Arrabal, Arrabal, Arrabal, Arrabeaux


Texto de Reyes Muñoz
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Confieso que, tras leer el prólogo y los primeros textos, diseñé un plan basado en el respeto a la literatura. Me hubiera parecido criminal meterme este libro entre pecho y espalda en tres días para escribir una crítica. Digo bien: respeto a la literatura. Arrabal renace de sus cenizas un día tras otro, igual pero distinto, cenizas hechas de terrores y alegrías, filosofías, juegos o fanatismos. ¿Qué más le da cómo lo lea yo? A mí me da igual cómo lo escribió él.

Y entonces el libro empezó a hacer cosas.

Hace exactamente dos años viví el día más importante de mi vida. Viví el día más bello y doloroso de mi vida. El 16 de julio de 2024, Arrabal preguntaba sin pensar, el insensato, que yo lo leería un 16 de julio de 2026: «La muerte, ¿no vale la pena no vivirla?». La pregunta aparecía como todo en este libro: sin sentido y con todo el sentido.

Al día siguiente, el 17 de julio de 2024, murió mi madre. Mi vida se reiniciaba en medio de un dolor anestesiado por el propio dolor sin filtro, por el amor de la vida previa y un sinnúmero de ansiolíticos que no me sacaron ni un bostezo. Es curiosa la cantidad de droga que rula por las casas normales en días de esos. La pregunta que escribía Arrabal era otra: «¿El barro es el polvo del terreno cuando el eterno retorno es el de la historia?». Aquella pregunta no surgía, brotaba de un texto más bien simple. ¿Qué me estás preguntando, Arrabal? ¿Qué quiere decir eso? ¿Quiere decir algo o solo te asaltó la duda?

No voy a convertir una coincidencia en una revelación mística. Arrabal no escribe el día que garabatea, corrige y tacha; escribe el día que yo lo leo. Su tiempo se mide en ideas que azotan a personas. ¿Hoy? ¿Qué estará escribiendo hoy? ¿Me acordaré de este día cuando lo lea en el 28?

Quien busque una narración lógica lo lleva claro.

Arrabal no cuenta su vida; abre la ventana para que fisguemos dentro de su casa, miremos sus cuadros, los libros de su estantería o un jarrón feo con flores bonitas. En unas pocas líneas pueden convivir Marcel Duchamp, Botero, Luis Buñuel, una gallina india y una jura de bandera en la que, en lugar de besar la tela, besa su mano porque no estaba dispuesto a morir por la patria. No hay una lógica narrativa evidente, pero sí una evidente escritura que se niega a caminar por los raíles de la razón utilitaria.

Eso explica también el título del libro, que parece un conjuro o una marcha militar con la que desfilan los artistas de todo un siglo, desde Frida Kahlo y David Lynch hasta Beckett y Jim Morrison (el de The Doors). De hecho, la última palabra es un invento surrealista de André Breton que fusionó «Arrabal» con beau(x). Arrabal y lo bello.

Y me pregunto: «La muerte, ¿no vale la pena no vivirla?». ¿Es Arrabal el último superviviente? Te puedes imaginar un lugar en lo no vivido donde Arthur Miller se dedica a contar, desde la responsabilidad moral y el deber político, las peripecias de uno del que Vicente Aleixandre explica no sé qué y Dalí no sé cuál. El barro es el polvo del terreno en días abrasadores. Sin más. Este libro, más que explicar el mundo, lo convierte en un tobogán en el que bajas por la escalera y subes por la rampa.

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