«Talaré a los hombres de sobre la faz de la tierra», un texto de María Velasco


Entrevista de Covadonga Carrasco
En La cuarta pared. Madrid. https://www.cuartapared.es

Que el teatro es una experiencia catártica en numerosas ocasiones, no es ninguna novedad. Sin embargo, «Talaré a los hombres de sobre la faz de la tierra» de María Velasco, ganadora en los XXV Premios Max a Mejor autoría teatral, no lo hace en sentido figurado. La catarsis es absolutamente real, con un desgarro interior acompañando a un animal en escena como Laia Manzanares en el maltrato propio y en el ejercido por el patriarcado desde la infancia a la edad adulta.

Hablamos con María Velasco, que con este texto, además de ser galardonada con un Max, recibió el Premio Internacional Heidelberger Stückemarkt. La obra abre la temporada de Cuarta Pared.

Cómo planteas un análisis tan desgarrador y sobre todo, tan libre a la hora de ponernos frente al espejo del patriarcado y la presión social. 

Parto de una experiencia personal, desde la infancia hasta una cierta etapa de madurez, hasta la edad que tengo hoy día que es el ecuador de la vida. Desde mi experiencia actual, quería desvelar esos pequeños abusos que nos pasan desapercibidos en la vida cotidiana. A veces resulta demasiado abstracto, cuando teorizamos sobre el feminismo y el patriarcado,  y quería ver la influencia que tienen los pequeños detalles en la vida doméstica, familiar, académica y en sus manifestaciones más explícitas. Quería hacer una retrospectiva de algunas situaciones que, desde la infancia hasta el día de hoy, mostraban detalles concretos de la filigrana de la vida, de eso que llamamos patriarcado, de cómo está presente en la educación emocional de una mujer y sobre cómo se manifiesta.

Has comentado en alguna ocasión que te autopsias al escribir esta obra, pero al mismo tiempo, en la obra se ve una autopsia muy precisa a la sociedad, a la exigencia autoimpuesta en la mujer, que nos pasamos la vida intentando encajar en «eso» que se espera de nosotras.

Sí, utilizo mucho esa idea de disección y realmente hay postales familiares muy reconocibles para la gente de mi entorno, personajes, experiencias, relaciones de pareja… Lo interesante es que no se limita a lo autobiográfico sino que muchas mujeres dicen que sienten que podría ser su historia y la de muchas personas que se han sentido fuera o ajenas al funcionamiento general de las cosas.

Es lo que pasó cuando compartimos el texto con los hombres del equipo, que quizá en su día llegaron a la danza o a otras manifestaciones artísticas y también sintieron que no participaban de algunos de los comportamientos o de las rutinas más extendidas.

A lo largo de toda la obra, llama la atención la forma en la que se suceden las cosas. Todo empieza de un modo relajado y poco a poco va creciendo en intensidad, en dolor, presión… Te va metiendo en la historia sin darte cuenta, de la misma manera en la que transitamos por la vida.

Fíjate que nosotros lo comparamos, salvando las distancias, con todos esos cuentos «infantiles», que hay a puñados, en los que se habla de la pubertad femenina. Del paso de la infancia a la edad adulta, como es el caso de Alicia en el País de las Maravillas, de Lewis Carroll, de una Caperucita Roja de Perrault, o de un Mago de Oz… Hay muchísimos ejemplos dentro de la literatura infantil y juvenil. Y todos estos cuentos parten de la idea de viaje, de peregrinación. La obra tiene también esta estructura y lo que al principio parecen descuidos y torpezas de la vida cotidiana, a medida que la obra avanza, se van convirtiendo en algo pesadillesco, en un auténtico descenso a los infiernos de esos abusos que tenemos naturalizados y que han estado normalizados para nosotras.

Y es una evolución, que la maravilla que tiene el teatro es que nos permite reflejarlo también en los cuerpos, en cómo esa evolución transita por ellos, en la fisicidad de la protagonista, de Laia Manzanares. De cómo esa niña, esa infancia se va metiendo en un corsé, que tiene que ver con el género, con los comportamientos que nos dicen que son adecuados para una niña, los que no lo son y cómo ese cuerpo se va al final de la pieza cuando existe un especie de perdón hacia sí misma y hacia los demás, hacia los que la han herido. El cuerpo vuelve a liberarse para terminar con ese abrazo a un árbol —hago un poco de spoiler de la obra— un abrazo que reúne sus pedacitos, sus fragmentos.

Y eso es lo fascinante del teatro: todo ocurre en directo, los cuerpos están delante de nosotros. Estamos donde esto que estamos relatando y que está en la narrativa, tiene su porqué y su reflejo en los cuerpos.

«Realmente eso es lo importante, construir desde la autocrítica, evitar el victimismo, y lo que se expresa en la obra: ‘No somos culpables, somos responsables’».

Ella que no deja de tener una fuerza impresionante a pesar de lo que le toca vivir, como dices, a través del cuerpo y durante toda la obra con esa estructura física tan frágil, en ocasiones la dejas de percibir como a una mujer y lo que ves es un trapo que es manejado hasta el instante en el que ella se revuelve y dice: «Hasta aquí». La culpa aquí además tiene un protagonismo absoluto.

Totalmente, hay una crítica explícita en el texto. En algunas ocasiones hemos sido colaboracionistas porque hemos aceptado situaciones que eran inaceptables, e incluso en determinados casos nos hemos podido lucrar de ellas. Dice en un momento la protagonista: «Algunas se dejaron importunar alegremente» y que también hemos buscado la quiescencia o el beneplácito participando de este juego, aceptando sus reglas.

Realmente eso es lo importante, construir desde la autocrítica, evitar el victimismo, y lo que se expresa en la obra: «No somos culpables, somos responsables». Tenemos una gran performatividad de nosotras mismas, de empezar a construirnos de otro modo y de empezar de alguna manera a dar un golpe en la mesa y que no queremos aceptar ese rol que nos ha sido asignado.

«La obra realmente empieza en la infancia, pero es también una reconquista de la infancia, volver a conectar con esa niña, esa niña que ha sido brutalmente abusada y violada a lo largo de los años, volver a ella».

Después de ver la obra, durante esa noche y al día siguiente, me estuvieron martilleando varias frases de las que había escuchado. Pero hay una especialmente, que dice algo así como: «He perdido la custodia de mi niña interior». A mí me rompió, esa manera de destruir la inocencia, de no haber sido capaz de cuidar de ella misma, de protegerse.

Precisamente es una frase que me destacaba en el día del estreno un colega, psicólogo, y sí, para mí es probablemente una de las frases que puede resumir mejor la esencia de la obra. Cómo de alguna manera nos vamos alejando o vamos pervirtiendo aquello que era importante y sencillo en la infancia. Cualquiera que tiene un niño o una niña cerca, sabe de lo que estoy hablando, de cómo las cosas más sencillas nos hacen felices y de esa libertad que existe cuando aún no participamos de la libertad de los juegos adultos que posteriormente empieza a ser mancillada.

La obra realmente empieza en la infancia, pero es también una reconquista de la infancia, volver a conectar con esa niña, esa niña que ha sido brutalmente abusada y violada a lo largo de los años, volver a ella. Y el abrazo final es al árbol, al todo, que no deja de ser en la obra un actor, un hombre desnudo, frágil… Pero también es un abrazo a sí misma.

Cuando el hartazgo y la rabia se ha hecho con ella y quiere dejar de ser un objeto, gritar vaciando los pulmones, se marca un pedazo de monólogo que es una de las cosas con más fuerza que he visto jamás en un escenario y que además, en esta ocasión hace que te olvides de su fragilidad corporal. No sé si planteasteis esta parte del montaje de forma muy estudiada o sin embargo, fue algo mucho más libre que fue surgiendo en los ensayos.

Pues fíjate, mi fórmula fue la siguiente, a lo largo de toda la pieza, porque el monólogo al que aludes es casi al final, en el momento de explosión, yo dirigía meticulosamente a Laia Manzanares intentando cooperar con esa fisonomía que tú dices, frágil que al mismo tiempo está cargada de fuerza porque es un animal escénico. Ella se agota, padece cambios de temperatura, el desgaste energético y al final, como hablamos de todas esas construcciones que nos va poniendo el género, que aprendemos también mediante el maltrato…

El final fue dejar libre a la actriz, para encarnar el mensaje que tiene también la pieza, dejar que el cuerpo se expresase totalmente en libertad y que la improvisación cobrara fuerza, una mucho mayor que la que tiene a lo largo de la obra. Creo que ahí reside la fuerza de ese monólogo, que dejamos que la actriz se expresase con total libertad, convirtiendo esa parte en la menos regular y más sorprendente del montaje.

Laia está atravesada mucho por su estado diario, como sucede en el teatro. Si en ese momento está teniendo una mala digestión, ese día tiene el período o tiene un catarro… Y esas filtraciones del ánimo aparecen de manera ostensible dentro de ese monólogo, en ese espacio de libertad dentro de la obra.

«Para mí el perdón es un elemento fundamental dentro de mi poética. De nada sirve empuñar el arma».

En el momento final, en la reconciliación con ella misma, hay algo maravilloso que es la mezcla del mundo real, tan desgarrador, con el onírico que lleva implícita esa ternura que durante tanto tiempo le ha faltado.

El final es una licencia que me doy hacia la poesía y hacia la ternura que tú dices. Para mí el perdón es un elemento fundamental dentro de mi poética. De nada sirve empuñar el arma.

Fíjate que el título, Talaré a los hombres de sobre la faz de la tierra, que a mucha gente le suena a apocalíptico, a una apocalipsis de género, es una cita bíblica. Es curioso porque la gente no lo reconoce y sin conocer la cita concreta, suena justo a eso, muy bíblico, a esas amenazas apocalípticas del Antiguo Testamento. Aunque no la conozcas de primera mano, sí remite claramente a esas fuentes.

Sin embargo, como señalas, en el final hay un acto de conciliación y perdón. Para mí era muy importante cuando aparece el árbol al final, que a mí me divierte mucho que en una obra para adultos aparezca un árbol, como pasaba en las obras del cole, de pronto ese árbol no es más que un hombre frágil y desnudo que ha renunciado quizá también al patriarcado, que está cargando una rama sesgada como si fuera una cruz.

Para mí ese abrazo, que también es un abrazo de dos compañeros actores que han terminado la función y que se celebran un poquito a sí mismos, apelo a la ternura, como tú dices, pero también a la conciliación porque sin ella es imposible empezar a construir. Algo que ha sido una lección muy importante a lo largo de mi vida. Si yo no me reconciliaba con los dolores, con las heridas del pasado, iba a ser muy difícil generar, no sé si belleza, experiencia o una relación a partir de eso.

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