Texto de R. Muñoz
Imagen de encabezamiento pertenece a la película La estación de las mujeres

Hace unos meses informábamos del estreno en cines de 7 diosas, una película que sorprendía por contenido, forma y sobre todo por su procedencia. Si bien la India es un monstruo audiovisual, nunca habíamos podido disfrutar de un film con la forma de hacer de allí –por tanto, confiaba en que su mercado principal iba a ser la India, pese a que algunas de sus escenas, inocentes para nuestra mentalidad, fueron vetadas– y con un contenido sorprendente. En 7 diosas descubríamos mujeres fuertes, luchadoras y libres.

También en la SEMINCI, una de las grandes triunfadoras fue Mustang. Esta vez las mujeres estaban en Turquía, por tanto, en un contexto distinto. Ambas películas hablaban, sin embargo, de una realidad universal. El 19 de agosto llega a las pantallas españolas otro film producido en la India. La estación de las mujeres de la cineasta Leena Yadav nos ofrece el perfil de cuatro mujeres muy distintas, una muy tradicional, otra que su mayor pesadilla es la infertilidad, una tercera que es prostituta y una joven que se ve abocada por la tradición a vivir una vida que no desea, que encuentran su conexión –sororidad– una fatídica noche de otoño, en la víspera del festival de su pueblo. Repetimos, es una película india, de una cineasta india, rodada para estrenarse en la India y que tiene cabida y mercado en las salas de cine de todo el mundo. Y en septiembre tendrá lugar el estreno de Masaam, película coproducida entre India y Francia, dirigida por Neeraj Ghaywan, que aborda el debate entre modernidad y tradición que actualmente se vive en el país asiático.

A las anteriores les podemos atribuir un extra de valentía, por temática y mercado al que se dirigen. Pero en Occidente también necesitamos espejos en los que mirarnos. El viernes 12 de agosto se estrenaba Black, un film que mostraba la casi desconocida existencia de bandas en Bruselas que operan desde la violencia y que no entienden su mundo sin la sumisión de las mujeres. En este punto no podemos dejar de hablar de películas como Maléfica, con Angelina Jolie en uno de los papeles más hermosos de su carrera. Viene a cuento recordar la frase de la actriz: “yo no quiero ser una chica Bond, yo quiero ser James Bond”, que resume en parte lo que estamos diciendo. En España, tenemos el ejemplo de Icíar Bollaín que de formas diversas trata una y otra vez el asunto de la sororidad desde antes de que el término se hiciera popular. Bollaín ha denunciado la situación de la mujer a veces de forma directa –Te doy mis ojos es el ejemplo obvio– y a veces de manera transversal. Mataharis, Katmandú o la más reciente El olivo, nos ofrece perfiles femeninos muy concretos, que hablan de mujeres que no piden permiso y que por ello, sufren las consecuencias de una sociedad basada en privilegios masculinos.

Por tanto, el cine es un espejo de la sociedad en Turquía, en la India, pero también en España o en Bélgica. Lo que diferenciaría España de la India es la impunidad de los verdugos, y a veces ni eso. Resulta terrible ver como en un campo de futbol español se corean insultos en contra de una mujer que ha denunciado a su pareja por violencia de género, o como en redes sociales son muchos los que hacen chascarrillos utilizando el abuso sexual de mujeres en los San Fermines como argumento. Nos escandalizamos, un poco, al enterarnos de que una menor marroquí se ha suicidado tras ser violada en grupo, y recibimos con absoluta normalidad la noticia de que en nuestro país cada año son violadas más de mil mujeres. Y casi ni parpadeamos cuando los medios anuncian el asesinato de una mujer a manos de su pareja o expareja. Por tanto, necesitamos –igual que siempre y más que nunca– que el cine siga mostrando y demostrando todas las circunstancias en las que la mujer sufre. Porque ninguna tradición puede justificar el machismo y ningún argumento debe criminalizar el feminismo.