Instrucciones para… vivir y dejar de sobrevivir


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Entrevista de Covadonga Carrasco
Fotografías (c) de cortesía de La cuarta pared de Sandra Nieto e Irene G. Lara

Desde 23/10 hasta 15/11. Sala Cuarta Pared. Madrid.

Cuando salí de Instrucciones para caminar sobre el alambre, justo antes del confinamiento, sentí que por dentro algo había hecho «crack». Probablemente se trata de uno de los montajes teatrales más sobrecogedores que hay en la cartelera. Nos pone frente a un espejo incómodo: el de la realidad, la precarización, la deshumanización y la mentira de que solo nosotros, somos responsables del rumbo que toma nuestra vida.

Hablamos con Marina Herranz, a principios de marzo. Ella es la actriz que hace que nos sintamos como Alba, o que la hayamos sentido dentro en el pasado, o que aún peor, que volvamos a sentirla, como propia en un futuro. Esto fue lo que nos contó.

De esta obra se sale…

Hecha mierda ¿no? (Risas)

Exacto…

Es lo que suele pasar y es una movida. Si la gente sale tan, tan tocada… Es como cuando ves esas buenas pelis que te transforman, pero que tienes esa necesidad de ver sí o sí.

Es que Instrucciones para caminar sobre el alambre es una catarsis. Mientras estás viendo la obra hay un momento en el que piensas: «Joder, qué mierda todo». Metéis los dedos en la herida y los retorcéis una vez dentro.

Pero eso está muy bien. No tenemos la intención de hacer daño a nadie, pero para mí el teatro tiene que hablar de lo que nos pasa ahora, sino no tendría sentido. Además, el tema del que trata la obra es… ufff, tremendo. Es transversal, nos ha tocado a todos y nos ha transformado, nos pasa en cada función.

Si es cierto que Cuarta Pared tiene un sentido social profundo, te tiene que remover. Bueno, más movilizar que remover. A veces lo conseguimos mejor, otras peor… Pero parece que, en esta ocasión, nos ha salido bien.

«Estamos tan ofuscados en correr, mirando el objetivo y no el proceso, pero ¿para qué?»

Da la sensación de que nos hemos creído lo de las zonas de confort, que son mentira y que nos han tendido una trampa y hemos caído como moscas…

Sí, con Nada que perder nos pasa lo mismo. Hablaba del poso que ha dejado la crisis en nuestro día a día. Nos hemos creído que, en este sistema, ya te hablo desde mi propia posición, eso de que el capitalismo nos da todas las respuestas nos ha llevado a una sensación de falsa libertad y del éxito que nos está trasladando a un lugar que resulta muy perverso.

Hay una frase demoledora que se repite varias veces a lo largo de la obra: «Vales lo que tu último trabajo».

Totalmente, estos países del primer mundo en el que nos creemos que nuestra productividad vale más que nuestra persona y todo se mueve en base a eso.

La obra nos enfrenta a una realidad durísima, y es que hemos dejado de vivir para sobrevivir.

Eso es, pasa en todas las profesiones, además, que llega un momento en el que te acabas preguntando: «¿Tanto esfuerzo para esto?» ¿Cuántas veces nos preguntamos eso al llegar a casa? Estamos tan ofuscados en correr, mirando el objetivo y no el proceso, pero ¿para qué?

Lo primero que se me pasó a mí por la cabeza al ver las bicicletas en escena, fue imaginar un hámster dando vueltas sobre una rueda…

(Risas) ¡Total! Es muy buena lectura esa. A nivel escénico como la propuesta es tan circular, porque al estar en tres frentes, hace que la energía se expanda, también provoca que el público forme parte de esa rueda. Vosotros mismos, el público, lo que hacéis, es cerrar esa rueda, de algo monótono y constante…

Me sorprendió mucho, en una de las escenas de mayor intensidad y con altos niveles de realismo, que había gente que reía al verla. Cuando esas situaciones se dan realmente en el entorno de trabajo del que habla la obra…

Nos han dicho varias cosas sobre eso. Hay gente que sí se dedica al mundo de la publicidad y que nos comenta que es súper certero y tal cual y otros que también se dedican al sector del marketing y que nos decían que eso no era así.

Al final, esto es teatro, usamos un paradigma para poder explicar otras cosas. Pero también es cierto que como se trata de emociones, o te ríes y lo sacas o estallas, porque lo que planteamos es algo muy cruel, muy real y muy cruel.

La reacción de la gente es muy diferente, a mí me está alucinando con esta función, también, porque tienen tantísimas capas, que la gente va reaccionando de formas muy diferentes en momentos que no te lo esperas y actoralmente, alucinas porque piensas ¿pero por qué se ríen?

Por ejemplo, el momento en el que se plantea el briefing de 48 horas en la agencia de publicidad, en la primera función, escuchamos: «¡Claro!» y para nosotros fue muy importante ver que el público estaba tan metido, con lo importante que era ese momento para Alba –el papel de Marina y protagonista de la obra–, era como sentirlo con nosotros dentro de la escena. ¡Eso es muy loco!

«Esta función propone algo muy valiente: los malos están muy difuminados. Si tú, como espectador, enfocas la parte que no te gusta del sistema, te das cuenta de que el sistema es muy difuso»

Nos colocáis ante un espejo muy incómodo. Nos resulta complicado darnos cuenta de que, en algún momento, todos hemos sido Alba. Y lo peor, que podemos volver a serlo.

Esta función propone algo muy valiente: los malos están muy difuminados. Si tú, como espectador, enfocas la parte que no te gusta del sistema, te das cuenta de que el sistema es muy difuso. Es verdad que es algo que todos podemos definir más o menos, pero es que tú también eres parte de ese engranaje, con lo cual, os estamos mostrando una realidad muy incómoda sobre las personas, que sois vosotros mismos. Una realidad que te evoca a ti mismo como persona, pero en una posición incómoda, porque tampoco puedes librarte de eso fácilmente.

Es una ficción tan real… Que como resultado acaba rompiendo al espectador.

Cuarta Pared trabaja un materialismo poético concreto, con un lenguaje muy claro, porque imagina hacer esto sin pequeños momentos de liberación escénica, donde se rompa la estructura realista…

A la hora de preparar el personaje de Alba con toda la intensidad que conlleva, ha debido ser complicado, pero debe serlo aún más al término de cada función. ¿Cómo acabas?

En el trabajo de la interpretación, normalmente, te dan un inicio. En esta obra, cuando salimos a escena, lo hacemos ya en el núcleo más alto de lo que va a pasar, no hay un «buenos días, cómo estás».

Eso hace que actoralmente, tengas que estar muy permeable, muy preparado, para mantener esa intensidad. Y es difícil, es muy difícil. Es lo más complicado que he hecho yo a nivel actoral.

Por eso hemos tenido un trabajo muy físico, trabajando durante un mes y pico el trabajo de coro, para lograr que los cinco actores seamos uno solo, eso también requiere un esfuerzo físico y emocional muy importante, que hemos trabajado mucho.

Al terminar la función, lo primero que me preguntan es: «¿Estás bien?». Y no siempre suelo estar muy bien, sinceramente. Pero tampoco entiendo el trabajo de la interpretación sin correr ese riesgo. En este caso, además, la obra nos traslada a un punto muy incómodo, donde tenemos que salir de nuestra área de confort.

Sois actores, pero sois humanos, imagino que al final, papeles como este, te tocan.

Eso es cierto, personalmente estoy bastante atravesada con este personaje, porque al final, me reflejo en ella.
A mí lo que me pasa con Alba es que me genera una empatía tan grande, que a veces, hablo de ella. Es tan mágico lo que pasa cuando creas un personaje como Alba… creas una identidad tan grande, que podrías presentársela a alguien. Yo me pregunto muchos días ¿cómo estará?, ¿qué le habrá pasado? Por esa empatía de la que te hablo. Pienso: «¿No la veis? ¿No veis cómo se lo está luchando?». Alba es tremenda, hay una fuerza vital muy grande.

Alba intenta salir adelante de todas las formas posibles y recibe palos… No sé si tiene también que ver con la generación a la que pertenece. La que «si te lo propones lo vas a conseguir, porque tú lo vales…» y vive en la más absoluta precariedad, disimulada, eso sí, pero precariedad…

Claro, cuántas veces nos han dicho: «lucha por tus sueños, si proyectas lo vas a conseguir». A mí me lo han dicho y lo he dicho muchas veces, pero te paras, piensas y dices: «Hostias, vaya engañifa».

Esto no quiere decir que no tengamos que luchar por las cosas, que todas las generaciones han tenido que hacerlo, pero es verdad que nosotros, somos una generación que tenemos todas las facilidades y no sabemos cómo manejarlas, porque realmente no lo son.

Una generación en este primer mundo, en un país donde más o menos tenemos una estabilidad económica y acceso a determinadas cosas y es mentira. Ni tienes oportunidades, ni los trabajos son humanos, ni se te trata como persona, sino como un número más.

Ese uno de los mensajes más importantes de Instrucciones para caminar sobre el alambre, que hemos dejado de ser humanos.

No cabe la humanidad.

No vamos a hacer spoiler, pero el final de la obra nos lleva a encontrar un poco de paz. Se plantean ciertas palabras que nos pueden ayudar a encontrar el sentido a otra de las frases que se dicen en la obra: «Encontrar un sitio para vivir».

Depende también de cada momento, no todo te sirve todo el tiempo. Lo ideal es darte cuenta de que, en función de ese momento, tengas que reorganizarte y reestructurarte a ti mismo.

Como persona, no como actriz, ¿hasta qué punto crees que nos van a poder apretar, sin que lleguemos al punto al que llega Alba?

Personalmente creo que mucho. Aún vamos a seguir siendo personas maleables que reciban muchísima más presión. Pero también creo que llegará un momento en el que petará y ojalá sea así y esto cambie.

«A mí, no me parece mal hacer un teatro en el que el público no sepa muy bien qué pasa, que no obtenga todas las respuestas»

¿Ha habido algún día que os haya sorprendido especialmente la reacción del público?

Estamos en ello porque todavía llevamos poquitas funciones, pero, por ejemplo, el sábado, que creo que fue cuando estuviste tú, pasó algo mágico, el momento en el que se apagan las luces, justo antes de los aplausos, en el que ves qué está pasando. El momento más real, el de mayor reciprocidad con el público. Y ahí, hubo muchos segundos de silencio, en el que la gente no sabía si aplaudir o no, con dudas de si había algo más, si se había acabado… Eso a mí me provocó muchísimo gozo, pero al mismo tiempo, muchísima incertidumbre, porque el público salió muy desconcertado. A mí, no me parece mal hacer un teatro en el que el público no sepa muy bien qué pasa, que no obtenga todas las respuestas.

Como público asistente aquel día puedo asegurarte que nuestra reacción fue de «Ufffffff, qué tremendo». La necesidad de no comentar nada, de asimilar lo que acabábamos de ver, tragar saliva y ya si eso nos tomamos algo y comentamos, pero lo vamos a dejar reposar… La sensación era de KO.

Dejamos bastante molido al público, sí. Es de proceso lento esta obra, a mí me ha pasado que me escriben a los dos o tres días: «Oye que estoy haciendo la compra, y me he acordado de esto y…». No hay que obligarse a tener la respuesta de manera inmediata, y eso me parece también algo súper bonito.

Estamos viviendo tan deprisa que no nos fijamos en lo que pasa a nuestro alrededor, ni siquiera somos conscientes de los niveles de precariedad que tenemos justo al lado. Y ese es uno de los grandes trabajos que hacéis con esta obra, que seamos conscientes.

Claro, cómo puede pedir una familia un préstamo de 3.000 euros cuyos intereses son los que realmente les va a dificultar salir adelante. Que cada casa que consigas sea más pequeña, que 900 euros puedan cambiar tu vida y colapsarte.

Mira que yo no soy una persona que tenga un nivel económico precisamente alto, pero que esas cantidades te destruyan, ahí no pensamos en la cantidad de gente que sobrevive con un nivel económico muy bajo, muy justo y que cualquier revés, no solo te desestabiliza sino, que te puede acabar hundiendo.

Las salas de teatro pequeñas parece que durante un tiempo han estado algo olvidadas y que vuelven a tener mucha vida con propuestas muy interesantes.

Ojalá, eso tiene que ver también con cómo entendemos la cultura en este país. La necesidad de ver cosas diferentes, porque se puede ir a ver un musical o una obra comercial y otra de carácter social y ejercer el pensamiento crítico. Ojalá se valore más y como dices este tipo de salas tengan una cabida poderosa y valiente.

En las salas pequeñas hay algo bastante molesto, por lo que a la precarización de los profesionales del teatro se refiere, ¿cómo es posible que haya cinco montajes diferentes a la semana en una misma sala? De eso no se puede vivir…

No, no se puede. Esto da para para una charla de tres horas más, interesantísima. Las salas obviamente tienen que buscarse la vida y por eso hacen multiprogramación para llegar a públicos diferentes, con propuestas distintas. Pero la decisión o no de un juicio temático en la programación, a mí me parece que hace mucho daño y que provoca además que seamos los fast food teatrales. Y que te voy a contar de los trabajadores propios de las salas, programadores, técnicos que tienen que montar y desmontar en cinco minutos, para que se produzca una realidad escénica diferente delante del público. Pero ¿con qué medios? ¿Cómo? Si es que eso no es posible.

Las obras además están muy poco tiempo, cuentan con muy poco recorrido y no pueden llegar al público, no se les da esa posibilidad, pero claro, económicamente es muy difícil mantener eso…

¿Qué pretendéis con este montaje?

Creo que sería genial que viviendo la experiencia a nivel teatral, estemos mostrando que debemos tener voz y voto sobre nuestra vida, en este momento presente. Eso sería genial.

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