Patacosmia, por Óscar M. Prieto


Firmado por Oscar M. Prieto
Fotos de Rafa R. Palacio

Óscar M. Prieto es escritor y colaborador habitual de ExPERPENTO. Ha publicado Palabras de carne y hueso (1995), El tercer sacramento (1999), Las horas se ríen de mí (2009), Love is a game (2010), Berlín Vintage (2015) y 40 (2017). A continuación encontrarás una recopilación de «Patacosmia».

Teoría de la evoluciónEl ríoFenómenosLa lunaLos diez muslomientosusucapio imaginativa20 centímetros másEspiralesHibernar en veranoEl NousIntimidad de ser amantesLa verdad de OdiseoEl tinte orgulloso de unos ojosCielos incriminatoriosDesagües inversosLa cruel decisiónLa conspiración de los árbolesLa conspiración de los árboles IILa conspiración de los árboles IIIEco y NarcisusEl mecanismo de solEl lago heladoLa puerta

Teoría de la evolución

Firmado por Oscar M. Prieto
Foto La sirena indecisa de Rafa R. Palacio
Publicado el 17/04/2013

Lleva horas comenzando a atardecer. Más que un tránsito o trámite, luz y noche prolongan su apacible conversación de sobremesa y no quieren separarse. Al parecer, en esta época del año que atraviesa en diagonal el tercer meridiano, un mismo atardecer puede durar varias semanas.

Mientras escarabajos y otros coleópteros aprovechan a hacer el amor sobre la arena, sin frenesí y con movimientos delicados, disfrutando del placer de la lentitud, comienzo a vislumbrar el papel que la perspectiva y la proporción juegan en este cosmos donde soy recién llegado. También en las condiciones a priori del conocimiento, tiempo y espacio.

Un hombre se dirige al mar y se transforma en pez.

Debo leer a Anaximandro.

No recuperado de esta imagen, me encuentro con un hombre barbado: Paul Newman. Se presenta. Le pregunto si es costumbre la transformación de los hombres en peces. Paul me contesta que no siempre ha sido así, solo desde que Anaximandro postuló su teoría evolutiva: todo ser en su ascensión en la escalera de la evolución, en cada peldaño se acerca más al agua, hasta convertirse en agua. Como conocían del sutil equilibrio emocional de científicos y filósofos, bajo ningún concepto, quisieran llevarle la contraria.

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El río

Firmado por Oscar M. Prieto
Foto de Rafa R. Palacio
Publicado el 06/06/2013

Me quedé dormido en la orilla, con las páginas abiertas sobre mi regazo, como si fueran hojas. Cuando desperté, mar y libro se habían retirado. Tres liebres, con las patas levantadas, me observaban como si nunca me hubieran visto y, sin embargo, me recordaran.

La memoria es el mar que, a veces, se retira, al despertar. Theut quiso complacer a Thamus y le regaló la escritura y con ella los libros, como antídotos perfectos contra el olvido. Sin darse cuenta, se inicio así la devastación de la memoria.

Es mi hermano quien aparece ahora. Las manos en los bolsillos, como si llegara puntual a una cita. ¿Cómo ha podido seguirme hasta aquí? En Patacosmia todo es posible y puede suceder al menos una vez.

Me incorporo. Nos abrazamos. Me pide que le siga. Caminamos en silencio hasta llegar a un río. Con un gesto me indica que entre en su corriente.

– El río te curará de tu mal: la espera.

La corriente, a la altura de mis rodillas, me demuestra que todo llegará y también que todo lo que llegue se irá sin detenerse. Estoy curado de la espera y de la esperanza.

Al volverme, mi hermano ya ha desparecido.

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Fenómenos

Firmado por Oscar M. Prieto
Foto de Rafa R. Palacio
Publicado el 08/10/2013

 

Patacosmia tiene el mismo status que esas islas en las que nunca ha nacido nadie y en las que nadie nunca morirá. Es un universo al que se llega y del que se va. En esencia, Patacosmia es movimiento. Más que un lugar, es tiempo.

En este aquí dotado de ubicuidad, las cosas aparecen. No están –pues estar es un modo de ser prolongado–. Aparecen, solo cuando las descubres, cuando llegas a ellas intencionadamente o por casualidad, incluso por error.

El entorno –mares, árboles, coches, farolas, mobiliarios…–, el medio y los otros, no abandonan el estado nouménico en el que aletean y alcanzan el nivel de ser de los fenómenos, hasta que no se actúa sobre ellos. Es algo así como el blanco de los huevos fritos, que no se desprende de su ser transparente, no aparece hasta entrar en contacto con el aceite.

Más que la televisión, la realidad aquí, en Patacosmia, es interactiva y uno no puede dejar de sentirse un poco creador. Cuando te vas, todo lo que era hasta ese preciso instante, desaparece sin dejar huella ni memoria. Solo es posible el contacto, el sentido, la vida, en el presente.

Sí, ciertamente, tiene algo de fugaz, pero está libre de cargas. Creo que me adaptaré bien.

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La luna

Firmado por Oscar M. Prieto
Foto de Rafa R. Palacio
Publicado el 27/11/2013

Por supuesto que en Patacosmia también existen estaciones. No obstante, debido a la intranquilidad y sospecha que aquí generan los ciclos largos –ya sean prolongados en espacio o en tiempo– se accedió a un sistema estacional, que algunos adjetivan como «ciclotímico».

En esencia, es tan sencillo como establecer que cada día cuente con su parte alícuota de primavera, verano, otoño e invierno. Siendo esto así, tal es el respeto por el individuo, que en una de las cláusulas del covenant se establece que si alguno quisiera –porque su ánimo así se lo indicara– permanecer un día entero en primavera, o en cualquiera de las otras estaciones, podrá hacerlo sin necesidad de pasar por las restantes.

Mientras pensaba en este reparto, me había quedado hipnotizado por el violeta de las jacarandas, cuando, sin aviso, como todo lo que sucede aquí, ha llegado el anochecer. A alguno le puede resultar curioso, pero a nadie le ha parecido mal el hecho de que se presente así, sin anunciarse. La luna –ustedes ya saben cómo es–, ha hecho acto de presencia media hora más tarde. Ha entrado sin prisas, distraída con lograr verse en un diminuto espejo-pitillera para ponerse el rímel en sus largas y oscuras pestañas. Al pasar a su lado, uno dice: «Huele a miel». Otra, al ver como contonea sus blancas caderas: «Es una presumida». Una mujer mayor la ha confundido con un hoyo de golf en el que hubiera caído un puñado de cal y nadie ha sugerido que esté loca, al contrario, han alabado la metáfora.

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Los diez muslomientos

Firmado por Oscar M. Prieto
Foto de Rafa R. Palacio
Publicado el 22/01/2014

Al dejar la sombra de las gradas, me invade una sensación física tal que amarilla, como si llevara a mis espaldas una mochila llena de sol. Supongo que se trata de la hora del día más cercana al verano. Seguro que en pocas semanas ya me habré acostumbrado a estos cambios veloces de estaciones.

En el centro de una plaza ovoide hay unas escaleras mecánicas cuya altura no se alcanza a divisar y que nadie sabe exactamente de dónde descienden. Es por ellas por las que suelen bajar a Patacosmia los profetas.

Un letrero luminoso, como los que dan el turno en fruterías y pescaderías, va informando a los transeúntes y curiosos del profeta que se acerca en ese momento. Ahora se trata de Muslés y, por lo que alcanzo a leer en los neones, trae consigo las tablas en las que se encuentran Los Diez Muslomientos. Subido ya a la caja de verdura, el nuevo profeta los declama con voz de trueno en off:

I Amarás al muslo sobre todas las cosas.
II No tomarás el muslo divino en vano.
III Santificarás los muslos.
IV Honrarás a los muslos progenitores.
V No muslarás.
VI Cometerás actos con los muslos.
VII No hurtarás muslos.
VIII No dirás muslos falsos.
IX Consentirás y tendrás pensamientos y deseos con los muslos.
X No codiciarás los muslos ajenos.

Una vez que termina, paga en la máquina por el tiempo empleado y se retira, llevándose consigo el humo y la humedad.

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usucapio imaginativa

Firmado por Oscar M. Prieto
Foto de Rafa R. Palacio
Publicado el 26/02/2014

No sé si desde entonces han pasado varios días, o solo un puñado de segundos. Así es la imaginación. No olvidemos que fue ella la primera que acudió en defensa de A. Einstein, cuando éste formuló aquella teoría suya que sancionaba la relatividad de la realidad espacio temporal.

Por otra parte, Lucio Anneo estaba convencido de que todas las cosas nos son ajenas y solo el tiempo es nuestro. Por eso, tanto el tiempo que dediquemos a imaginarlos, como esos mismos mundos abiertos que imaginemos, son nuestros, en tanto en cuanto, nuestra imaginación logre poseerlos. Obviamente, serán más nuestros a mayor definición de los detalles. Claro que podría darse el caso de que unos mismos mundos sean de varios a la vez, si a la vez los imaginan y los detallan con idéntico pulso y coincidentes nombres, caricias, vajillas y mobiliario urbano. Y esto, por sorprendente que parezca, no dará lugar a guerras, celos conquistas u otros vicios.

Es lo que se conoce como usucapio imaginativa o posesión por imaginación. Una avioneta rasga el cielo sin nubes.

Lleva a su cola una tira publicitaria-informativa, de color amarillo Nápoles, en la que se comunica que algo ha sucedido en el Senado. Deduzco, tras observar las señales luminosas de las balizas que coronan las colinas entre las que alienta la Urbe, que todos se habrán ido a presenciar el asesinato de Julio César. No sé a qué Edad he llegado, pero mejor así, porque tendré tiempo para aclimatarme antes de las preguntas y de las respuestas.

Cuidaos de los Idus de Marzo.

PATACOSMIA en ExPERPENTO: http://issuu.com/experpento/docs/experpento_marzo2014/

20 centímetros más

Firmado por Oscar M. Prieto
Foto de Rafa R. Palacio
Publicado el 03/04/2014

Distribuidos siguiendo un plan no concebido –propio del azar y de lo silvestre– en la superficie de la ciudad se encuentran edificios en construcción. Junto a estas obras se han levantado unas gradas o bancadas de aula magna en las que, a lo largo de toda la jornada, puede verse a gente sentada, atendiendo a los avatares de la obra, con el mismo interés que demuestran los buenos alumnos por las «lecciones magistrales». A las gradas se accede a través de unos tornos iguales a los de los estadios.

Los obreros –que en nada se diferencia de los obreros de otros universos–, enladrillan el perímetro exterior –dejando los vanos correspondientes para las ventanas y ventilaciones–. Es sentarme, y con el primer ladrillo que veo colocar, experimento un placer sereno.

La lluvia, más que amenazar –demasiado burdo para su educación–, se insinúa, como los muslos de una amante adolescente. Pese a ello, o tal vez, por ello, nadie abandona su asiento a pie de obra. ¿Quién sería capaz de sustraerse al encanto de empaparse hasta el tuétano tierno de los huesos? No hay ningún cartel que pida o exija silencio, así que este silencio es libre, espontáneo y expresivo hasta lo poético.

Todos estamos pendientes de la colocación del último ladrillo que cierra la hilera.
Ha encajado perfectamente. Satisfacción, íntima, sin aplausos. Los obreros vuelven a tirar la cuerda, el nivel, 20 centímetros más arriba. Es el primer paso para otra fila más, el que marca la dirección. Los que observamos nos sentimos crecer también, a nuestra escala.

Creo que ya voy entendiendo.

Lee la firma de Oscar M. Prieto en el ExPERPENTO de abril-mayo de 2014: https://issuu.com/experpento/docs/experpento_abril2014

sapere aude, incipe

Firmado por Oscar M. Prieto
Foto de Rafa R. Palacio
Publicado el 28/05/2014

Al rematar el 2º piso, los obreros se disponen a saludar al público. Se quitan los cascos y se inclinan en reverencia copiada de otros escenarios. Ovación cerrada. Se retiran.

Sin solución de continuidad, en el 3º piso aparece una nueva cuadrilla, con monos limpios y con cascos nuevos, de color rojo cadmio. Un gesto del capataz y comienzan a moverse en engranaje perfecto y engrasado, maquinaria de reloj o danza. Poco a poco voy representándome la imagen de la respuesta que busco. Abandono el palco, no sin antes recoger un folleto.
Dejo la obra con la felicidad de quien lleva caramelos en uno de los bolsillos de su chaqueta y mete la mano para jugar con ellos, sin necesidad de verlos con los propios ojos, que sonríen por saberlos allí, en el bolsillo, entre sus dedos.
Sin perturbar la superficie del lago de nadie, yo mismo he sido capaz de sacar a la luz la respuesta, que ha llegado como una trucha enganchada al anzuelo: las obras repartidas estratégicamente por toda Patacosmia cumplen una función vital. Los espectadores que se sientan en las gradas llegan con una biografía de éxitos y de fracasos, pero allí pueden comprobar cómo avanza la obra, ladrillo a ladrillo, fila a fila, viga a viga, y son testigos de que donde antes no había nada, ahora se eleva un soberbio edificio coronado por un helipuerto.

He sido muy afortunado. Leo en el programa que la compañía la conforman los más virtuosos albañiles, que han triunfado en la gira con la obra aquí representada: Dimidium facti qui coepit habet.

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Espirales

Firmado por Oscar M. Prieto
Foto de Rafa R. Palacio
Publicado el 26/11/2014

Cuando uno cae atrapado en una espiral, su tendencia natural es desandar el camino andado, curva tras curva, hasta construir una nueva espiral, en sentido inverso, simétrica y también viceversa, reflejo de la otra, tira para cazar moscas, al otro lado del espejo.

Conscientes de la tentación de desandar, de la humana inercia de volver atrás, aquí, en Patacosmia, se crearon en su momento –aquel otoño se dieron varios casos de espirales realmente enrevesadas y los métodos tradicionales se demostraron incapaces para neutralizar el anisaki– las Brigadas Borradoras de Caminos. El acceso profesional a estos cuerpos cívicos exigía de una elevada cualificación y quedaban automáticamente excluidos aquellos en quienes se sospechaba una vocación retrospectiva, por latente o intermitente que está fuera.

Su trabajo es limpio y sobre todo silencioso. Consiste en succionar aquellos caminos que invitan a retroceder y a los remordimientos. Por supuesto confiscan todos los retrovisores, que son ilegales aquí en Patacosmia, y envían a cursos de reeducación a quienes han caído en la manía de echar la vista atrás.

Así, quien se ve en el centro interior de una espiral –y no vamos a analizar ahora los motivos que le han llevado hasta allí y mucho menos a juzgarlos–, ante la ausencia de un hilo luminoso al que agarrarse o seguir –lo conocido–, no tiene otra opción que la de ponerse de nuevo en movimiento, ahora ya sin barandillas para no caerse, sin caminos para no perderse.
Me lo contó Palmer la última vez que le vi. Es mi primer amigo patacósmico.

Descifrar un sueño es desandar un laberinto. Cumplirlo es atravesarlo.

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Hibernar en verano

Firmado por Oscar M. Prieto
Foto de Rafa R. Palacio
Publicado el 22/01/2015

En Patacosmia, no se hiberna en grutas oscuras, sino al aire libre, en los parques, y en lugar de en invierno, se hiberna en verano. Cuando uno decide hibernar, elige un espacio de césped bien cuidado y se echa sin más.

Como surgidos de la nada, aparece entonces un número suficiente de aspersores para el riego, formando en perímetro a su alrededor y, más por intuición que por programación, se van encendiendo y apagando con preciso azar, para mantener el frescor en todas las partes del cuerpo de quien hiberna y también en su corazón y en su mente. Porque hay que decir que no es por el calor por lo que se hiberna en Patacosmia, si no por vaciar la mente y los ojos de todo lo que han visto a lo largo del año. Al hibernar uno se alimenta de todas las vivencias, las gasta hasta quedar otra vez en los huesos del alma y estar ligeros para correr tras de la vida un año más.

Siempre conviene despertar al atardecer, cuando las plantas trepadoras aún no se han desenredado de los alambres que las sostienen y es más fácil salir del estado de hibernación limpio de restos de placenta de sueños. Recuperar algunas viejas preguntas y plantearse otras nuevas, pero siempre manteniendo cierto equilibrio entre lo que ya fue y lo que aún no ha sido: es así como el presente se mantiene a flote en mitad de ambos océanos.

Os contaría algunos trucos más que facilitan el tránsito postvacacional, pero acaba de llegar alguien y me pide por favor que le dibuje un cordero.

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El Nous

Firmado por Oscar M. Prieto
Foto de Rafa R. Palacio
Publicado el 04/03/2015

Los Libros que desarrollan la Historia de Patacosmia están protegidos por el mar. O tal vez es el mar quien protege de ellos. A diferencia de otros universos, la trayectoria aquí, la intención, ha ido de lo más complejo a lo más simple, como si el aprendizaje fuera un acto de higiene.

El último filósofo que aparece en los Libros, es decir, el más reciente, pero que ya ha alcanzado el entusiasmo, es Thales. Su teoría es de esta misma mañana: «La imagen que tenemos del universo, nuestros pensamientos sobre él, de agua son».

De pronto, el viento ha descendido sobre nosotros como la manifestación de un Dios, como el don de comprender en todas las lenguas, como el azul que se encierra y alienta el corazón de toda llama, como un golpe encima de la mesa, como una decisión inesperada, como una respuesta. El viento nos despeina, aparta todo el enramado hasta colarse por nuestras orejas y allí, en el centro geográfico del cerebro, posa el huevo: el nous.

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Intimidad de ser amantes

Firmado por Oscar M. Prieto
Foto de Rafa R. Palacio
Publicado el 15/04/2015

He encontrado este cajón de arena, en el que sentarme. Me entretengo mirando a los que pasan, con cuidado, sin meter ningún ruido al deslizar mis ojos sobre ellos, para que no se asusten.

Es domingo y la gente va vestida de sábado de noche: negros, tacones, gasas, medias, corbatas y perfumes cargados de almizcle. En los otros universos que he visitado, los domingos resulta sencillo reconocer en un semáforo, en una cafetería, a las parejas que, viviendo separadas, han pasado la noche juntos: por la ropa que llevan, que siempre es la de ayer, por esos vestidos, que se eligieron delante del espejo, encajes que auguraban una espiral, casi rizo, de deseos. Y además, esas sonrisas… y ese no importar el despeinado…

Para evitar la tentación de señalar con el dedo, se aprobó por unanimidad que las mañanas de domingo, quien baje a la calle se vista como si se tratara de una noche de sábado. De esta manera se preserva de juicios la intimidad de los amantes, no solo ocasionales.

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La verdad de Odiseo

Firmado por Oscar M. Prieto
Foto de Rafa R. Palacio
Publicado el 29/05/2015

Me encuentro con Odiseo en una cafetería de los arrabales. Nunca lo había visto, pero lo reconozco al instante. Me acerco a su mesa y sin que yo diga nada me hace esta confesión. Se ve que llevaba milenios con ganas de contárselo a alguien:

«Ahora que ya han muerto todos a quienes esta información podía causar dolor, ya lo puedo confesar: no fueron los dioses, los culpables de mis retrasos y postergaciones, pero los dioses fueron una buena excusa.

En realidad yo nunca estuve preparado para regresar a Ítaca, después de las hecatómbes y de los excesos de los combates y de la guerra, yo no estaba preparado para volver al hogar, a ponerme el jersey que pacientemente había tejido para mí mi querida Penélope. Por eso inventé mi odisea y contraté a un ciego para que la cantara.

Ahora ya lo sabes. Ahora que Penélope ya ha muerto, regreso a la isla en la que Calipso me prometió la inmortalidad».
Me miró, se levantó y se fue.

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El tinte orgulloso de unos ojos

Firmado por Oscar M. Prieto
Foto de Rafa R. Palacio
Publicado el 26/11/2015

Cielos proteicos y tomates que cambian de color, un grafitti –Tempus Fugit– en el trozo que queda de pared que un día se ideó como parte de una nave inacabada, evidencian suficientemente y sin necesidad de sonrojarse, el correr inevitable de este tiempo que no para, tampoco aquí, en Patacosmia.

Un hombre de aspecto venerable y amor insatisfecho –lo que imprime en sus ojos un tinte orgulloso y raído– me hace señas desde el otro lado del puente.

Ni siquiera lo pienso. Cruzo el puente. ¿Acaso tenía otra opción? ¿Era posible elegir no cruzarlo?
—»Buenas tardes –me dice–. Me llamo Dante y yo también crucé ese puente, aunque de ello hace ahora muchos siglos. Al llegar a esta orilla, como no tenía nada que comer y todas las bicicletas que aún no habían robado estaban pinchadas, me senté a escribir La Divina Comedia:

Nel mezzo del cammin di nostra vita
mi ritrovai per una selva oscura
ché la diritta via era smarrita.

Pero dime, ¿qué vas a hacer tú ahora que has cruzado el puente?».

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Cielos incriminatorios

Firmado por Oscar M. Prieto
Foto de Rafa R. Palacio
Publicado el 21/01/2016

Los cielos no mostraron el menor desaliento cuando se les comunicó. En nada les afecta lo circunstancial y lo accesorio de las pasiones humanas. Ajenos, distantes, pasajeros, no han cesado un instante de pasar sobre mi cabeza, aunque habían sido informados de que yo hibernaba y no podría verlos ni podría sentir mi pequeñez al contemplarlos ni maravillarme ante su belleza ni maldecirlos por ignorar aún todos sus secretos. Qué les importaba a ellos que les viera. Nada les importo yo. Aunque nunca lo dirán expresamente. Saben guardar las formas.

Entre otros, sobrevolaron mi sueño de invierno: Casiopea –la princesa– acompañada por el Arquero y el Auriga, que traían al Delfín. Yo hibernaba y no pude verlos. Les hubiera preguntado de dónde venían.

Meto la mano en el bolsillo interior de mi chaqueta –donde llevo siempre el lapicero– y me encuentro un papel doblado en ocho. En el más interior de los dobleces alguien ha escrito: «¿Estos cielos que pasaron sin que tú los vieras te parecen prueba suficiente de la existencia del mundo exterior objetivo e independiente del sujeto y de su percepción? ¿Se ha dado respuesta al oráculo de Berkley?»

Sin duda se trata de una pregunta retórica para quien la escribió. Pero para mí, todavía en un estado evolutivo en el que no han dejado de crecerme las uñas, no es fácil. Pensativo dejo de mirar al cielo y con los ojos de vuelta a la tierra descubro que los tomates han madurado y se han puesto rojos.

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Desagües inversos

Firmado por Oscar M. Prieto
Foto de Rafa R. Palacio
Publicado el 04/03/2016

Sin duda es de uno de esos fenómenos extraordinarios que aunque tengan una explicación lógica y científica son mucho más gratificantes de comprender como anomalías, milagros o conjuros. Sea como sea la noche no fue capaz de alcanzar al día. Yo veía cómo lo perseguía con sus garras chorreando sobras y estrellas pero el día, con el sol desbocado, era más rápido, más rápido, más luz:

¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡Corre, corre, corre, corre, corre !!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!

Hasta que miró atrás y… la vio tan cerca que comenzó a atardecer. Fue un atardecer en franjas de azul sólido, amarillo y naranjas puros.

Se hizo de noche pero el tiempo aún no se había recuperado del susto y toda la noche saltando de una hora a otra, sin ningún concierto: las 3 am, las 10 pm, las 14 pm, las 9 am…

Ni siquiera tiene seguro si hoy comienza el otoño o la primavera.

Ya veremos.

Cansado de vagar en este tiempo vagabundo que no era un sueño, me levanté y me fui a la ducha. Me pareció que el agua escapaba por el desagüe girando en sentido contrario, me agaché a observarlo con detenimiento y…

… No sé si he sido yo el que ha encogido o el desagüe quien se ha agigantado, pero el caso es que giro con el agua por una tubería que no sé dónde desembocará.

¡Giro!
¡Desciendo!
¡No tengo miedo!

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La cruel decisión

Firmado por Oscar M. Prieto
Foto de Rafa R. Palacio
Publicado el 14/04/2016

Los once se convocaron en el lugar de siempre, bajo aquella encina que se ve al fondo. En esta ocasión solo serían once, no habían avisado a uno de ellos puesto que se iba a hablar de él. El último en llegar, como siempre, fue Diciembre.

No tardaron en ponerse de acuerdo y todos votaron a favor. Abril ya había sufrido suficientes años por los versos del maledetto Elliot y debería dejar de ser el mes más cruel. No obstante nadie quiso asumir la enorme responsabilidad de sustituirlo en esa cualidad. Se despidieron y se fueron en grupillos o facciones. Llamó especialmente la atención la animada conversación que mantuvieron mientras caminaban Febrero y Julio.

Ahora, ya entrada la noche, un coche le deja frente a la puerta. Lleva traje oscuro, sombrero y gafas de sol. Nadie lo reconoce, se trata de Diciembre y llama a la puerta de Junio. Ambos son los poseedores de los solsticios y serán ellos quienes guíen al grupo a la hora de toma una decisión.
–Octubre –dice Diciembre.
–¿Octubre? –contesta Junio.

Octubre, siempre desapercibido, y sin embargo capaz de cometer el más terrible genocidio cada año.
–Octubre extermina sin piedad las hojas de los árboles.
–Está bien.

En ExPERPENTO abril/mayo 2016:

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Lee la firma de Oscar M. Prieto en el ExPERPENTO:

La conspiración de los árboles

Firmado por Oscar M. Prieto
Foto de Rafa R. Palacio
Publicado el 06/07/2016

Estoy algo preocupado. No sé si ha sido al hablar de la reunión de los meses, de la agonía de las flores o de los círculos del cielo,… no sé cuándo, pero he debido decir, sin ser consciente de ello, algo que no debería haber dicho. Tengo que aprender a camuflar mis silencios. En los laberintos anarquistas no sobreviven los locuaces.

Esta mañana, al regresar a casa, un coche hacía guardia en el puente, camuflado. Sigue ahí. Lo veo desde la ventana. Sin necesidad de descorrer los visillos. No puedo fiarme ni siquiera de las surfinias.

En parte, la culpa es de ellos, de los árboles. No son nada discretos y resulta muy sencillo seguirles el rastro de sus citas clandestinas. Les falta talento para la conspiración. Todas las mañanas se sabe dónde se han reunido la noche anterior por el rastro de hojas que dejan a su alrededor, como si fueran las colillas y el humo de los empedernidos jacobinos.

Suficientes evidencias para un ojo despierto y acostumbrado a rastrear lo anómalo. Se percibe en el ambiente: sudor helado; silencios repentinos, repentinas urgencias y turgencias, a mitad de una frase, inconclusa, mutilada; olor dulzón inexplicable; espera, intriga, impaciencia y, a la noche, el ruido de puertas que se abren sin encender la luz. ¡Cómo va a triunfar así la revolución!

Esta sección en ExPERPENTO verano 2016: http://issuu.com/experpento/docs/experpentoverano2016/

La conspiración de los árboles II

Firmado por Oscar M. Prieto
Foto de Rafa R. Palacio
Publicado el 04/11/2016

Había suficientes evidencias para un ojo despierto y acostumbrado a rastrear lo anómalo. Se percibía en el ambiente la conjura. Sudor helado; silencios repentinos, repentinas urgencias y turgencias, a mitad de una frase, inconclusa, mutilada; olor dulzón, inexplicable; espera, intriga, impaciencia y, a la noche, el ruido de puertas que se abren sin encender la luz, previamente engrasadas.

Tenía que seguirles a su próxima reunión y saber qué era lo que tramaban los árboles. Era complicado conseguir la información que necesitaba. Arriesgado. Quienes no estaban en la jugada me miraban como a un loco al que fuera necesario internar. Quienes compartían el secreto me veían con recelo, como un riesgo que fuera necesario eliminar. Casi decidido a abandonar, sorprendí una conversación entre dos árboles delgados a los que una ráfaga de viento repentino despojaba de sus últimas hojas. Al atardecer. La reunión se celebraría al atardecer. Ya sin clorofila.

Y aquí estoy, cuando cae el sol. Ellos van llegando. Han esperado hasta el momento marcado para comenzar. El sol ya se apagó. Un representante de La Montaña va a tomar la palabra pero, de pronto, escuadrones de frío equipados con armas bajocero, rodean la alameda y descargan sobre ella su furia helada y la escarcha despiadada.

Juro que también vi a jinetes de hielo. Yo he podido escapar del cerco letal. Quise gritar, avisarles, pero mi voz estaba congelada. Alguien les ha traicionado.

Ahora deambulo descalzo sin dar con los caminos porque todo está blanco. Las uñas de las manos, blancas; la barba, blanca; el cielo, blanco violador de oscuridad; y mi aliento, blanco, blanco, blanco. Un blanco enemigo de los conspiradores.

Lee la firma de Oscar M. Prieto en el ExPERPENTO: http://issuu.com/experpento/docs/experpentonoviembrediciembre2016/

La conspiración de los árboles III

Firmado por Oscar M. Prieto
Foto de Rafa R. Palacio
Publicado el 09/02/2017

No es cierto que no se muevan. Nada sabe de los árboles quien hable así de ellos. Los árboles también se mueven, por supuesto. Y su mover es un alzarse, elevarse, crecer hacia la luz. Se mueven. ¿Me ha oído Señor Senescal de Campo?

Otra cosa es desplazarse, y no, ciertamente los árboles no se desplazan. Sería absurdo. ¿No lo cree usted, Señor Almirante? Porque los árboles permanecen fieles a la tierra en la que fueron enterrados como semilla, a la que han dado sombra y sobre la que han propiciado las lluvias desde su nacimiento.

Los árboles no se desplazan, pero no es fácil engañarles. Seguro que el Señor Bufón está de acuerdo con esta apreciación. Él sabe bien de lo que hablo. Por eso, los árboles se han cubierto de nieve y han cubierto de nieve los caminos que llevan hasta ellos. Así se verán las pisadas del traidor. Dejará huellas. Y entonces…
… ya saben ustedes lo que cuentan sobre los bosques. Serán implacables.

Pero la nieve no ha servido y ya se ha derretido. Acaso sea tan leve el criminal que ni siquiera pise el suelo. Algunos afirman haberla visto:

—Era ella, estoy seguro de que era ella. Justo antes del amanecer.
—Sí, yo también la pude presentir, su ánimo cargaba con el peso de una culpa, incapaz de ocultarla en su sonrisa.

Pero no hay pruebas suficientes que la incriminen, que despejen toda duda razonable.
Uno de los árboles, que ha estado escuchando, propone un nuevo plan, sutil, doble:

—¿Y si hablamos con el río? Será fácil atraparla en el reflejo.

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Eco y Narcisus

Firmado por Oscar M. Prieto
Foto de Rafa R. Palacio
Publicado el 16/03/2017

Aún es de noche, pero ya todos saben lo que descubrirá la luz al alzar el telón de oscuridad. No hay necesidad de luz para saber. Pueden oírlo. Es un trozo de voz mutilada, un resto de sonido ensangrentado, separado del cuerpo, cada instante más débil. Hasta desaparecer.

Ha quedado enganchada en una de las trampas de alambre, de esas que utilizan los malvados para atrapar voces y ninfas. Morirá. Lentamente, morirá. Desaparecerá. También su voz, que era lo único que aún quedaba de ella: las últimas sílabas de las últimas palabras. Morirá con la última letra del último lamento por un amor perseguido en vano. La ninfa quedó atrapada, Eco no ha podido liberarse o, acaso, no ha querido, cansada ya, rendida.

No muy lejos de allí, cercano en tiempo y en espacio, un domingo sin rasgos se escuchó en los alrededores del bosque el último suspiro de Narcisus. Languideció frente al estanque hasta desaparecer. Primero el color, después la carne. Si murió feliz o desgraciado, nada se sabe. Hay quien dijo que se trató de un castigo o venganza por rechazar el amor de la ninfa. Pero yo no lo creo. Otras hablaron de la vanidad de contemplarse y no ver más que el reflejo de uno mismo. Pero yo no lo creo.

Lo único cierto es que nadie sabe, ni sabrá, qué era lo que él miraba dentro de aquel charco de espejo. Nadie sabe qué le llevo a entregarse de manera tan fiel y comprometida, hasta dar su vida. Un domingo sin rasgos. Como ayer. Nadie sabe ni sabrá los impulsos secretos que activan el corazón.

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El mecanismo de sol

Firmado por Oscar M. Prieto
Foto de Rafa R. Palacio
Publicado el 04/05/2017

Los Servicios de Apuestas y Pronósticos habían avanzado una noche de temperaturas bajo el umbral. Necesitaba un lugar donde dormir. Y los puentes estaban llenos. En un camino que llegaba o partía me encontré de nuevo con Paul Newman.

Me ofreció en su casa una habitación de techo y paredes azules orientada al amanecer y que se llenaba de sol cada mañana. Yo le señalé el cielo, indicando lo nublado que estaba y lo inútil que resultaría la orientación y el azul en ausencia de sol, acolchonado como estaba entre tan tupida maraña de nubes.

Paul no me respondió, hizo gesto de que le siguiera. Y yo le seguí. Después de la hecatombe de los árboles, necesita de la realidad de unas paredes.

No es la primera vez que duermo en una habitación orientada al Oeste y por la que entra suavemente el sol para despertarme. Pero sí es la primera en la que amanece dentro de ella y el techo azul se va iluminando como un cielo y en él se prolongan las sombras primeras de los restos óseos de las margaritas gigantes.

Pero es extraño y desconcertante porque, a noche, cuando me acosté, todo estaba cubierto por capas kilométricas de nubes, que no parecía tuvieran la menor intención de desterrarse. Algo sucede. Me acerco a la ventana para comprobar y compruebo que sigue nublado.

¿Cómo explicarlo entonces? Es muy sencillo. Se trata de un mecanismo de reloj, con un sol diminuto que se descuelga desde la parte superior de la ventana y recrea dentro de esta habitación azul, la ilusión de una mañana luminosa.

Patacosmia en nuestra edición en papel de mayo-junio de 2017: https://issuu.com/experpento/docs/experpento_mayojunio_online2017/

El lago helado

Firmado por Oscar M. Prieto
Foto de Rafa R. Palacio
Publicado el 30/10/2017

Había dos manzanas, amarillas como dos soles, encima de una mesa. Las cogí. Entendí que las habían dejado para mí. No son tan usuales en el cosmos como pueda creerse sistemas de una sola estrella, estrellas solteras que llaman los astrónomos. La mayoría de los conjuntos planetarios cuentan con dos soles y, por esta causa, los planetas describen órbitas que trazan el símbolo del infinito o del ocho tumbado.

Salí de la casa por el postigo de atrás, atravesando el huerto. Como estaba amaneciendo y la luz, en lugar de iluminar, se entretenía todavía con caricias nocturnas, no pude ver que era lago y no camino donde me adentraba.

Al principio me preocupó por la respiración, pues había oído que los seres humanos no podemos respirar bajo el agua, aunque siempre me quedó la sospecha: si los peces podían… los peces que apenas tienen tres segundos de memoria… los humanos…

Y sí, sí se puede respirar bajo el agua. Tan emocionado estaba con este descubrimiento que pasé horas caminando por el fondo del lago, separando las algas. Cuando quise salir, el frío había convertido en hielo la superficie y quedé atrapado.

Allí he estado hasta ahora, hasta esta mañana en la que el sol ha conseguido abrir un pequeño agujero.

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La puerta

Firmado por Oscar M. Prieto
Foto de Rafa R. Palacio
Publicado el 30/10/2017

Al salir de lo hondo del lago helado, mis sentidos se encontraban afectados por el periodo líquido, pero no he podido dejar de ver la puerta, aunque se encontraba protegida por una tela tenue tejida sin hilo. La puerta me llamaba, con su voz de puerta y en lugar de temor, su sonido a madera me invitó a cruzarla.

Había oído hablar de la existencia de este tipo de puertas, pero en mi vida cotidiana no había llegado a conocer ninguna, carencia propia que no me hacía dudar de que en algún lugar se abrieran. Por regla coronel, suelo creer en algo hasta que se demuestre que es falso y por falso, huérfano de realidad.

Cuando esto sucede, me resulta inevitable destilar cierta nostalgia por lo que no ha llegado a ser. No me importa confesar que sigo creyendo en sátiros y centauros, y así lo haré hasta el momento en que compruebe que no existen.

Al otro lado me recibe una lluvia fina, incapaz de mojar, pues no es esa su misión, sino el divertimento caprichoso de diluir los perfiles de las cosas. Pero, ¡qué puerta tan fantástica! Justo cuando creía que ya estaba fuera, un impulso de aire amable y persuasivo, renueva en mis ojos el deseo de ver más cosas nuevas y me lanza por un dédalo no conformado por pasillos, hecho naturalmente de ramas, incomprensiblemente, conectadas entre sí por un diseño arquitectónico oculto.

He ido a salir a uno de los cerros que reciben al Océano Mar Pacífico. Las olas, en lugar de rumor, suenan a versos: Cuando es invierno en el Mar del Norte, es verano en Valparaíso.

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