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Reportaje de Diana Rey
Fotografías cortesía de Bárbara Sánchez Palomero
En el Teatro Valle-Inclán [Madrid] hasta el 22 de marzo de 2026
En física cuántica existe una figura fundamental: el observador. Las cosas no terminan de ocurrir del todo hasta que alguien las mira, igualito que el teatro.
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El espacio
El espacio ya anticipa que algo especial va a suceder. La distribución del público y los escenarios —sí, hay dos— no es la habitual. Los actores se situarán sobre una plataforma rotatoria. Al fondo, en otro plano, los músicos ocuparán un segundo escenario. Todo está iluminado con sutileza, como si la luz no quisiera imponerse, sino acompañar. Antes de que comience propiamente la función, un maestro de ceremonias nos da la bienvenida mientras aún nos estamos acomodando. Nos explica cómo va a desarrollarse la obra. Y ahí entendemos que no estamos ante una representación convencional.
La adaptación de Sergio Peris-Mencheta de Constelaciones convierte cada función en un acontecimiento irrepetible. De entre seis intérpretes, dos serán elegidos al azar para encarnar la historia esa noche. El resto asumirá el rol de músicos, modulando la atmósfera de manera distinta en cada ocasión. No solo cambia el reparto: también la estructura concreta de la trama se decide por sorteo. El público participa. Yo misma metí la mano en la bolsa. Y entonces empieza la función.
El amor y el multiverso
La manera de narrar lo que se nos cuenta es fascinante. Un tema tan actual como eterno: el multiverso y el amor. ¿Es posible el amor en los tiempos del multiverso? ¿Qué retenemos como público en el teatro? ¿Qué retenemos como personas cuando vivimos? ¿Qué consideramos importante cuando todo podría haber sido de otra manera?
La propuesta escénica no es un mero artificio formal. La plataforma giratoria no solo rota: desplaza puntos de vista, crea variaciones mínimas que lo cambian todo. La música, interpretada en directo, ilustra; el diseño sonoro, puntúa. Coloca comas, puntos, silencios. Interrumpe cuando tiene que hacerlo. No es un fondo; es una voz más en la escena, consciente de su lugar.
Cada elección, cada bifurcación, cada repetición de una misma escena con una leve inflexión distinta nos recuerda que nuestras vidas también se construyen así: a partir de decisiones casi imperceptibles.
Lo de Sergio Peris-Mencheta
Hay en esta adaptación una sensibilidad reconocible. Peris-Mencheta confía. Construye y reconstruye la historia con una delicadeza que permite que lo científico y lo íntimo convivan sin fricción. Las leyes que rigen el universo —y las que rigen nuestros afectos— escapan a nuestra comprensión. Constelaciones nos permite vislumbrarlo.
Es justo en el instante en que termina cuando la obra se vuelve enorme. Cuando entendemos que todas las versiones posibles siguen existiendo en algún lugar, también la nuestra. Salimos con la sensación de que algo se ha movido, aunque no sepamos exactamente qué.
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