que en esta película, que se genera sola y tiene sentido en manos del director –que trabaja mucho el montaje–, lo más importante haya sido el casting, tan importante ha sido que forma parte de la cinta exhibida.

La flor de Guerín

Me está costando una barbaridad escribir este artículo. Guerín te lleva con su cine a unas reflexiones muy pintorescas. Pienso que con cada nueva película del director, los cines deberían programar en sesión continua todas sus películas, ordenadas o desordenadas. Quizás obtendríamos una experiencia parecida a la de La flor, de Mariano Llinás, pero sin los humitos de genio del argentino. Me parece que veríamos una película inacabada con esencia de interminable, sobre la observación del paso del tiempo, la persecución de personas y vistas, la indagación en la memoria singular y universal, y la vida cotidiana.

Con Historias del buen valle la crítica se ha acordado de En construcción (2001), quizás porque es su película más conocida: de hecho ganó un Goya a la mejor película documental. En ella se dedica a observar durante años la construcción de un edificio en el barrio del Raval de Barcelona. Por ahí quedan Los motivos de Berta (1984) y Tren de sombras (1997). En la filmografía de Guerín encontramos raíces y ramas, pero sin tronco. En la ciudad de Sylvia (2007) la cámara de Guerín persigue a un hombre que pasea por Estrasburgo mientras este busca a una mujer, pero en Guest se persigue a sí mismo mientras recorre los festivales en los que presentó En la ciudad de Sylvia. La última película hasta la fecha era La academia de las musas (2015): con rostros, miradas, testimonios e intimidades que también son el espinazo de Historias del buen valle.

José Luis Guerín ocupa su lugar, es un género. Con él no se puede echar mano de frases manidas del tipo «su importancia en el cine español», «su papel en la cinematografía europea», etcétera. Su obra se sitúa entre el documental, el ensayo cinematográfico y la ficción, y posiblemente sea mucho más influyente de lo que yo creo. Para saberlo, quizás deberíamos preguntar a cineastas como Arantxa Echevarría o Carla Simón, al Juan Cavestany de Madrid Ext. Cuando le han preguntado a él sobre sus influencias, lo que dice es que siempre lleva encima el libro Notas sobre el cinematógrafo de Bresson. Yo qué sé.

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