«Cádiz» de Fran Nortes abre las puertas del Lara


Texto de Reyes M. de la Sierra
Fotografías de Lucía Romero cortesía de Teatro Lara

Desde el 09/07/2020 en el Teatro Lara (Madrid)

«Los chicos no lloran, tienen que pelear», cantaba Miguel Bosé. El cine, el teatro, la literatura, en general, ha mostrado muy poco lo que sucede en el interior de las cabezas y los corazones de los hombres. Quizás porque preferimos pensar que son tontos sentimentalmente, o que no tienen sentimientos, o que solo se mueven por testosterona o que deben ser protegidos de la inteligencia femenina… Estereotipos tan extendidos que hemos acabado por asumir como normales.

La masculinidad en el teatro

No hace tanto, Carlota Ferrer preparaba un experimento y observaba las reacciones del público. En el papel de las mujeres de La casa de Bernarda Alba aparecían hombres. Hombres que actuaban como hombres pero que daban vida a mujeres. De pronto, el público era más capaz de entender la realidad vivida por esas mujeres y ser más empático con lo expresado por Lorca. Carlota Ferrer nos decía sobre su montaje de Esto no es la casa de Bernarda Alba: «Estamos acostumbrados a ver mujeres con problemas, con dramas sociales y hay un sitio donde eso se normaliza, en el mal sentido: deja de tener impacto».

Sanzol en La calma mágica nos presentaba un personaje masculino, que se movía entre la realidad y la alucinación y que parecía caminar de puntillas sobre el duelo por la muerte del padre. Y de pronto, un mensaje de contestador partía en dos esa fachada superficial y lanzaba al público hacia un torbellino de emociones. Sanzol explicaba en esta revista: «Creo que el trabajo de los adultos consiste en recuperar la inocencia. Es como rehacer el camino, para quitarnos los prejuicios, las ideas o los moldes que no te dejan ver gran parte de la realidad. Y la recuperación de la inocencia tiene que ver con el conocimiento de uno mismo y de los demás».

«Cádiz», una producción del Teatro Lara

Estos montajes no tienen mucho que ver con Cádiz, una propuesta más clásica desde un punto de vista textual y escénico. Si las sacamos a colación es porque Cádiz también tiene la singularidad de ahondar en un territorio pocas veces explorado, para descubrir cómo reacciona el público.

Fran Nortes, el director, deja el texto en manos de su amigo Javier Olivares y expresa la intención de Cádiz así: «Los hombres, cultural y socialmente, estamos educados, en muchas ocasiones, para esconder esos sentimientos porque mostrar debilidad no está bien visto pero todos necesitamos querer y ser queridos y solo a través de la comprensión y el entendimiento se llega al amor».

Sobre el escenario aparecen tres hombres: Eugenio vive en el futuro, Adrián vive en el presente y Miguel lo hace en el pasado y Cádiz es ese lugar en el que los tres pueden (o no) encontrarse de nuevo. Con cuarenta años, resulta que estos tres tipos no saben que la amistad no consiste en estar de acuerdo, sino en respetar y convivir con las diferencias.

Así, el propio Nortes da vida a Eugenio, un hombre que quiere ser el mejor hombre. De rígidos mimbres, perfecto en su trabajo y con una estampa familiar de postal, mira sobre el hombro a sus dos amigos. Nacho López, interpreta a Adrián, que quizás fue como Eugenio pero que recién divorciado, quiere ver su nueva realidad como un paso más en su evolución. Las ganas de comerse el mundo se topan con una realidad inalterable: tiene cuarenta años. Bart Santana interpreta a Miguel, un tipo anclado en la adolescencia, vive con sus padres y teme las relaciones. Caminos tan distintos han seguido estos tres que en algún momento se plantean qué vieron en los otros dos para considerarlos sus amigos.

La comedia como herramienta

Nortes —que dejó el texto en manos de su amigo Javier Olivares— usa la comedia para hablar de estos tres amigos, que siguen siendo amigos porque se conocen desde siempre: «La comedia es un instrumento maravilloso y, en ocasiones, infravalorado. Contar historias “difíciles” en clave de comedia me parece una forma optimista de ver la vida, aunque no siempre tengan final feliz. Reírnos del dolor es terapéutico y todos necesitamos mucha terapia». Descrita por quienes la han visto como “divertidísima”, siempre nos quedará la duda de si Nortes y Olivares optaron por la comedia por lo mismo por lo que los chicos no pueden llorar: la fragilidad masculina es más tratable si se presenta entre risas.

Más información sobre la obra: https://www.teatrolara.com/

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