Texto de Sandra Sánchez

Si somos sinceros debemos decir que Quitt no es una obra fácil, no es un espectáculo en el que el espectador mira y escucha y automáticamente comprende aquello de lo que es testigo.

Antes de asustaros, entramos en los detalles más objetivos. Coproducida por el Centro Dramático Nacional y el Teatre Lliure de Barcelona, Quitt es la obra elegida por el gran Lluís Pasqual para volver a la dirección en la entidad catalana que el mismo fundó en 1976. Quizás es casualidad, pero tres años antes de aquello, en 1973, el austriaco Peter Handke escribía Quitt. Se trata de uno de los escritores más representativos de la literatura en alemán posterior a Günter Grass. Handke, en un apunte a Fantasías de la repetición, decía: “Mi partido es mi lenguaje: quienes se abren a su moral, esos son los míos”, tal y como recordaba en 2001 Jorge Larossa en un trabajo para la Revista Brasileira de Educação.

La trama cuenta la historia de Quitt, propietario de un trust de empresas de alto nivel. En una reunión propone a otros empresarios la fundación de un holding para dominar todos los mercados y eliminar los competidores. Pasado el tiempo, esos empresarios descubren que Quitt no cumple con ninguno de los acuerdos y que el engaño les está llevando a la quiebra. Cuando le interpelan, lejos de amilanarse, se muestra orgulloso de su talento. Se ha asegurado una posición por encima de ellos. Y sin embargo… sin embargo ¿qué?

Gran parte de la obra es una sucesión de monólogos quizás menos teatrales que filosóficos o poéticos. Lluís Pasqual en una entrevista para el Cuaderno Pedagógico de Quitt del Centro Dramático Nacional dice: “A lo largo de la obra asistimos al progresivo aumento de la locura del capitalismo, a través de la avidez de un personaje que se autodestruye después de destruir todo su entorno. Pero también asistimos a la destrucción del personaje teatral como representante del espectador, hasta su desaparición”

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Este artículo ha sido publicado en el número de marzo de 2012 de ExPERPENTO: