Amaya Asiain

Desde el pasado 16 de febrero Kyoto es algo más que el nombre de la antigua capital de Japón. Es el tratado por el que 141 países se comprometen de forma legal a reducir sus emisiones de gases de efecto invernadero: en el año 2012 se tienen que haber reducido a nivel mundial en un 5,2%. Eso quiere decir que para el año 2012 se tienen que reducir la emisión de los siguientes gases: dióxido de carbono (CO2); óxido nitroso (N2O); Metano (CH4); ozono (O3); vapor de agua y gases clorofluorocarbonados.

Hasta aquí poco que discutir. Parece incluso un problema ambiental, pero por alguna razón el protocolo de Kyoto ha dejado de ser tema de las redacciones de medio ambiente para convertirse en la estrella de la sección de economía. Y es que es un sector aún por desarrollar gracias a los trucos establecidos para compensar los excesos al medio ambiente. Estos son algunos:

Comercio de derechos de emisión: compra y venta de toneladas de CO2.

Depende de si se supera la cantidad asignada o si no se cumple. Los encargados de asignar las toneladas a las empresas son los gobiernos. En España el Plan Nacional de Derechos de Emisión regula 957 industrias cementeras, papeleras, siderúrgicas, de azulejos y baldosas, de cal, de vidrio y de ladrillos y tejas. 513.627.740 millones de toneladas de CO2 que se pueden emitir al ambiente hasta 2007, primera etapa de este Plan. Aquí surge uno de los primeros problemas: sólo se regula la emisión de algunos sectores: ¿Qué pasa con el transporte o el consumo doméstico? Suponen más del 50% del total de las emisiones al ambiente.

Sumideros de carbono: Las masas forestales absorben CO2.

Los países desarrollados con exceso de emisiones pueden reducir sus límites si plantan árboles en terceros países -en vías de desarrollo- hasta alcanzar un nivel de absorción equivalente al que emiten. Para la mayor parte de los ecologistas esta opción supone un gran riesgo: temen que se planten especies de árboles que absorban más carbono y que duren más tiempo, frente a las tradicionales en esas zonas.

Y eso que los países en desarrollo son la excusa de la aceleración de los procesos de Kyoto. Parece que el Protocolo responde a voces como las del coordinador del Capítulo Africano del Panel Intergubernamental sobre Cambio Climático, Anthony Nyong “Los países industrializados deben acelerar sus esfuerzos para disminuir sus emisiones de gases invernadero para evitar cambios climáticos peligrosos, que tendrán un impacto desproporcionado en la población humana de África”.

Dos países en desarrollo son protagonistas de la polémica más agria: ¿Merece la pena implicarse en la lucha para frenar el cambio climático si países como Estados Unidos – que emite el 25% del total- o gigantes como China e India se quedan al margen?

El caso de Estados Unidos es particular. Según las estimaciones elaboradas por su presidente, George W. Bush, aplicar Kyoto costaría a su país cinco millones de puestos de trabajo y miles de millones de dólares. No es la única ocasión en la que Bush ha demostrado que los cálculos pueden ser subjetivos y favorables a cualquier tendencia, asombrando a los que creíamos que las matemáticas eran una ciencia exacta. ¡Infelices!

Otro asunto es el de India y China. El segundo y el quinto contaminador mundial, pero hay que tener en cuenta que son países en plena expansión y que suman entre los dos un 37% de la población mundial (2.400 millones de habitantes). De momento no se les puede exigir lo mismo que a un país desarrollado, aunque nadie duda de que en 2012, año que acaba Kyoto, estos gigantes tendrán que sumarse a marchas forzadas a la reducción de gases efecto invernadero.

Si no es así es probable que suceda lo que ya se sospecha. La voz del profesor de la Universidad Complutense, Julio Díaz Jiménez, en el Simposio Internacional sobre Cambio Climático celebrado en Valencia, es sólo una de las muchas “El cambio climático está afectando a la salud. Tenemos el ejemplo de la ola de calor de 2003 con un importante efecto en la mortalidad europea. Los casos de malaria aumentan y ya se está rompiendo la barrera de los 16ºC a partir de la cual el mosquito que provoca esta enfermedad puede vivir en lugares donde nunca lo había hecho. Esto demuestra que en países donde no había malaria, la va a haber”. A lo mejor sólo nos quieren asustar, o a lo mejor es la única forma de que escuchemos a los científicos, que adelantan que el futuro va a ser muy caluroso. Sea como sea lo que parece es un verdadero negocio.

Según un estudio del Grupo Santander y del británico Climate Change Capital en estos momentos se pueden estar moviendo en Europa 30.000 millones de euros en el mercado de emisiones. Para 2010 se espera que se lleguen a los 200.000 millones de euro, de los que un 7% corresponderían al mercado español. 200.000 millones de euros en danza para comprar y vender CO2 , es decir, para comerciar con humo, el producto más rentable del futuro.

EL PROTOCOLO

Río de Janeiro, Brasil, en 1992. 180 países se comprometen a trabajar para frenar el deterioro de los ecosistemas mundiales. Dos años más tarde entra en vigor la Convención Marco de las Naciones Unidas para el cambio climático. En 1997, en la ciudad japonesa de Kyoto, se firma el protocolo. Para que entre en vigor hace falta alcanzar un número de países equivalente al 55% de las emisiones del mundo. Se consigue gracias a la adhesión de Rusia en octubre de 2005 y pese a la negativa de algunos grandes, como Australia y Estados Unidos- que emite el 25% de los gases del mundo- o los gigantes en desarrollo China e India.