Amaya Asiaín

Quién se dejaba mojar hace unos años por las delicadas gotas de lluvia de primavera? ¡¡Nadie!! Era como condenarse a una muerte lenta y dolorosa, consecuencia directa de la lluvia ácida. Hace años que no se oye hablar de ese fenómeno ¿Por qué? ¿Se ha mitigado? ¿Nos hemos acostumbrado a él?

Tomar conciencia de la lluvia ácida ha llevado a constatar temas mucho más complejos. ¿Recordáis que con ese término se denominaban las gotas cargadas de toda la contaminación industrial que, suspendida en el aire, no podía resistirse a volver a la tierra fundida con el agua?. Se comprobó que, aunque las zonas más afectadas por la lluvia corrosiva eran las más industriales (Centro Europa y en España la zona de Bilbao), el fenómeno se registraba también en otras partes del mundo. Es entonces cuando alguien constató aquello de que el aleteo de una mariposa en México produce un tornado en Japón. Vamos, que cualquier fenómeno que suceda en un punto de la Tierra puede repercutir en cualquier otro punto del planeta. Casi nada. La lluvia ácida dejó de ser un problema a escala local para convertirse en otro de los fenómenos cuya comprensión requería una mentalidad global.

Un poco antes se habían descubierto los agujeros en la capa de ozono. Estaban en la Antártida, una zona con poca actividad humana, y mucho menos industrial. Se tardó mucho tiempo en asumir que esos agujeros estaban producidos por movimientos a miles de kilómetros de los polos, pero que era en ese lugar donde la capa era más fina y por lo tanto más indefensa a los CFC, los clorofluorocarbonos que minan la capa que protege a la Tierra de los rayos ultravioletas. Ahora ya no preocupa tanto porque es uno de los pocos, y más esperanzadores casos, de que la unión hace la fuerza. 20 años después de la firma del Tratado de Montreal para reducir las emisiones de CFC, se puede celebrar que efectivamente su uso ha descendido en un 90% y por lo tanto el agujero en la capa de ozono ha disminuido de tamaño.

Ambos fenómenos explican la percepción que tenemos ahora del cambio climático. Sin la lluvia ácida no hubiéramos aprendido a valorar los fenómenos de manera global. Sin el agujero de la capa de ozono no sabríamos que somos capaces de conseguir un objetivo común, a pesar de las diferencias económicas y políticas.

Si durante un tiempo se ha hablado mucho de algunos fenómenos y luego no se oye nada de ellos, no quiere decir necesariamente que se hayan resuelto. No es que los temas se pasen de moda, sino que se integran en conceptos más complejos y más globales para buscarles una solución adecuada. No es que ahora la lluvia no arrastre la contaminación del aire, pero es que ahora se sabe que la lluvia ácida es sólo uno de los muchos problemas del mundo industrializado, no el principal.