Los lunes hasta 16/10/17 – Teatro Lara

Bienvenidos al curso más raro de vuestras vidas, y no porque sea de cocina crudivegana. En esta clase, todo el mundo aparece y desaparece, incluido el profesor, para hurgaros, con sus palabras y a golpe de risa, en los rincones más sensibles de vuestro ánimo.

Dirigido por la genial Pepa Rus, Bernardo Rivera se enfrenta a sus más tiernos demonios en un texto sencillo e impactante. Él mismo da vida a los cinco personajes en un desfile de emociones traducidas al idioma del humor. Nos hablan de relaciones familiares, del amor, de la incomunicación, de la necesidad de ser aceptado, de la soledad y de la muerte… No es una comedia, es otra historia, es una obra trepidante, sin tiempo para el respiro pero con ganas de arreglarnos el cuerpo. Risas, sí, pero con mucho fundamento.

Lo de que seas el autor de la obra y protagonistas, en plural, ¿es una cuestión premeditada o tiene que ver con la situación actual del teatro?
Fue la idea original. Pepa y yo lo hablamos. Queríamos hacer algo juntos. Ella quería quedarse con la dirección y yo con la parte del escritor. Ahí surgió la idea de que solo fuera un actor y a partir de ahí comenzamos a perfilar los personajes para ponerlos en escena yo solo. Y la verdad que viendo cómo está el teatro, para que te salgan los números viene bien. Pero no fue ese el motivo. Ha sido un reto. Yo había colaborado en otros proyectos pero hacer el monólogo entero, sin que los personajes puedan interactuar en la escena, ha sido un reto…

¿Se tuvo que sujetar Pepa Rus para no quedarse con alguno de los personajes?
Ha participado en alguna voz en off. Hace de la mujer de uno de los personajes en la obra. Pero ella quería enfrentarse al reto de ser directora. Y la dirección es siempre mejor hacerla desde fuera.

Tú escribes la obra y tú la interpretas… ¿No ha sido un marronazo para ella?, ¡Habrá tenido que llevar la contraria al autor y a los cinco actores! ¿Cómo se ha impuesto?
Se ha impuesto dándome esas visiones cómicas que ella tiene de forma innata y domina, avisándome de que había momentos que no se entendían y buscando la forma de que la obra fuera cómplice con el público. Cuando confías en la dirección, la obra crece. Y ella es una persona que si algo no le gusta lo dice, y yo como autor lo interiorizo y digo “si esto es mejor, no pasa nada”. Y el actor siempre tiene que confiar en su directora, que es quien lo está viendo desde fuera. La idea es que una obra funcione y guste, no que sea una cosa pasional de lo que quiere el autor y punto.

Lo presentáis como una propuesta para hablar de temas universales a través de los cinco personajes… Cada vez tengo menos claro el concepto de universal…
Para mí son temas que preocupan a todos. Son temas que de una forma u otra nos tocan, como la soledad, el duelo… ¿Quién no ha tenido que asumir la muerte de un familiar? ¿Quién no ha tenido problemas económicos? ¿Quién no ha sufrido el desamor? A eso me refiero cuando hablo de temas universales. Son procesos por los que la mayoría hemos pasado.

Creo que vivimos en una época en la que sospechosamente se habla mucho de la soledad…
Pues sí, la verdad. Muchas veces para no estar solos nos rodeamos de mucha gente… quizás es para no encontrarnos con nosotros mismos. Les pasa a los personajes de la obra. Ellos se encuentran solos. Y lo que viven es el curso de su vida. De ahí el título. Es el curso que lo cambia todo, todos los personajes parten de sí mismos para cambiar.

Tengo la sensación de que has escrito una comedia, pero también de que mientras lo hacías, has llorado mucho… te has dejado pieles.
¡Claro! A la hora de escribirlo… Hay cosas detrás de esas situaciones que a mí como autor o como actor o como persona me han tocado mucho. Pero la obra es para que el público salga con la sensación de haberse reído mucho.

Adrián del Castillo es el profesor de un curso de cocina crudivegana… Ahí ya empieza la polémica ¿no?
Ahí empieza. Adrián es un tipo muy espiritual, muy místico. Aparenta fortaleza para tapar todas sus inseguridades, tanto en las relaciones de pareja como en las familiares. Es homosexual, viene de un pueblo, era el mariquita del colegio… Él ha roto con todo eso y ha resurgido como de la tierra. En el curso se enfrenta a sus miedos, a su familia, a la tierra abandonada.

Hay un alegre sevillano, un chico de Cuenca tímido… ¡Una famosa actriz del más allá!
Efectivamente. Decimos que es del más allá porque es algo que vemos a lo largo de la obra. Viene como para reconciliarse con su hijo y es muy mística. Aparece en un almacén misterioso, que es un punto clave en la escena. Es donde los personajes desvelan sus deseos, sus anhelos. Este personaje en concreto tiene ahí sus momentos de gloria.

También está la secretaria. Es la secretaria de una academia muy pija…
Es un centro de ocio y cultura y dependiendo de donde hagamos la obra es más o menos pijo. Ahora, como estamos en el Lara, es un centro muy modernito, de Malasaña. Hay muchísimos cursos: de pintura creativa delicada, de canto histórico muy moderno, de tango mexicano sin pareja… La secretaria es la que hace todo lo posible para que el centro funcione.

Todos los personajes se unen en ti. Quizás son facetas de un personaje único…
Están muy diferenciados. Cada uno tiene su forma de hablar, de expresarse… Pero todos son un poco Bernardo. Yo soy de Sevilla y al personaje sevillano lo tengo muy mascado, el chico de Cuenca sufre de incontinencia verbal, no tiene filtro, no piensa las cosas y las suelta. A mí eso me pasa mucho, que me pongo a hablar y me meto en jardines… Lorena Sanz, la secretaria, se mete al público en el bolsillo. Es encantadora y es la que está como uniéndolo todo.

¿Cómo reacciona el público ante los personajes? ¿Se quedan con uno o se quedan con rasgos de todos?
Depende muchísimo del público. Por ejemplo el sevillano en Sevilla gusta mucho, quizás porque tienen la referencia muy cerca. Y el de Cuenca da mucha penilla, la gente lo acaba apoyando. Adrián es una de esas personas tan, tan espirituales, tan emocionales… que solo hablan de sentir, de cómo se sienten y que no se paran a pensar en cómo se sienten los otros… Depende del público.

Creo que es muy valiente que hayas decidido enfocarlo desde la comedia. El ejercicio sobre las tablas debe ser agotador, es un monologo con cinco personajes… conectar con la risa no es fácil.
Es complicado, sí. Pero es verdad que te das cuenta de si una comedia funciona enseguida. Hay funciones en las que el público tarda más en entrar, está más perdido. Y hay otras en las que el público te acaba las frases. Tú sales ahí porque confías, piensas que la obra es buena, que está muy asentada… Pero como actor sí que sales con la duda de si está gustando. Cuando haces un drama, eso te da igual porque te metes en tu mundo, en tu imaginario. En la comedia el público es parte de la obra. En este caso, ellos también van al curso. Ese es el juego, para bien o para mal. Esa es la dificultad de la comedia.

Más información en: http://elcursodetuvida.net/

Esta entrevista aparece en el ExPERPENTO de septiembre-octubre de 2017:

Link: https://issuu.com/experpento/docs/experpento_septoct2017/18
.