Laura Gost, visible entre los invisibles


La prima mayor de Laura Gost

Entrevista Galo Martín Aparicio
Fotografía cortesía de Temas de hoy

Para ser malo no hace falta ser un cabrón, basta con preguntar a los alumnos de un taller de escritura creativa si son capaces de decir el nombre de cinco guionistas. Vivos o muertos. Muy creativos tienen que ser para salir airosos de este brete.

A Laura Gost (Palma de Mallorca, 1993) hay que darle la enhorabuena por el Goya que ganó en 2018 en la categoría de mejor corto de animación por Woody&Woody y porque ha conseguido que su nombre aparezca en el cartel de presentación de dicha obra, sin ser la directora. Ella es la guionista, una figura con el mismo reconocimiento que el de los traductores en la literatura y los actores de doblaje en el cine.

De paso, también la felicitamos por La prima mayor, libro que firma y publica Temas de Hoy. Una novela sobre la adolescencia a la que algunos padres recurriremos, igual que lo hacemos con el manual del coche cuando no nos acordamos de la presión correcta de los neumáticos.

La entrevista es vía teléfono móvil, un dispositivo ausente en esta novela. En el romanticismo no hay hueco para la tecnología que achica el misterio y lo muestra todo. Necesitamos metáforas, ficciones, mensajes entre líneas y referentes de barrio. La prima mayor es un poco todo esto y más. Laura Gost lo que hace es reivindicar la adolescencia desde el respeto con los adolescentes. Roald Dahl hizo lo mismo con los niños y todavía hoy sus libros se leen.

Has estudiado a distancia, de manera virtual, algo que ahora, parece, se va a poner de moda a la fuerza, ¿cómo fue tu experiencia de educación a distancia? ¿Por qué te decantaste por la UOC?

Vivo en Mallorca, para estudiar Comunicación Audiovisual y Periodismo tienes que irte a Barcelona o Madrid. Yo tenía claro que quería escribir y estas carreras tienen cierta lógica en ese sentido. Yo empecé la carrera en el curso académico 2011-12, con 18 años, momento en el que estábamos inmersos en plena crisis económica. A mí me llegó con mucha fuerza ese discurso que decía que nos pedían experiencia y formación. Además, tenía muchas ganas de independizarme, vivir sola, y focalicé estudiar la carrera y en paralelo trabajar. Lo hice en radio, en librerías, en bibliotecas, en prensa, en agencias de comunicación. Conocí a gente muy diferente profesional y geográficamente, iba mucho a Barcelona, y todo eso lo compaginé con cursos más breves y yendo a conferencias y a master class y así pude introducirme en el ámbito laboral y terminar la carrera acumulando años de experiencia laboral.

El corto de animación Woody&Woody (ganador de un Goya al mejor corto de animación en 2018) nació como una obra de teatro que escribí a los 20 años. De haber hecho una carrera presencial no hubiera tenido el tiempo que me demandó este corto.

«El confinamiento ha estado muy presente en mis artículos y relatos desde diferentes perspectivas».

¿Has podido aprovechar el tiempo que ha durado el confinamiento para escribir algo?

Cada semana tengo un compromiso que me obliga a escribir. Una semana el diario Ara Balears me publica un artículo, y la otra la revista Catorze me publica un relato. Por tanto, cada semana, tengo la obligación de crear un artículo y un relato. Esto me ha ayudado a escribir, aunque fueran relatos breves, a seguir con la nueva novela que estoy escribiendo.

Sin presión, pero durante el confinamiento, he escrito. El confinamiento venía acompañado de cierta angustia, claustrofobia, como mi pareja y yo, en un piso pequeño, sin terraza, llegó a ser asfixiante. No fue el mejor clima para escribir, pero intenté tener cierta rutina y escribir, al menos, varios días a la semana. No ha sido la época más prolífica por el hecho de estar confinados, pero tampoco me he bloqueado. Sí lo he notado en los temas sobre los que he escrito durante ese tiempo. El confinamiento ha estado muy presente en mis artículos y relatos desde diferentes perspectivas.

Creo que te gusta caminar, ¿lo haces al estilo Woody Allen, en compañía y hablando sobre lo divino y humano?

(Ríe). Me gusta mucho pasear. Cuando paseo con mi pareja surgen ocurrencias y reflexiones. Cuando lo hago sola escucho música o la radio o nada, y me gusta caminar muchos kilómetros. Caminar me relaja, observo. Andar es perfecto porque haces ejercicio sin agotarte y me surgen muchas ideas para artículos y relatos.

«Entrar de manera profesional en el mundo del cine ha sido una sorpresa».

¿Qué has sido antes, lectora, escritora o cinéfila?

Lectora y cinéfila vinieron de la mano, cuando era una niña. También empecé a escribir cuentos muy pronto, con siete años. Tengo una carpeta en la que los guardo. Al tiempo leía mucho y con nueve años había visto a los hermanos Marx porque mi padre era un gran cinéfilo. Luego, aunque los tres ámbitos están muy ligados y son casi inseparables, diría que lo que no esperaba era dedicarme al tema del audiovisual como guionista. De niña sí deseaba y decía querer ser escritora. El cine, en cambio, lo había considerado una pasión más como espectadora. Entrar de manera profesional en el mundo del cine ha sido una sorpresa.

He leído que con doce años viste Annie Hall, ¿recuerdas lo que pensó y sintió aquella niña después de ver esa película?

Me enamoré del personaje de Annie Hall. Después de ver Annie Hall quise ver todas las películas de Woody Allen. Pensé que aquel hombre, el creador del personaje y de esta película, me entiende. Todos los temas que a mí me han preocupado, preguntas o reflexiones que me han surgido, la idea del amor, de la transcendencia aplicada a la vida, estaba ahí y con ese humor, con la ironía y con referencias, me marcó mucho.

Fue como encontrar un cómplice, por eso fue también una conexión muy fuerte. Además, fue un nexo de unión con mi padre, quien era muy cinéfilo. Lo negativo de todo esto fue que Woody Allen condicionó mis expectativas de cara a la vida adulta. Pensé que la gente cuando se hacía mayor hablaba como en sus películas.

Además de Woody Allen, ¿qué autores y qué directores de cine han calado en ti?

En literatura he tenido épocas. Con once, doce y trece años, tuve una época muy british. Devoré todo de Jane Austen, Oscar Wilde, las hermanas Brönte, sus personajes femeninos me parecían muy potentes. Digo que La prima mayor trata de jugar a eso, donde los personajes son un poco miss Daisy, más bien sosos.

Después vino una época que todavía dura, en la que leía a García Márquez, Isabel Allende, ese punto de realismo mágico me encanta y funciona muy bien. Igual no se nota en este libro, pero sí en mis relatos breves, donde me gusta jugar con la magia y trasladarla a lo cotidiano.

Haruki Murakami es un autor que me fascina, esos vínculos peculiares que crea entre los personajes, historias muy simples en realidad, donde no pasa nada relevante, pero en las que conectas con los personajes. Cuando terminé de leer Tokyo Blues me sentí huérfana. Hace tres años he descubierto a Elena Ferrante y me lo he leído todo, lo mismo hice con Orwell, del que me encanta su humor y distopías, a las que recurro mucho en mis relatos. En cuanto al cine primero está Woody Allen, luego Billy Wilder, un maestro del guion y de los diálogos.

«Cuando leemos una novela protagonizada por un hombre de setenta años no decimos que es una novela de la tercera edad o del INSERSO».

¿Qué novelas o películas, en tu opinión, retratan mejor la adolescencia?

Gente normal, de Sally Rooney, me gusta mucho cómo retrata el final de la adolescencia. De Stephen King me gustó El cuerpo, incluso Matar a un ruiseñor, de Harper Lee, trata la adolescencia. También me gusta W. Somerset Maugham y el libro La soledad de los números primos de Paolo Giordano.

El guardián entre el centeno y Cuenta conmigo tratan la adolescencia, eso no significa que sean sólo para adolescentes, ¿a ti te gustaría que los lectores pensaran lo mismo de La prima mayor?

¡Claro! Con La prima mayor he ido a muchas presentaciones e institutos. En los clubes de lectura había hombres y mujeres de cincuenta años para adelante y es algo que me ha sorprendido muy gratamente porque es lo que aspiraba a conseguir. Para mí es muy importante evitar la etiqueta de novela juvenil. Las etiquetas, en general, no ayudan. Esas etiquetas literarias son muy contraproducentes.

En el caso de la juvenil se asocia, de manera muy injusta, a la edad del protagonista. Cuando leemos una novela protagonizada por un hombre de setenta años no decimos que es una novela de la tercera edad o del INSERSO. En cambio, lo de la novela para adolescentes para mí tiene un punto de paternalismo, de condescendencia e incluso se olvida de donde venimos.

En una novela negra podemos empatizar con la víctima o el detective, en cambio, si es un chico de dieciséis años, no, porque no los tengo. Es ridículo. Para mí el fallo es cuando se han enfocado esas novelas desde una parodia de lo que es la adolescencia. Es una época muy compleja, tierna, difícil y dura. Por tanto, esta novela la podemos disfrutar a cualquier edad.

Yo fui atípica como adolescente. Maduré muy rápido en muchos aspectos, me aborrecía esa presión por tener una serie de inquietudes concretas a esa edad. La presión por la homogeneidad adolescente: si sale porque sale por la noche, si no sale, porque no sale por la noche.

Yo he tenido cierta manía a la adolescencia hasta hace unos años porque me sonaba a una época muy poco libre y debería ser lo contrario. En teoría, en esa época es cuando se tiene margen para hacer muchas cosas, para apostar, para equivocarte. Todo eso yo no lo percibí así, aunque en mi casa me animaban a hacer lo que quisiera, pero en el entorno no lo percibía. Me hizo falta esa perspectiva de volver atrás y mirar con cierta indulgencia aquella época. Con más tolerancia hacia los que eran como yo y a los que no lo eran. Y con un punto de relativizar, la adolescencia es sólo la primera etapa en la que se tienen conflictos y contradicciones. También está mi ingenuidad de creer que a los 18 todo iba a tener sentido. Esto es un proceso que dura toda la vida.

«Las crisis de los treinta, cuarenta y cincuenta, las enfocamos con cierto respeto, yo quiero hacer lo mismo, con esa profundidad y matices, con la adolescencia».

Tu novela reivindica la adolescencia.

La novela se centra en la adolescencia, pero lo que me interesaba era hacer un retrato de esta época. Descrito desde una perspectiva femenina, algo no tan frecuente como en el caso de la adolescencia masculina, en la que las chicas se limitan a interactuar con los chicos protagonistas. También me interesa despojar esta etapa de los tópicos que la acompañan y darle esa solemnidad que creo que debe tener como primera crisis de crecimiento o catarsis, a la que siempre llegan tarde los chicos. Las chicas se ven antes sometidas a varias presiones. Para empezar, a nivel físico, percibimos antes el crecimiento de nuestro cuerpo. Las chicas nos sentimos antes mujeres que los chicos hombres. Las crisis de los treinta, cuarenta y cincuenta, las enfocamos con cierto respeto, yo quiero hacer lo mismo, con esa profundidad y matices, con la adolescencia.

«El lector descubre a Tina través de los ojos, no imparciales, de Rosa».

¿La prima mayor es la historia de una prima pequeña? Tina y Rosa, respectivamente.

Sí, es un poco como el mcguffin de Hitchcock. Empiezas a ver una película y te parece que, a lo mejor, el protagonista o el tema importante será uno y no. El título de mi novela parece indicar que la protagonista va a ser la prima mayor, pero no. Aunque esté muy presente sólo sirve para descubrir a Rosa. Lo que me interesa son las versiones que Rosa va descubriendo de sí misma al verse reflejada en su prima, al interactuar con ella. Como si fuera un juego de espejos. Poco a poco vamos viendo el mundo de Rosa, de ella misma y de su prima. En su prima Rosa proyecta todo tipo de sensaciones. El lector descubre a Tina través de los ojos, no imparciales, de Rosa.

¿Por qué decidiste escribir una novela sobre la adolescencia romántica pre redes sociales?

Busqué el periodo de tiempo que me permitiera abarcar cuatro años y que fuera lo más cercano al momento en el que yo viví mi adolescencia, pero sin redes sociales —del 2000 al 2004—. Cuando tenía 13 años ya existía Facebook, aunque yo no tenía cuenta. También la ambienté en un pueblo del Mediterráneo, pequeño y sin redes. La razón es porque de no haber sido así la novela no se hubiera podido titular La prima mayor. Tina es un elemento en el que Rosa proyecta su rechazo, admiración, envidia, irritación, ganas de imitar, todo eso se acaba con las redes sociales. Los referentes, las posibilidades de comparar, de envidiar, de idealizar, de estereotipar, todo esto se volvería infinito en un contexto de redes sociales.

Gracias o no a las redes sociales tú puedes emular a alguien de Estados Unidos. Al no haber redes sociales sí hay espacio para ese punto de crecimiento interior, más íntimo, más pequeño, más claustrofóbico y endogámico también, porque, al final, Rosa es ella, su prima, el vecino que le gusta. Con redes sociales la novela no hubiera sido tan misteriosa ni tan larga. Con las redes sociales todo sucede de manera inmediata, volátil, superficial.

Para empezar, mis protagonistas, de haber redes sociales, no se hubieran conocido corriendo, se hubieran investigado sus respectivas vidas en Instagram. El misterio se rompe con la exhibición de las redes sociales. Tampoco Rosa se hubiera preocupado por quién es, sino por lo que los demás crean quién es. Las redes sociales invitan a eso, a la proyección de lo que somos, más que a la parte intimista o de retrospección.

«Hay una tendencia a parodiar al adolescente».

¿Los adolescentes son más curiosos o susceptibles?

Generalizar es delicado. Los dos adjetivos están ligados. La adolescencia es una época de mucha curiosidad, de contradicción. Por un lado se quiere dejar de ser un niño y por el otro se tiene miedo a dejar de serlo. La infancia es la primera y la última etapa de grandes certezas, después todo se cuestiona. Los adolescentes tienen ganas de encontrar respuestas y de hacerse preguntas. La susceptibilidad va ligada a la actitud que tenemos los que somos adultos con ellos, los adolescentes. Las crisis de la adolescencia no se tratan con la misma prudencia que sí se hacen en otros casos. Hay una tendencia a parodiar al adolescente. Es como ese mueble que está en casa y molesta. El entorno contribuye a esa idea del adolescente que se encuentra en un limbo. Eso también genera susceptibilidad, el tema se retroalimenta.

¿Las etiquetas colgadas en la adolescencia permanecen el resto de la vida?

Las etiquetas las mantenemos cuando somos adultos. Es verdad que, en aquel momento, surgen porque hay una necesidad de reafirmación. Creo que el propio adolescente busca una etiqueta porque le ayuda a descartar algunas cosas. Como descartar es elegir, el adolescente siente que se está empezando a definir. A su vez, estas etiquetas son muy efímeras, el emo, el hippie, el pijo, etc., las etiquetas más profundas como Lolita, Fresca, Empollona, Rara, son un lastre. Te la cuelgan en una época, en la que además no estás construido como persona, por tanto, tener que empezar a construirte mientras cargas con una mochila de etiquetas, con los prejuicios que implica, me parece injusto.

«Hay que reivindicar el cambio de opinión y aceptarlo».

Dejar de ser un adolescente no significa que dejemos de seguir construyéndonos como personas, parece que vamos a ser lo que fuimos en la adolescencia, ¿por qué?

La adolescencia es la época en la que empezamos a decidir qué queremos ser. Además, a partir de aquí el cambio va a ser una constante. También hay gente que se queda anclada en aquella época, por ejemplo, en el instituto y lo que representa. Creo que lo bonito es que la vida sea un proceso dinámico. Hay que reivindicar el cambio de opinión y aceptarlo. No se puede meter a la gente en una casilla y prohibirles que salgan de ella. De ser así, ¿qué sentido tiene aprender?

¿Los adolescentes son recolectores de expectativas frustradas profesionales?

Yo tenía unas expectativas muy elevadas, las sigo teniendo, y no me parece mal, siempre que se sepan gestionar. ¿Por qué de adultos no nos seguimos preguntando qué quiero ser de mayor? Hay que perseguir esa versión que queremos adquirir.

En el caso de los adolescentes, tengo la sensación, que los hay que prefieren la frustración a la ilusión de las expectativas que se pueden cumplir. Igual es por el momento histórico que se está viviendo, pero percibo cierta apatía, escepticismo, muy prematuro. Las expectativas nacen frustradas de fábrica. De jóvenes, con moderación, lo que toca es aspirar a mucho. Ya nos iremos adaptando a medida que vayamos viviendo.

«Creo que la adolescencia es un tópico que se retroalimenta».

Desde la distancia que dan los años, ¿cómo vemos a los adolescentes y, en cambio, cómo deberíamos mirarlos?

Cuando miramos a los adolescentes tendemos a transmitirles el mensaje de que esto pasará, la adolescencia, como si fuera una enfermedad, que se cura con los años. Los padres afrontan, se mentalizan, la adolescencia de sus hijos como una etapa de unos años que pasará. Yo creo que más que verlo como un trámite necesario que hay que aguantar hay que cambiar la mirada de esa época y tratarlo como algo natural y muy importante. Eso lo agradecerían los adolescentes y los adultos, incluso se crearía una complicidad. La adolescencia es una etapa que sólo se espera a que pase y ¿después qué? Creo que la adolescencia es un tópico que se retroalimenta.

¿Cuál es tu proceso de escritura, tienes algún método, rutina?

En el caso de las obras de teatro y guiones, proyectos propios, como Woody&Woody, donde hay mucho diálogo, lo que hago es pensar los personajes y escribir el diálogo de golpe. Necesito meterme en la conversación. En narrativo es distinto.

Siempre procuro estar escribiendo, sin ningún fin en concreto, y eso es como un entrenamiento que hace que después, cuando viene el encargo más importante, no me siento tan bloqueada. Trato de que todo lo que escribo sea bueno, lo publique o no. Las ideas que se me ocurren, esté donde esté, me las envío al correo electrónico. Ahora me he creado un grupo de Whatsapp conmigo misma, todo muy narcisista, y me envío allí la idea. Así las recupero y selecciono.

«Escribo en catalán y me gusta considerarme una escritora en lengua catalana».

Escribes en catalán, ¿estás pendiente de la traducción de tus obras (Victoria Pradilla ha traducido La prima mayor), como Woody Allen lo estaba de sus dobladores de voz (Joan Pera)?

Escribo en catalán y me gusta considerarme una escritora en lengua catalana. Si tengo la suerte de que se traduce al castellano o al italiano o al idioma que sea, genial. En el caso de la traductora de La prima mayor, Victoria Pradilla, me consultó, me pidió si podía hacer una revisión de la obra. Decidí que los nombres se quedarán en catalán, Miquel en vez Miguel, por ejemplo. Yo respeto mucho el oficio de traductor, no se puede banalizar. A mí me preguntaron si yo me podía traducir a mí misma. No se trata de dominar la lengua, traducir una obra, para empezar, tendría la tentación de reescribirla. El traductor tiene su propia metodología y hay que dejarle trabajar.

¿Ves las películas de Woody Allen en versión original o dobladas?

En versión original, siempre. Aunque a Woody Allen lo descubrí cuando no había DVD con la opción de audio, con la inconfundible voz de Joan Pera.

«El amor romántico está muy denostado, pero yo soy una romántica, por tanto creo y me gusta pensar que puede durar».

¿Puedes decirme alguna cosa bonita que dure mucho, que no se desvanezca?

El amor de todo tipo, a la familia, a los amigos, a la pareja. El amor romántico está muy denostado, pero yo soy una romántica, por tanto creo y me gusta pensar que puede durar. Incluso puedes ir cambiando, creciendo y que aquel vínculo dure. La ilusión y la vocación también dura. Esa frase retrata un poco el melodramatismo de Rosa, quien de todo saca una metáfora. Yo también era un poco así, fruto de una novela victoriana trágica.

«Se habla mucho del director en cine, pero del guionista cuesta hacerlo. Su figura no tiene el peso que merece en la industria».

El Goya por el corto de animación Woody&Woody y el resto de premios que has ganado por tus relatos y novelas, ¿te han servido de algo, además, del reconocimiento? ¿Se han convertido en trampolines con los que seguir impulsando tu carrera como escritora y guionista?

Sí. He tenido mucha suerte, en ese sentido. El Goya no me ha servido para que me llegue una buenísima oferta de trabajo para escribir un guion, pero sí creo que la gente de Baleares, por ejemplo, leyó y compró la novela, fue la más vendida en las Baleares en San Jordi, y creo que fue por ese punto de curiosidad que despertó el premio. El tema del teatro se ha retroalimentado mucho. Ahora tengo el encargo de escribir un guion para el director Jordi Casanovas. Todo ha sido un cúmulo de buena suerte y que la gente ha respondido muy bien. Todo ha ayudado.

Guionista y escritora no son profesiones muy valoradas, al menos en España, salvo si se alcanza el éxito de ventas y se es reconocido, ¿por qué?

Como hoy en día hay tantas opciones, el barómetro que tienen los medios para valorar a quién entrevistar, reseñar, son los premios. Es comprensible que la gente busque pistas de calidad, pero no hay que olvidar que los premios no son siempre sinónimos de calidad, ni objetivos y, sobre todo, para llegar a ganar un premio la persona en cuestión ha tenido que trabajar muchísimo y la obra previa a ese premio puede incluso ser mejor.

El oficio de guionista está muy infravalorado, en general. Se habla mucho del director en cine, pero del guionista cuesta hacerlo. Su figura no tiene el peso que merece en la industria. La figura del escritor sí ha tenido más ese punto de respeto, de intelectual, como algo más romántico y bohemio, pero sigue faltando ese reconocimiento hacia la persona que hay detrás sin que parezca que está desarrollando una afición. El oficio de escritor, en algunos casos, se trata con cierta condescendencia.

«Soy muy irónica, por decisión propia. Insular lo soy de manera accidental».

¿La industria del cine de animación española es más potente de lo que la gente se imagina?

No soy una experta en cuanto a cuál es la situación de la industria del cine de animación en España. Si creo que es una industria potente, también creo que hay muchos adultos interesados en la animación, un género que ya no tiene la connotación de sólo cine infantil. Yo hice Woody&Woody con Jaume Carrió, que es el director, yo soy la guionista y los dos somos los productores, un corto para adultos.

Durante el confinamiento mi pareja, Jaume, y yo, hemos hecho un cortometraje confinado, Aquellos que deberían haber ido a París, un guiño a la nouvelle vague, grabado con un móvil en blanco y negro, en francés, subtitulado, y narcisista, sólo aparecemos Jaume (él lo dirigió), yo (la guionista) y nuestros gatos. Un corto que muestra cómo vivimos el confinamiento a nivel pareja, de fondo está la idea que asociamos con París, romántico, nostálgico, ese viaje que no se ha hecho, es muy Amélie, donde se hace magia con lo cotidiano.

Qué eres más, ¿insular o irónica?

Soy muy irónica, por decisión propia. Insular lo soy de manera accidental.

Lee más sobre este libro en https://www.planetadelibros.com/libro-la-prima-mayor/312560

Anterior «El colapso», ¿distopía o realidad?
Siguiente «Quisiera que alguien me esperara en algún lugar» de Arnaud Viard